Moyano y Barrionuevo, jinetes del pasado que quieren seguir presentes

MOYANO BARRIONUEVO

Se fue un diciembre caliente, pasa enero relativamente tranquilo, pero febrero y marzo aguardan con los brazos abiertos: el debate por los salarios y la puja con el sindicalismo volverán a plantearle al gobierno un escenario de confrontación. Como el que pega primero pega dos veces, el decreto presidencial quitándole poder a CTERA, uno de los gremios más combativos, subió a todos al escenario.

 

Jorge Barroetaveña

 

En Mar del Plata, entre las olas y el viento como decía la canción, Hugo Moyano y Luis Barrionuevo intentaron juntar los retazos de poder que les quedan. Poco en comparación al de hace unos años, incluso en el apogeo del kirchnerismo en el país.

Ambos arrastran por sí solos demasiados problemas para representar a toda la clase trabajadora. El camionero enfrenta varios problemas judiciales que lo tienen en jaque y va y viene en su relación con el gobierno, o más precisamente, con el Presidente de la Nación. El irresuelto entuerto de OCA lo condiciona, a punto tal que cuida cada una de sus palabras cada vez que aparece en público.

Barrionuevo es el mismo de siempre, aunque los años pasan para todos. Es cierto que es el mismo que alguna vez dijo “hay que dejar de robar por dos años para que la Argentina salga adelante” y bastante poco caso le hicieron. Es el mismo de trato frecuente y con llegada directa al Presidente de la Nación durante años. Cuenta la leyenda que fue uno de los que pensó en Macri para suceder a Carlos Menem cuando las cosas estaban calientes y se veía venir la caída de De la Rúa. Es el mismo acérrimo opositor a Néstor Kirchner y uno de los pocos que pueden colgarse la cucarda de haberlo sido desde los albores de los K en el poder.

 

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Pero Moyano y Barrionuevo comparten otra cosa mucho más inasible que su propia historia: el desprestigio que rodea al sindicalismo en la Argentina. Desprestigio al que contribuyeron ellos mismos cuando decidieron convertirse en empresarios sindicales y los limites comenzaron a borrarse. En las alturas, el prototipo del modelo sindical que pergeño Perón ya no existe, quedo apenas para los libros de historia.

Los mismos que fueron menemistas en los ’90 y avalaron el desguace del Estado, se hicieron kirchneristas profundos en la década pasada, modificando su propio paradigma. Zigzagueante, Moyano fue garante de la calle para Néstor y luego, fallecido el ex presidente, nunca estableció lazos con Cristina. Es más, la ex presidenta siempre lo despreció. Al menos Barrionuevo nunca dejó de estar en la vereda de enfrente de los K. En eso fue coherente.

La dupla pues, se parapeto en Mar del Plata y desde la escollera lanzó sus críticas al gobierno, avisó que es una fantasía la paritaria del 15 % y pegó en el lugar de siempre: Macri gobierna para los ricos.

Conociendo sus antecedentes, habrá que ver hasta dónde estiran su postura, si lo hacen para negociar o efectivamente están dispuestos a volver a juntarse con los sectores más opositores al oficialismo. Sólo el desprestigio sindical y la falta de reflejos oficial explican que Jorge Triaca siga siendo ministro. Después del derrape con una empleada y sus desafortunados dichos filtrados, en un país serio, Triaca no podría seguir siendo ministro.

¿Qué no somos un país serio? Chocolate por la noticia. En estos dos años que Cambiemos lleva en el poder la sociedad ha tendido a ser generosa a la hora de las evaluaciones. Quizás  porque la vara que dejo el kirchnerismo es tan baja que con poco se lo supera. O quién lo sabe. Lo cierto es que ese análisis benevolente y superficial que ha beneficiado en la comparación a la actual gestión no será eterno. El margen  alcanzó para el primer examen. La presencia omnipresente de Cristina, la confusión peronista, el desprestigio sindical, fueron campo orégano para Macri.

 

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Claramente, las elecciones del año pasado marcaron un quiebre. La presión para sacar las leyes en diciembre, más allá del costo alto, y el decreto para romperle el espinazo a la CTERA, muestran la verdadera cara del macrismo. Si está en el poder es para hacer lo que pensaba y no lo que las circunstancias le permitan. Y si es necesario hay que cambiar las circunstancias.

Si la misma situación se hubiera conocido hace unos años, en el auge K, ¿que se hubiera dicho? El Presidente miró fijo a sus ministros y les bajó línea: trato preferencial para los gobernadores que cumplieron su palabra de apoyar las reformas y contribuyeron con votos a ‘sostener la gobernabilidad’, disparo. A todos, les atienden el teléfono, agregó por si no quedaba claro.

Alguno puede sospechar que se trata de una metodología que sólo manejaban los peronistas, pero se equivoca. En estas cuestiones mundanas al menos, los puntos de contacto son altos.

La invitación a Urtubey y Bordet para ir a Suiza en la comitiva presidencial es un correlato de la historia. Como las obras que se destraban y consiguen financiamiento de la Nación. La novedad no es que los gobernadores, algunos, no todos, vayan al ritmo del poder central. Eso pasó infinidad de veces: lo raro es que pertenecen a signos políticos diferentes. ¿Es indicio de una nueva forma de hacer política?

Quizás, aunque la dinámica entre el ser y el parecer suelen no ir de la mano. El 2018 no es año electoral. Al menos es lo que dice el almanaque. Pero nadie deja de atender su juego. Ese que le permitirá seguir en el poder. Y los que no están, llegar a él. Al cabo, de eso se trata.

 

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