No creer todo lo que sale por la Internet

internet-1446236379270La duda metódica, como principio de objetividad promulgado por el filósofo René Descartes, debería aplicarse a la información no sólo de la vida diaria sino sobre todo a la que circula por Internet.

La tecnología digital trae consigo el prodigio de una explosión de información. Nunca antes las personas han estado en contacto con tanta “data” como en esta edad histórica. Ahora bien, ¿podemos creer todo lo que circula por la Red?

Cuando una persona empieza a utilizar Internet quizá piensa que una noticia es verdad porque circula por allí. Un efecto de credulidad ingenua acompaña al origen de los medios de comunicación.

Es conocido, al respecto, lo que ocurrió con la aparición de la radio. En 1938 se difundió en Estados Unidos una adaptación de la obra de Orson Welles “La Guerra de los Mundos”.

El realismo fue tal que la emisión causó auténtico pánico en Nueva Jersey donde, según la obra, estaba teniendo lugar la invasión de los extraterrestres. Pues bien, en Internet hay muchas historias y noticias que se vuelven muy populares.

Lo cierto es que algunas pueden ser ciertas y útiles, pero también pueden ser falsas. Siempre hay gente crédula que está dispuesta a aceptar las historias más increíbles, las más inverosímiles.

Pero los que no quieren engañarse apelan al método cartesiano según el cual hay que rechazar como inadecuadas, o poner en suspenso, todas aquellas creencias que lucen sospechosas o que plantean dudas.

Los periodistas, cuando les llega una data, siguen la receta de Descartes. Suelen en efecto verificar la fuente de la información, como parte de su práctica profesional. Para los usuarios de Internet la verificación, aunque opcional, debería ser no obstante una costumbre.

Hay que dudar, es decir, ser conscientes de que lo que circula por Internet no está inmunizado contra la manipulación y la mentira. La Red, de hecho, puede convertirse en un lugar excepcional para esparcir información falsa.

Muchas veces usuarios crédulos se prestan en forma involuntaria a operaciones de manipulación, al esparcir entre sus conocidos y amigos una información que él cree verdadera, pero que en realidad es mentirosa.

La falta de rigurosidad en el mundo digital alienta la viralización de hechos falsos que suenan verosímiles, sostiene la columnista Laura Marajofsky, en el diario ‘La Nación’.

En un reciente artículo, sostiene que Internet se ha convertido en terreno fértil para la expansión por ejemplo de un sinfín de teorías conspirativas, lo que exacerba la producción y consumo de noticas chatarra.

Se les llama así a las creencias que explican los hechos (comúnmente de índole político, social o histórico) a partir de un complot secreto por parte de un grupo de personas u organizaciones poderosas e influyentes.

Vivimos en una época ideal para el complot y se diría que hay una tendencia cognitiva global a concederle un grado de verosimilitud a muchas noticias o explicaciones que alimentan nuestra paranoia.

El cine y la televisión abonan este tipo de narrativa, muchas de ellas desde el plano de la ficción, según la cual todos los males modernos (cambio climático, obesidad, cáncer, guerras) están vinculados a la acción de un poder oculto que controla todo tras bambalinas, y va desde sociedades secretas, a grandes corporaciones o los alienígenas.

¿Por qué el público suele suscribir las visiones y noticias más estrafalarias? Eso surgiría a partir de la dificultad de los individuos por explicarse fenómenos complejos y, en consecuencia, ante el trauma de reconocer el carácter azaroso de los acontecimientos.

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