Obama: el ícono de la esperanza

Este martes el nuevo Presidente de Estados Unidos, Barack H. Obama, tomó verdaderamente posesión de su cargo en el salón oval de Washington. La gran expectativa y esperanza de cambio depositada en este líder natural, es para propios, como para la comunidad internacional.o



Por Diego Labozeta

Especial para El Día

El presidente Obama enfrentará en sus primeros cien días de gobierno, las circunstancias más difíciles que un jefe de Estado puede encontrar. Va a tener que ser un comandante en jefe de dos guerras simultáneas (Irak-Afganistán), el juez de garantías para los procesos de ordenamiento moral, el contador general de un Estado totalmente deficitario, el empleador de cada familia. Él no desciende de esclavos. Ni forma parte de lo que algunos llaman los “negros furiosos” que asustan a los blancos. Ni una sola vez, durante la campaña electoral, el candidato demócrata ha alzado la voz para denunciar el racismo hacia la minoría de color. El es un ciudadano más, solamente de color.

 

Ello no le impedirá pensar, en el momento de su toma de posesión, que cuando él nació, en 1961, aún existían leyes racistas en varios Estados de su país y que muchos afroamericanos ni siquiera podían ejercer su derecho de voto. Medirá el camino recorrido. Marcado por sangrientas luchas y por líderes de excepción como Malcolm X y Martín Luther King, asesinados ambos por grupos racistas.

La elección de Barack Hussein Obama es también un signo de la vitalidad de la sociedad estadounidense. Una demostración de que el “sueño americano” sigue vivo. Que allí casi “todo es posible”. Un momento de aire fresco después de ocho años de hedores putrefactos y de prácticas repugnantes de la administración Bush. Por eso, prohibir la tortura y cerrar el penal de Guantánamo serán las primeras decisiones del nuevo Presidente.

Su singular historia de vida, su porte elegante, su oratoria mágica y sus dotes de líder carismático le han convertido en breve tiempo en una estrella política para la opinión pública mundial. Por vez primera, un Presidente de Estados Unidos (todavía sin gobernar) es popular en el mundo árabe-musulmán, en África y en América Latina. Regiones donde, por experiencia histórica, existe una desconfianza bastante generalizada hacia el imperio del Tío Sam. Muchos intelectuales críticos, dentro y fuera de Estados Unidos, han celebrado su elección. Nelson Mandela, primer Presidente negro de África del Sur, en un mensaje de felicitaciones le declaraba: “Estamos convencidos de que usted va a poder finalmente realizar su sueño de convertir a Estados Unidos en un socio verdadero de la comunidad internacional que se consagrará a la paz y a la prosperidad para todos. Confiamos en que luchará usted en todas partes contra los flagelos de la pobreza y de la enfermedad”

Unas esperanzas tan colosales y tan universales no podrán ser sino defraudadas. Por eso, en base a su experiencia de haber bregado con nada menos que diez Presidentes estadounidenses, Fidel Castro ha sugerido calmar los ánimos: “Sería sumamente ingenuo creer que las buenas intenciones de una persona inteligente podrán cambiar lo que siglos de intereses y egoísmo han creado. La historia humana demuestra otra cosa”.

Y es que lo más duro para Obama empieza ahora. En primer lugar porque el inicio de su mandato coincide con el peor colapso económico en un siglo. Los estadounidenses esperan de él y de su equipo que consigan sacar al país del enredo de crisis (inmobiliaria, bancaria, bursátil) en el que la administración Bush lo ha sumido. También le suplican que evite el naufragio industrial de los tres grandes fabricantes de vehículos: Ford, General Motors, Chrysler. Y la pérdida de millones de empleos.

Además, él mismo ha prometido instaurar un seguro médico universal que ansían como agua en el desierto los más de 40 millones de ciudadanos desprovistos de cobertura médica. Sin contar el trabajo de Hércules que significará el lanzamiento de un ambicioso “Green New Deal”. Un gran plan de desarrollo de nuevas tecnologías verdes para romper la petróleo-dependencia. Y para acelerar un salto hacia la innovación técnica que vuelva obsoleto el uso de energías fósiles. Como cuando, hacia 1880, la electricidad sustituyó al vapor y al carbón.

Todo eso no se hará de la noche a la mañana. Costará muy caro y los beneficios no serán evidentes a corto plazo. Habrá impaciencias en un contexto social duramente afectado e irritado por las crisis. El entusiasmo de hoy podría entonces cambiarse en decepción, frustración y cólera.

Tampoco le será fácil al nuevo Presidente aplicar sus ideas de cambio en la política exterior estadounidense. La era Bush marcó quizá el apogeo de la hegemonía mundial de Estados Unidos. Un poder que ha resultado efímero y poco eficaz. Porque las guerras en Irak y Afganistán han puesto de manifiesto que la supremacía militar no se traduce automáticamente en victoria política. Por otra parte, el auge de China y de India permite deducir que los días de Estados Unidos como primera economía están contados.

En América Latina las cosas podrían ir rápidamente mejor si Washington aliviara o suprimiera el embargo comercial a Cuba y restableciera una relación constructiva con Venezuela y Bolivia. Que claramente utilizara a Brasil para su cometido, dado su liderazgo regional y la importancia de una asociatividad.

Pero es en Medio Oriente donde la situación seguirá siendo muy peligrosa. Y hasta puede empeorar. Por ejemplo, si retira las tropas estadounidenses de Irak, como ha prometido hacerlo, el vencedor de la guerra será objetivamente Irán pues los chiitas, aliados de Teherán, quedarán al mando en Bagdad. ¿Lo aceptará Arabia Saudita, gran enemigo de Irán al que acusa de expansionismo? ¿Lo admitirá Israel, amenazado de aniquilación por Teherán, y donde en febrero próximo se celebrarán elecciones que podrían ver la victoria del ala más dura de la derecha en torno a Benyamín Netanyahu y sus amigos “halcones”?

Por lo pronto, y en este escenario nacional e internacional muy difícil de sobrellevar, el presidente Obama ha demostrado su liderzazo a la comunidad, al designar personalidades muy influyentes y de mucha experiencia en los principales cargos ejecutivos de su gobierno.

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