Oscar Irigoyen, el hombre que hace tres décadas endulza con sus garrapiñadas

En la esquina de 25 de Mayo y España, el garrapiñero se terminó transformando en un símbolo del centro de la ciudad. Está estoico todos los días, sin importar si llueve o hace calor. La historia de un hombre que terminó siendo lo que es gracias al Papa Juan Pablo II.

Por Fabián Miró

En los últimos 30 años, Gualeguaychú ha cambiado muchísimo, sobre todo la céntrica calle 25 de Mayo. Con el correr de los años, negocios emblemáticos cerraron sus puertas, los diferentes locales cambiaron de rubro en más de una oportunidad y poco a poco los negocios locales comenzaron a compartir el terreno con las cadenas nacionales. Sin embargo, en la esquina de España, sobre mano izquierda, hay alguien que está firme e inmutable hace tres décadas, y no es ni más ni menos que Oscar Irigoyen, el garrapiñero de la ciudad.

En su tradicional carrito que está fijo en ese lugar emblemático de la ciudad, Oscar todos los días –sin importar si llueve o hace calor– se dedica a preparar sus clásicas garrapiñadas con una receta a base de agua, azúcar, maní y vainilla. “Los que hacer años venían a comprar de la mano de sus padres, hoy hacen lo mismo pero con sus hijos”, define risueño el garrapiñero en una charla con ElDía.

Con su tupido bigote y casi siempre con algunos de sus excéntricos sombreros, Irigoyen terminó siendo una postal de Gualeguaychú y uno de los personajes más queridos en la ciudad, y aunque parezca increíble, todo este asunto de la garrapiñada fue más una casualidad que una pasión innata: “Hace poco más de tres décadas que empecé con este laburo. Cuando arranqué lo hice con la idea de que sea una changa, pero terminó transformándose en mi manera de ganarme la vida”, rememora.

Y el gran responsable de que Oscar Irigoyen actualmente sea el garrapiñero de Gualeguaychú fue ni más ni menos que el Sumo Pontífice Juan Pablo II: “Todo comenzó en 1987, cuando un muchacho amigo mío trajo la receta de Buenos Aires. Y así, sin mucho más, nos fuimos los dos a Paraná a vender garrapiñadas a los que fueron a ver al Papa”, describe sus comienzos. Fue, efectivamente, el 9 de abril de 1987 cuando Juan Pablo II pisó tierras entrerrianas. Estuvo dos horas, pero fueron suficientes para marcar el camino de Irigoyen.

Cuando volvieron de Paraná, los dos amigos se instalaron en la esquina de 25 de Mayo e Italia. Según Oscar, la época fuerte en esa época eran los carnavales, que por entonces se hacían sobre 25 de Mayo y también sobre Urquiza. Además de garrapiñadas, vendían también cucuruchos con dulce de leche. El socio de Irigoyen hacía el turno de la mañana, y Oscar el de la tarde, así durante más de dos años, cuando se separó en buenos términos del que lo introdujo en este oficio y continuó de manera independiente.

“Tengo mis clientes fijos, pero también hay muchos que compran al paso o que se tientan cuando huelen el aroma cuando las preparo. Y el turismo siempre compra. Durante la tarde es cuando más se vende, y durante el verano me va mejor que lo que muchos creen”, afirma sobre el presente del rubro y aclara que sin importar lo gobiernos que hayan pasado en todo este tiempo, siempre trabajó bien, salvo en una: “La época de los Federales y los Patacones fue dura, le tuve que poner mucho empeño y optimismo para aguantarla”.

 

Durante los primeros diez años como garrapiñero, siempre trabajó sobre 25 de Mayo, pero en diciembre levantaba campamento y se iba a hacer la temporada a Ñandubaysal, pero en relación de dependencia.

Finalmente, decidió seguir por su cuenta, sin jefes y a su manera y desde ese día está siempre en la esquina de 25 de Mayo y España. Fanático de Boca Juniors, su puesto es una embajada xeneize en Gualeguaychú donde otros hinchas se acercan a hablar del presente y el pasado del club. Pero también pasan los de los otros equipos, y nunca faltan las cargadas y las chicanas.

“Estos 31 años pasaron volando, pero pasaron muchas cosas. Ahora tengo nietos, y una de las grandes satisfacciones es cuando pasan por acá a darme una mano. Ahora, cuando por cualquier cosa no puedo venir, son ellos los que se hacen cargo y atienden el puesto. Seguramente cuando deje de trabajar, ellos seguirán por este camino y seguirá vivo el legado de los garrapiñeros”, aventura.

Entre las 20 y las 21, cuando los negocios ya bajan sus persianas y la gente regresa a su casa, Oscar también da por concluida la jornada laboral. Entonces, tranquilo y como todos los días, emprende el regreso a su casa en el barrio Yapeyú y su carrito queda firme en su esquina, esperando a que al otro día el garrapiñero prenda de nuevo las hornallas, ponga en la olla agua, azúcar, maní y vainilla y el aroma a garrapiñada vuelva a invadir el centro de Gualeguaychú.

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