Pedro Vitasse: “Trabajaba en el campo con un paraíso como techo”

Todos lo conocen como Pedro, un mecánico de los de antes que con pocas herramientas arregla lo que sea. Tiene 72 años, demuestra muchos menos,  y es uno de los tantos que nacieron en Colonia El Potrero y debieron dejar la misma, en búsqueda de mejores horizontes, cuando el campito no daba para una familia numerosa.  PEDRO

 

Es así, que en el 69, Pedro Vitasse, rumbeó para la ciudad y comenzó a trabajar de mecánico, aunque  en el campo “siempre arreglaba algún cachivache que había en la chacra. Desde los 14 que ando en los fierros, a la vez de trabajar en la colonia. Laburaba  en mi casa, con un paraíso como techo. Ese era el taller que tenía. Antes, continúa, los motores eran mas simples, mas rústicos, nada que ver con los de ahora”.

Vivió su infancia y adolescencia en el campo ubicado entre las calles uno y nueve. “Lindábamos con los establecimientos de Spomer y Cortesi, apellidos conocidos como también los   de Gertsner y Rinaldi”.

Los Vitasse tenían un campo de 140 hectáreas  en esa zona, mientras que “otros lotes  en la colonia eran un poco más grandes, aunque la calidad del suelo no era el mismo, poco aptas para sembrar”, aclara Pedro.

Recuerda que sus hermanos mayores, emigraron al pueblo cuando se hicieron grandes y los  “más chicos  tomamos la posta muy jóvenes.  A los 12 años mi padre me sacó del caballo ensillado para ir a la escuela, y me puso a arar con un equipo tracción a sangre  conformado por 6 caballos con un arado Ruso Moline  de dos rejas “.

Tiempos en los que no se conocía la soja, y se implantaba, trigo, lino, maíz, entre otros cultivos y a veces  avena para verdeo, ya que teníamos “una tropilla de unos 30 equinos”. Vitasse, recordó que hubo días, en que se ataban animales a tres arados, porque tenían “otro campo que trabajar al costado de lo que hoy es el la ruta 14. A caballo, no superábamos las tres hectáreas por día. Salíamos temprano, trabajábamos duro y parejo todo el día, y al caer la tarde parábamos para no castigar  los pobres animales”.

Arrancó con las maquinarias agrícolas a los 13 años. Fue en una Deering 31 de 15 pies, y un tractor Deering 2236 de uña que me tocaba manejar. En su relato, Don Pedro, recuerda que más de una vez se durmió arriba del tractor, motivando el enojo de su padre. “Cuando veía que dormitaba, agarraba un puñado de maíz y me lo sacudía para despertarme, especialmente a la hora de la siesta. Con un sol que partía la tierra, dormitábamos, pero el viejo, atento, tenía su método para terminar con el sueño”.

“Ahora, si no anda el aire acondicionado, los tractoristas modernos no suben, en cambio, nosotros andábamos con un cuero de oveja arriba del asiento  y al aire libre”, en una  comparación de  lo que vivió en sus tiempos mozos, con el presente y el avance de la tecnología.

“En el tiempo de cosecha, a eso de las 16,30, girábamos con las máquinas, mirando si llegaba el del mate cocido, que acompañábamos con galleta y queso. Después, continúa, la tradicional damajuana, forrada con una bolsa para que mantenga la temperatura, además de una botellita de Caña Ombú. También con bolsa, bien mojada, hacía de cuenta que estaba en la heladera”, cuenta Vitasse, mientras sus compañeros de taller en la firma Mac Donald lo escuchan con atención.

Volviendo a las herramientas, las maquinarias agrícolas de los 50, distaban mucho de las de hoy día. Especialmente el tractor de uña que “se movía, sacudía bastante en terrenos duros”.

Las trilladoras, por su parte, trabajaban con bolsas, clasificador. También  un  cosedor, que cuando la cosecha era buena, contaba con los servicios de un ayudante. Al lino, comenta, lo cosía, solo, un hermano mío, mientras que en el trigo necesitaba de un ayudante. Las bolsas se tiraban al terreno. Después venía un carro a levantarlas con un trabajador que lo hacía a pulso. Posteriormente se estibaba en un galpón que no era demasiado grande

. Es así, que teníamos que apilar la mayor cantidad posible. Usábamos un método maldito, que era el de colocar la bolsa (unos 50 kilos), arriba de la cabeza para rellenar los huecos. Método que nos dejó secuelas en la columna”

Sobre los famosos tractores Pampa, dijo que nunca quiso tener uno. “Eran imposibles. Cuando salíamos a trabajar de madrugada, y había uno cerca, no dormía nadie por el bochinche que metían”

Luego fue el tiempo de un Deutz 40, dos cilindros, que adquirimos en el 62, poco después arribo un Someca usado. Lo restauramos con mi hermano y con el “hicimos varias campañas, eso si a  la Deering la mantuvimos hasta que dejamos la actividad. Empezábamos en diciembre y terminábamos en enero de trillar”.

Reconoció que se le pianta más de una lágrima cuando recorre lo que fue su casa “Da pena ver el lugar donde uno se crió. Lo que era mi casa, hoy es una tapera”, cerró un hombre que pasada la barrera de los 70, sigue en el mundo de los fierros, que en definitiva es un poco su mundo.

 

 

LA FRASE

A los 12 años mi padre me sacó del caballo ensillado para ir a la escuela, y me puso a arar con un equipo tracción a sangre  conformado por 6 caballos con un arado Ruso Moline  de dos rejas “.

 

 

 

 

 

 

 

 

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