El peronismo se debate entre lo que es y lo que quiere ser

Cristina en Arsenal

La batalla promete ser épica. Con Cristina de un lado. Con el hombre que le puso límite a su deseo de eternidad. Con un ex empleado que la desafía. Con la mujer que más la ha denunciado. Y, casi como convidado de piedra, el Ministro de Educación de Macri. ¿El resto? No parece importar demasiado. Al cabo, en Buenos Aires, se juega el destino del peronismo y/o kirchnerismo.

Jorge Barroetaveña

El secreto a voces no lo romperá nadie, hasta el último minuto. Ni siquiera ‘Ella’ que el martes se presentó con estilo ‘PRO’ pero no mencionó una sola palabra de su candidatura. Más allá del contenido, nadie dejó de reconocer el intento por cambiar de estilo de la ex presidenta. Parada, en un escenario y rodeada de gente, una postal de Macri en la campaña del 2015, y sólo banderas argentinas a la vista. Faltaban los globitos solamente.

El entorno, ese que no conviene mostrar mucho por su carácter ‘piantavotos’, lo más lejos posible. Nadie negó tampoco que al inefable Luis D’Elía lo hayan parado a tres cuadras del Estadio Julio Humberto Grondona, no vaya a ser que algún elector despistado se confunda.

Cristina, meticulosa, subió al escenario un representante de cada uno de los problemas económicos de la gestión de Cambiemos. Metió el dedo en la herida y lo revolvió hablando de la pérdida de empleos, de los tarifazos y las pensiones. Recordando aquellas famosas cadenas nacionales, ofició de conductora de un reality, con la gente contando sus penas y angustias, derivadas de un gobierno ajustador. Se erigió pues, en el vehiculo para castigar al oficialismo que en un año y medio dilapidó el capital que ella supo cosechar en 12 años de gobierno kirchnerista.

Por supuesto que las contradicciones y la autocrítica no tuvieron espacio, ni tenían porqué tenerlo en el lanzamiento de una campaña. Suponer que quien estaba al frente iba a hacerse cargo de algo de lo que pasó, era una zoncera. La ex presidenta no admite que pudo haber errores ni que el país que dejó tenía demasiadas cuentas pendientes. Todo lo que pasa es culpa de los neoliberales que tomaron por asalto el poder y estafaron a la gente. No hay dobles lecturas posibles. Es lo que pienso y lo dice.

Cristina tampoco come vidrio y sabe que Randazzo tendrá pocos votos pero le puede hacer daño. El 6, 7 u 8% que pueda sacar en las PASO son votos menos para ella, por eso le ha hecho la vida imposible en los últimos siete días. El ex ministro encima no acierta con su politica comunicacional y nadie sabe bien qué es lo que piensa. Sí, al menos resistió los embates y evitó más filtraciones en su estructura, aunque tendrá que lidiar en la interna del PJ con otros candidatos, no se sabe cuántos al cierre de esta edición. Insólitamente vuelan las cartas documento pidiendo las chequeras del partido y la logística que se llevaron Espinoza, Scioli y compañía. Toda una rémora de los tiempos que se viven. Un PJ vacío, sólo la cáscara, tal como quería verlo Cristina. Acorde a los tiempos de la no política que el gurú Durán Barba pregona. Todo indica que la ex presidenta lo escuchó bien.

En otro rincón Massa se restrega las manos. La polarización hasta ahora no es tal y el electorado estaría dividido en tercios. El incluso conservaría poco más del 20%, los votos que sacó en el 2015, con chances de darle cabida a los que, enojados con Macri, no quieren volver a votar a Cristina. Ahí estará él, ofreciendo una alternativa filo-peronista azucarada con la presencia de Margarita Stolbizer que hace y dice todo lo que Massa no puede por su pasado. O no quiere hacer.

Cambiemos se debate en sus propias contradicciones. Será Bullrich el encargado de enfrentar a los pesos pesados opositores, sin despintar la marca que mejor mide. Resignados ya a que les conviene que la elección no se mida por la economía, la dicotomía entre mafias y honestidad atravesará todos sus discursos. Claro que esto tampoco es un vergel para el oficialismo. Buena parte del electorado de Cambiemos lo voto a Macri para que meta presa a Cristina. Así, sin medias tintas ni ambigüedades. Le reprochan en el fondo, haber transado con el sistema y hacer poco para que se esclarezcan los casos de corrupción. Son los votantes que se preguntan hasta cuándo le seguirán contando propiedades a Lázaro Báez o como puede ser que la ex presidenta aún pasee libre por la calle: la quieren ver tras las rejas.

Y Macri carga con eso, aunque el kirchnerismo no se cansa de acusarlo de mandar a perseguir a su líder. Así de contradictoria es la historia.

En el vasto territorio argentino se está escribiendo otra cosa, diferente a la bonaerense. Políticos y habitantes bucean otras aguas, con acuerdos que se focalizan en lo distrital. Los gobernadores no quieren que nada interfiera en su pago chico y hacen equilibrio para dejar contento a todo el mundo. Los oficialistas preservan su relación con la Nación y los opositores hacen más o menos lo mismo. Cristina, Randazzo y sus peleas están lejos, y están cómodos con eso. Al cabo, consideran, son los rezagos que quedan de un pasado que quieren dejar atrás lo antes posible. El peronismo se debate entre lo que es y lo que quiere ser. En el medio permanece el liderazgo de Cristina. Y tendrán que hacer bastante para reemplazarlo.

 

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