El proteccionismo de los países ricos

Se ha dicho que el libre comercio siempre ha beneficiado a los países industriales. Sin embargo desde Estados Unidos y desde Europa baja una ola proteccionista en la economía.

¿Por qué el electo presidente norteamericano Donald Trump, nada menos, se ha vuelto enemigo del librecambio? ¿Acaso se convirtió a la ideología tercermundista de cerrar la economía para protegerse de lo “extranjero”?

Hasta acá se aceptó como verdad revelada que el librecambio, que propugna la no intervención estatal en el comercio internacional, permitiendo el libre flujo de mercaderías y capitales, es una ideología que benefició a los países centrales.

Según esta línea interpretativa, a Estados Unidos y a Europa el libre comercio les permitía básicamente desarrollar sus industrias a costa de los países pobres, los cuales siempre perdían en un intercambio desigual.

Condenados a proveer a los países ricos materias primas a cambio de manufactura, e imposibilitados así de desarrollar una industria propia, los países latinoamericanos o asiáticos, por ejemplo, nunca podrían desarrollarse.

Fue en ellos que prosperó el proteccionismo, la ideología contraria al librecambio. Una actitud básicamente defensiva, tendiente a cerrar los mercados nacionales a la “invasión” de las multinacionales.

Pero de un tiempo, a esta parte, fuera del plano del discurso, la “periferia capitalista” se ha convertido en un escollo difícil de digerir para los “centrales”, y esto aparentemente por un efecto indeseado de la globalización y del libre comercio.

A partir sobre todo de los ‘90 el mundo se unificó alrededor del mercado. Desde entonces la economía global se caracteriza por el traslado de gran parte de la base industrial de los países avanzados a los países en desarrollo, donde se encuentran las fuentes de mano de obra barata.

La Real Academia Española (RAE) define “deslocalizar” como la acción de “trasladar una producción industrial de una región a otra o de un país a otro, normalmente buscando menores costes empresariales”.

Aquí radica la gran transformación del sistema económico mundial en las últimas décadas: el traslado masivo de industrias líderes desde los países centrales hacia los periféricos, en su afán de reducir gastos.

El desempleo y el malestar económico que hoy imperan en Estados Unidos y Europa se explican por este fenómeno económico, cuya contracara es el desarrollo manufacturero en algunas zonas de Latinoamérica pero sobre todo en el Sudeste Asiático y China, devenida en gran factoría global.

La paradoja histórica está servida: resulta que hoy un país latinoamericano como México, que se ha beneficiado de la deslocalización de las empresas americanas, adhiere a los postulados del librecambio. En tanto Estados Unidos, víctima de ese proceso, adopta la teoría tercermundista del proteccionismo.

¿Quién se hubiera imaginado que un nacionalista mexicano –curiosidad del siglo XXI- se vería forzado hoy a citar a su favor a Adam Smith o a David Ricardo, exponentes de liberalismo económico?

Es Donald Trump, por el contrario, quien hoy despotrica contra la globalización y envuelto en histeria proteccionista ha lanzado un ataque contra el vecino latino del sur, amenazando a las empresas norteamericanas que osen trasladar sus fábricas allí.

Por estos días, y antes de asumir la presidencia de Estados Unidos, viajó al Medio Oeste, donde viven los obreros blancos que votaron por él, y se ufanó de detener el traslado de la fábrica de aparatos de aire acondicionado Carrier, a la cual le prometió extraordinarias ventajas fiscales, según manda la receta proteccionista.

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