Dejar de trabajar después de tres o cuatro décadas implica un cambio notable en la existencia de las personas. De lo que se trata, según los expertos, es de no jubilarse de la vida.


Después del retiro laboral, un evento que marca sin dudas una ruptura, a partir de que cesa el rol de trabajador, la vida sin embargo continúa. La pregunta es, ¿cómo organizar la nueva fase vital?

En la pregunta está implicada la cuestión del bienestar integral de los adultos mayores, un tópico cada vez más actual en las sociedades contemporáneas, donde la esperanza de vida se ha estirado gracias a los progresos de la higiene y la medicina.

Jubilación es el nombre que recibe el acto administrativo por el que un trabajador en activo, ya sea por cuenta propia o ajena, pasa a una situación pasiva o de inactividad laboral; luego de alcanzar una determinada edad máxima legal para trabajar.

Pero ese “acto administrativo” es el de una persona que ve que varios aspectos de su vida, que estaban organizados de una manera determinada, se ven de pronto des-organizados.

El tránsito de un estadio a otro de la vida suele estar cargado de ambigüedad. Por un lado, está la alegría de saber que por fin uno deja la obligación laboral (visto como un verdadero yugo) y empieza a disfrutar de un tiempo libre para dedicarse a otras cosas.

Pero a la vez es un cambio no exento de ansiedad. Porque emerge la lógica duda de si uno podrá finalmente adaptarse a las nuevas condiciones de la existencia, o si puede asumir sin traumas el nuevo rol de jubilado.

Además, en una sociedad que sobrevalora la “productividad” de las personas, la nueva instancia de la vida suele ser vista con cierto desprecio. El hombre mayor ya no produce, y entonces, para esa mentalidad, es “inútil” desde el punto de vista económico.

Operaría aquí una brutal “selección natural” de la especie: los más jóvenes y fuertes vencen, los más débiles deben perecer. Como si la sociedad estuviese regida por una lógica productivista inhumana.

Como se ve, la condición de jubilado tiene sus bemoles. “El trabajo, visto como virtud, ya no lo tiene y pasa a asumir una vida pasiva, en la que la comunidad le otorga una especie de ‘rol sin rol’. Hasta ayer, era activo; a partir de hoy, no tiene que hacer nada más”.

Así describe la situación el doctor Claudio García Pintos, profesor titular de la cátedra de Gerontología y Familia de la carrera de Psicopedagogía de la UCA, en declaraciones a el diario La Nación.

Según el especialista, lo conveniente es prepararse para afrontar el retiro laboral. Y esto para “comprender que uno no se jubila de la vida”, como quien de despide de la existencia tras el acto administrativo de la jubilación.

El desafío, en cambio, es “descubrir proyectos y con más espacios para la reinserción social, cultural y profesional una vez jubilado”. Es decir, formar parte de la “clase pasiva” no debiera implicar un pasivo dejarse estar sino una reinvención de la propia vida.

Los especialistas hablan de la necesidad de que la jubilación sea una etapa activa en lo social y familiar, que permita a la vez revalorizar los talentos individuales.

Esta época vital, por lo demás, suele ser rica en experiencia y sabiduría. En épocas pasadas los ancianos gozaban de prestigio. Su palabra tenía peso, porque enseñaban a las generaciones precedentes sobre los secretos de la vida.

La jubilación, en suma, no debiera suponer un retiro de la vida, sino su potenciación en otros términos. Tampoco equivale a transitar un ciclo de insatisfacción vital, sino uno dotado de una nueva plenitud.