¿Quién fue Saturnino Enrique Unzué?

parque unzué

El representativo paseo de la ciudad, a orillas del río Gualeguaychú, lleva el nombre de un poderoso hacendado del siglo XIX, como lo pidieron sus hijos que donaron este enclave.

 

Marcelo Lorenzo

 

Si hay un espacio verde icónico de la ciudad ése el Parque Unzué. Soberbio paseo que los nativos disfrutan todo el año, y los turistas sobre todo en verano. Éstos últimos, de hecho, no se cansan de elogiarlo, admirados por su estética natural.

Este espacio tiene una historia que enlaza con las realizaciones de la Gualeguaychú moderna, en la primera parte del siglo XX. Y un aspecto de la misma tiene que ver con su designación.

¿Por qué lleva el nombre Unzué?, es una pregunta foránea que quizá muchos gualeguaychuenses no puedan contestar con solvencia. Básicamente tiene que ver con el hecho de que esas 115 hectáreas fueron donadas al municipio de Gualeguaychú por los herederos de Saturnino Enrique Unzué (1828-1886).

Don Saturnino fue un poderoso hacendado, un conspicuo representante de los estancieros, el grupo social de mayor poder y prestigio de la Argentina tradicional.

Sus hijos Ángela Unzué de Álzaga, María Unzué de Alvear, Concepción Unzué de Casares y Saturnino José Unzué, que habían heredado estancias en la zona denominada “El Potrero” (departamentos Concepción del Uruguay y Gualeguaychú), quisieron que esas tierras donadas al municipio local llevasen el nombre de su padre.

 

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Fue una manera de perpetuar la memoria del patriarca de la familia, algo que repitieron los descendientes en todos aquellos lugares del país donde los Unzué tuvieron propiedades, según relatan los historiadores.

En efecto, así como la familia del hacendado se desprendió con fines públicos de parte de sus campos de “El Potrero”, también hizo lo mismo con parte de su increíble fortuna en provincia de Buenos Aires, a través de diversas obras benéficas, en forma de asilos, hospitales, iglesias, escuelas y padrinazgos.

Aquí la cesión de tierras efectuada por los Unzué se hizo “con destino de bien público y utilización general para Gualeguaychú”. De esta manera nació al parque que hoy es orgullo de la ciudad.

Los Unzué figuran entre los españoles que integraron la etapa primitiva de asentamiento en Argentina, que incluyó la colonización y la posterior organización nacional.

Vinieron del país vasco o Euskadi, que está ubicado en la región nororiental de España. El primero en llegar en 1778 fue Francisco de Unzué y Echeverría, quien fue capitán de milicias urbanas, regidor del Cabildo de Buenos Aires, y además activo comerciante.

 

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Francisco casó con Micaela Reynoso Cuello y tuvieron cuatro hijos; entre ellos Saturnino, padre de Saturnino Enrique (que da nombre al parque local), y abuelo de Saturnino José (quien efectuó la donación de ese enclave).

 

EL GRAN PROPIETARIO

Siguiendo la saga de los Unzué se observa que sus miembros eran hábiles empresarios, y todos ellos prosperaron con el desarrollo agropecuario, base de la riqueza de la Argentina, durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX.

La figura de Saturnino Enrique Unzué es emblemática de un sector social, los estancieros, que en su momento estuvo asociado al poder, el prestigio social y la confianza en el futuro.

En el libro “Los Estancieros, desde la época colonial hasta nuestros días” (2010),  la historiadora María Sáenz Quesada sitúa a nuestro personaje como un verdadero dueño de la tierra.

“Un caso prodigioso es el de Saturnino Unzué, propietario de grandes estancias en Mercedes y en Ramallo, de campos en Leubucó (Adolfo Alsina), de casi la mitad del partido de Rojas y de gran parte del de 25 de Mayo. En Entre Ríos era, de acuerdo a datos de Oddone, el hacendado que venía en segundo término luego de los Urquiza”, relata Sáenz Quesada.

Hábil para los negocios, se cuenta que Saturnino ganaba en todos los remates de tierras (tuvo un extraordinario instinto para adquirir solares a bajo precio). Y al promediar su vida activa se convirtió en una de los terratenientes más grandes de la Argentina llegando a contar con alrededor de 500.000 hectáreas (el equivalente al departamento Paraná, en Entre Ríos).

Aunque básicamente su fortuna la construyó dedicándose a la actividad ganadera, creando establecimientos emblemáticos como “Huetel” y “San Ignacio”, en 1854 funda la Sala de Comercio de Frutos del País, convirtiéndose en un distribuidor de granos, carnes y lana.

En 1870 obtiene la concesión de la línea de tranways de los hermanos Lacroze, e integra como principal accionista la Compañía de Gas Argentino que levanta la usina oeste en Los Corrales (Buenos Aires).

La vida de Saturnino Enrique fluctúa entre acrecentar su fortuna y la política, aunque ambas dimensiones se potencian mutuamente. Cuando en 1851 Justo José de Urquiza organizó el Ejército Grande para derrotar a Juan Manuel de Rosas, Saturnino lo ayudó con recursos.

A cambio de esto, el estanciero recibió en pago por lo prestado al caudillo entrerriano unas 50.000 hectáreas en provincia de Buenos Aires, de acuerdo a datos que aportan historiadores bonaerenses.

Un beneficio similar obtuvo Saturnino por su aporte a la campaña del desierto encabezada por Julio Argentino Roca. Unzué había adquirido 100 acciones en la “suscripción de tierra”, decretada por ley nacional de 1878, que se había creado para juntar fondos para aquella empresa.

Como retribución, el gobierno nacional donó a Saturnino 10.000 hectáreas (4 leguas cuadradas, así se medía) en el centro oeste de la provincia de Buenos Aires.

Por otro lado, la casa familiar de los Unzué de Rivadavia 176, en Buenos Aires, fue sede de importantes encuentros en búsqueda de la pacificación nacional. De hecho allí se firmó el cese de hostilidades entre Buenos Aires y la Confederación Argentina.

Fervoroso mitrista, Saturnino Enrique fue electo diputado nacional y ocupó una banca en el Congreso en el período 1880-1884, pero renunció en agosto de 1883.

Sus hermanos (Santos y Mariano) y su hijo Saturnino José también fueron grandes estancieros y lograron acrecentar la fortuna de la familia Unzué, un apellido que adquirió un prestigio casi mítico en la Argentina tradicional.

 

ADMIRADOS AL PRINCIPIO,

DENOSTADOS DESPUÉS

Cuenta María Sáenz Quesada que los estancieros ocuparon un lugar protagónico en la sociedad criolla que encaró la primera parte de la modernidad del país.

Ese grupo social expresaba los intereses del sector económico más avanzado de su tiempo, la ganadería. Fue actor principal en la tarea de insertar al país en el mercado mundial a partir de su mayor ventaja comparativa (la tierra).

El producto de la tierra creció y como consecuencia los estancieros se enriquecieron y refinaron tanto su producción como su estilo de vida. Los Unzué, así, encarnaron como nadie el prestigio y el poder de esta clase social.

“La cúpula de este sector social pudo vivir a lo grande –refiere la autora de Los Estancieros-. Eran los Alvear, Anchorena, Pereyra, Duggan, Casares, Unzué, Pereda, Drysdale, Santamarina, Álzaga, Martínez de Hoz, Luro, Pacheco y otros más que, en los ‘años dorados’ del campo argentino, viajarían a Europa por largas temporadas en familia y con ‘la vaca atada’ (y que, en caso de necesidad, hipotecaron y hasta vendieron sus tierras para poder mantener esa vida rumbosa)”.

El poderío de los estancieros no sólo se reflejaba en sus campos, sus establecimientos agropecuarios o sus inversiones de todo tipo, sino sobre todo en la arquitectura, algo que era visible en las residencias urbanas que construyeron sobre todo en Buenos Aires.

Es conocido al respecto el Palacio Unzué, residencia de descanso de Mariano Unzué (hermano de Saturnino Enrique), que ocupaba casi tres manzanas de superficie arbolada, en pleno centro de Buenos Aires.

En 1910, durante la Exposición del Centenario, este edificio fue sede principal de la Exposición de Salud e Higiene, que mostró algunos adelantos técnicos de la época como el inodoro, nuevos sistemas cloacales e instrumental médico de vanguardia.

Pero el destino de esta clase social terrateniente giró sustancialmente a partir de la gran depresión global de 1930, que implicó el agotamiento del modelo agro-exportador argentino, episodio que puso en discusión la figura del estanciero.

Según Quesada, “uno de los consensos que naufragó en dicha crisis fue el de la contribución positiva de los productos agropecuarios al desarrollo nacional. Comenzó entonces un debate interno que culpó a la ganadería y al estanciero tradicional del atraso argentino”.

A medida que la renta del campo se volvió más escasa, los dueños tradicionales de la tierra perdieron poder, dejaron de constituir una oligarquía poderosa con capacidad para dirigir los destinos del país.

Por la crisis esta burguesía terrateniente no sólo fue puesta en el banquillo de la opinión pública (la imagen del estanciero quedó asociada desde entonces a la idea del atraso y el privilegio), sino que muchos de sus miembros, antes millonarios, perdieron sus fortunas, de tal forma que debieron en muchos casos rematar sus bienes y residencias.

Al respecto, en el caso de los Unzué ilustra esta pérdida de poder el hecho de que el Palacio ícono de la familia fue expropiado por el Estado Nacional por deudas fiscales impagas en 1937, destinándose esa residencia para uso de los presidentes.

A nivel local, en tanto, la familia también fue obligada a vender parte de la gran extensión de campos que poseían sobre el río Uruguay, en la zona de “El Potrero”.

Cuentan los historiadores que en la campaña electoral para la presidencia del año 1946, Juan Domingo Perón (quien había sido hasta octubre del ‘45 ministro de Trabajo y Previsión del gobierno de facto de Edelmiro J. Farrell) le pidió a Antonio Molinari, presidente del Consejo Agrario Nacional, que preparara una medida espectacular para movilizar al electorado de Entre Ríos.

Así, en febrero de ese año, en una gran concentración de agricultores en el Teatro Gualeguaychú, se anunció la expropiación de 25.000 hectáreas de campos ubicados en “El Potrero”, entre cuyos propietarios estaban Concepción Unzué de Casares y María Unzué de Alvear, hijas de Saturnino Enrique.

 

 

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