Redes sociales o el conventillo virtual

facebook-envy-230113-640x360En América del Sur el “conventillero” es aquel que alborota, intriga y chismorrea. ¿Acaso las redes sociales no se han convertido en el espacio donde tanta gente espía la vida ajena y se dedica a hablar mal del prójimo?

Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat, WhatsApp son las plataformas en las que las personas intercambian experiencias. Para quienes han nacido al abrigo de estas redes sociales, como los adolescentes, son su espacio de intercambio.

Las redes, es innegable, responden a las necesidades comunicativas de una generación. Visto en estos términos, se entiende su popularidad. Somos seres sociales, necesitamos del otro, deseamos sentirnos parte del grupo.

La socialización online, sin embargo, parece haber potenciado un fenómeno psicosocial antiquísimo, el chisme, toda vez que permite asomarse a la vida ajena, como quien quiere conocer lo que ocurre detrás de las paredes del vecino.

Un lugar, al mismo tiempo, ideal para hacer correr rumores, para hablar mal de otras personas desde el anonimato. Para de última “sacar el cuero”, como se suele decir en Argentina.

La Real Academia Española (RAE) define al ‘chisme’ en estos términos: “Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna”.

Es decir, se está ante un comentario que busca descalificar a las personas, haciendo que su fama o nombre, queden dañados ante los demás. Para tomar dimensión del daño hay considerar que el respeto público, para decirlo de alguna manera, es inherente a la condición humana.

“El hombre, como ser social, siempre está orientado al exterior. Logra la primera sensación básica de la vida a través de la percepción de lo que los demás piensen de él”, decía el filósofo Jean-Jacques Rousseau.

En este sentido las personas desean, como una inclinación natural, una opinión favorable de la sociedad en la que viven. La estima ajena funda el honor y el respeto público.

Ahora bien, hablar con desaprobación sobre alguien, por tanto, hace que esa imagen caiga en descrédito. Mover la “opinión pública” contra alguien, mediante el chisme, puede destruir su situación en la sociedad.

“¿Quién ha dicho eso?”, preguntan las personas siempre que le cuentan algún chisme destructivo sobre ellas, dispuestas a defenderse. Pero la murmuración es anónima y por tanto artera.

La vida “virtual” puede devenir en un verdadero conventillo en el que muchos disfrutan asomar la cabeza por encima de la medianera para criticar que hace o deja de hacer el vecino.

El chimes tiene doble cara. Están los chismosos activos, que son los que chismean, y los pasivos, que son los que se gratifican consumiendo la miseria ajena. Las dos formas viven e interactúan conjuntamente: no hay narrador de chismes si no hay quienes los escuchen.

Las personas son chismosas porque el hombre tiene un deseo irrenunciable de conocer. Queremos, efectivamente, averiguar qué ocurre detrás de las paredes del vecino, saber detalles de su vida privada. La “curiosidad nos mata”, decimos.

Las redes sociales, en este sentido, nos dan un pantallazo de la vida de los otros. Ya que es común que la gente postee o suba imágenes de sus experiencias cotidianas, espoleadas muchas veces por un fuerte narcisismo.

A veces estas exhibiciones en las redes despiertan un pecado, la envidia, es decir el deseo malsano por tener aquello que el otro posee, lo cual es fuente de frustración por parte de quien “espía”.

Comentarios

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.