El rol que cumple hoy el adulto mayor

La condición de adulto mayor o anciano plantea hoy diferentes dilemas asociados al hecho de que las relaciones sociales y las redes familiares en el siglo XXI son de distinta índole.

En principio hay que decir que este grupo etario ha estado creciendo en la pirámide de población, debido principalmente a la baja tasa de mortalidad por mejora en la calidad y en la esperanza de vida.

De ahí que se haya instalado un interés especial desde la política social y desde la academia por este sector de la población cuyos miembros enfrentan, como rasgo identitario, la pérdida de algunas capacidades, habilidades y oportunidades.

En términos generales existe la percepción de que las condiciones de vida para estas personas son especialmente difíciles, asociadas al hecho de la disminución de la vitalidad física, que les resta básicamente autonomía.

En esta etapa del ciclo vital, se presenta un declive de todas aquellas estructuras que se habían desarrollado en las etapas anteriores, con lo que se dan cambios a nivel físico, cognitivo, emocional y social.

Se sabe, por otro lado, que ser anciano no es lo mismo de acuerdo al país de que se trate. En Japón, por ejemplo, la vejez sigue siendo un símbolo de estatus. En contraste, en algunos países occidentales, el envejecimiento por lo general se considera indeseable.

En este último caso la ancianidad enfrenta una lógica cultural del “descarte”, que instala la idea de que los miembros de la tercera edad son “improductivos”, lo que conduce a actitudes de abandono.

Pero de lo que se trata es de descubrir y afirmar la insustituible contribución que el adulto mayor puede hacer a las próximas generaciones. Eso piensa, por ejemplo, María Dolores Dimier de Vicente, doctora de Humanidades y directora de la carrera de Orientación Familiar de la Universidad Austral.

Según la especialista, aunque es un hecho que las actuales familias distan del modelo predominante de la primera mitad del siglo XX, que eran más inclusivas con los abuelos, éstos últimos sin embargo siguen siendo pieza clave para mantener los vínculos de las distintas generaciones.

“El adulto mayor atesora un enorme potencial fecundo de valores incalculables para la vida de los demás, que puede transmitir en cada palabra impregnada de calor humano y de esperanza cuando siente que, lo vivido, ‘ha valido la pena’. Valores que permiten humanizar la sociedad distinguiendo la gratuidad frente a la competencia; el sosiego frente al apuro cotidiano”, reflexiona Dimier de Vicente.

A todo esto, el psiquiatra Enrique Orschanski, especialista en las nuevas infancias, resalta el hecho de que muchos abuelos son padres dos veces, en el sentido de que asumen la crianza de sus nietos.

Gracias a ellos, muchos niños reciben la contención afectiva necesaria para sus vidas al tiempo que son los abuelos los puntales de la tradición familiar.  “Cuando pregunto a cualquier persona: ¿qué recuerdo tenés de tus abuelos?, a la mayoría se le llenan los ojos de lágrimas. Con un abuelo es una fiesta. Y es una fiesta para los dos. Porque mientras los abuelos ganan vida, los chicos ganan identidad y pertenencia”, explicó Orschanski a este medio, durante una visita que hizo a la ciudad.

Son los abuelos, a través de su rol transmisor de tradiciones, los puntales de la identidad familiar. Al enfatizar este rol, el especialista reflexionó: “Necesitamos a alguien que cuente la historia familiar, porque los padres ya no hablan de eso”.

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