Rusia, un liderazgo con estilo zarista 

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Vladimir Putin continuará en el Kremlin hasta 2024, tras ser reelegido este domingo por más del 70% de los votos, en un país que ha sido siempre gobernado por una figura dominante.

Este ex expía de la KGB (policía soviética) parece haber convencido a sus compatriotas de que es indispensable e irremplazable, el argumento que dio poder en el pasado remoto a la monarquía de los zares y al comunista Josef Stalin.

Aunque tras la caída de la Unión Soviética en 1991 surgió formalmente una república, en Rusia rige una autocracia de facto, un régimen político que se ajusta a la idiosincracia de un pueblo afecto a liderazgos que concentran todo el poder en una mano.

¿Cómo pasó Putin de ser un agente de la KGB a ser el hombre más poderoso de Rusia, empeñado hoy en restablecer el antiguo poder de los zares? La pregunta tiene obsesionados a los politólogos occidentales.

El antiguo “delfin” de Boris Yeltsin (el primer mandatario ruso tras la caída de la Unión Soviética) se ha convertido así en la figura rusa dominante del siglo XXI, demostrando una voluntad política indomable.

Putin ha sido primer ministro (1999), presidente (2000-2004/2004-2008), otra vez premier (2008-2012), período en el que logró reformar la Constitución para extender de 4 a 6 años el mandato de los jefes de Estado y regresó a la presidencia en 2012.

Y en los comicios de este domingo acaba de ser reelegido por amplia mayoría para continuar en el poder 6 años más. Es el éxito, según los analistas, de un líder que se ha esforzado por crear la imagen de una “gran Rusia”, fomentando el nacionalismo y apoyándose en el poder militar y religioso.

Sus opositores le acusan de llevar adelante una “democracia controlada” consistente en el dominio de los medios de comunicación y en crear un “sustituto” de la sociedad civil, estableciendo grupos que ocupan todos los espacios públicos y políticos.

La idea, dicen los críticos, es generar la sensación de que se vive en un país democrático, con elecciones periódicas, aunque bajo un control estricto de la sociedad civil desde el Estado.

Sus simpatizantes le agradecen a Putin, por el contrario, el valor de la estabilidad social y política del país, y sobre todo por haberles devuelto el “orgullo nacional”, gracias a su política de anexión de antiguos territorios perdidos, como Crimea, y su desafío militar constante a Occidente.

Aunque Putin se muestra como un hombre fuerte que controla el aparato militar ruso, cuyo poder no ha parado de fortalecer, la clave de su popularidad residiría en su alianza con la Iglesia Ortodoxa Rusa, que es la autoridad moral del país.

La Rusia de Putin parece haber encontrado una ideología de reemplazo al antiguo credo marxista-leninista. Se trata de una fusión de ideas antiguas de Rusia: el nacionalismo, muchas veces con tinte anti-occidental, y las interpretaciones conservadores del cristianismo ortodoxo.

Esta fórmula ha venido a llenar el vacío ideológico  dejado por el colapso de la Unión Soviética dos décadas atrás.

Todo indica que el Kremlin ha recurrido a los elementos más conservadores de la sociedad rusa, que responden bien a la retórica nacionalista y que quieren ver en Putin a un defensor de la fe ortodoxa ante la amenaza liberal de la cultura Occidental.

El “putinismo”, así, sería la reencarnación del antiguo poder de los zares, aunque readaptado a las exigencias de un país que quiere ser una potencia dominante en el siglo XXI.

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