San José, modelo de varón

San José

A veces se nos muestran caricaturas borrosas y burlonas acerca del “varón tipo”. Sería, por ejemplo, el que gana dinero sin esfuerzo, que es capaz de “divertirse” con varias mujeres a un mismo tiempo sin implicarse afectivamente; el que anda en autos lujosos, se niega a compromisos familiares, y consigue llegar al éxito sin trabajar. Algunas historietas de Patoruzú lo presentaban así a Isidoro Cañones.

 

Jorge Eduardo Lozano*

 

La letra de un tango desnuda esa cáscara de alegría y frivolidad: “Yo sé que en las madrugadas, cuando las farras dejás, / sentís tu pecho oprimido / por un recuerdo querido / y te ponés a llorar” (Azucena Maizani). La soledad, el vacío existencial, la angustia, suelen ser la contracara oculta de vidas de plástico, superficiales y devotas de la apariencia.

Algunos estudiosos afirman que buena parte de la crisis sociocultural que atravesamos se debe a la ausencia del varón. Incluso algunas películas los muestran innecesarios para la resolución de conflictos, y que son capaces de entorpecer y arruinar las posibilidades de soluciones audaces. En el fondo, se reclama su rol de padre, ordenador de la vida familiar y social. ¡Cuántos papás se desentienden de sus hijos!

Este lunes 19 de marzo celebramos la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María y Padre adoptivo de Jesús.

En él reconocemos a un varón cabal, íntegro. Varias escenas evangélicas lo pintan de cuerpo entero. Dios le habla en sueños y José obedece. No tiene todas las evidencias en claro, pero se juega acompañado por la gracia de Dios. Confía en esas señales que Dios le muestra aún en forma borrosa, pero que en su corazón resuenan a modo de interpelación e impulso audaz.

Un hombre de su pueblo, valorando la historia, con una firme esperanza en el cumplimiento de las promesas de la Salvación. Conocedor y practicante de su religión, el Evangelio nos lo muestra como varón piadoso acompañando a María y al Niño Jesús a las celebraciones en el Templo. Tanto a los 40 días del nacimiento para presentar al Primogénito, como en la Peregrinación con muchas familias vecinas a Jerusalén cuando Jesús tenía siete años de edad.

Fue migrante en la huida a Egipto ante la persecución de Herodes que buscaba al Niño para matarlo. Y allí partió José cuidando a su familia. Le tocó vivir en un país extranjero, sin vecinos de su pueblo ni amigos, sin conocidos. La dura experiencia que hoy atraviesan tantas familias desplazadas por razones étnicas, religiosas o políticas. Los que buscan escapar del hambre o los desastres naturales.

Hombre trabajador en la carpintería para ganar el sustento familiar. Tanto es así que a Jesús lo conocían por el oficio de José: “el hijo del carpintero”.Es patrono de la Iglesia, porque confiamos en que así como cuidó a María y a Jesús, nos protege a todos nosotros.

Miremos a José y reconozcamos los varones en él un modelo a imitar. Miremos a José y pidamos que interceda por quienes sufren a causa de la paternidad. Por quienes tienen a sus hijos enfermos, presos, en la pobreza. Por quienes ven con dolor a sus hijos encadenados en el consumo de drogas, en el alcohol o el juego. Por quienes lloran la muerte temprana y absurda.

Miremos a José. El fin de semana que viene comenzamos la Semana Santa conmemorando con el Domingo de Ramos, la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén para dar su vida por amor a nosotros. Un día muy cercano a la fe de todos nosotros.

Coincide en esta oportunidad con el 25 de marzo, a nueve meses de la celebración de la Navidad. En muchos lugares se conmemora el “día del niño por nacer”. Por ese motivo, invitamos de manera especial a todas las mamás embarazadas a acercarse a las celebraciones para recibir la bendición para sí mismas y para la vida que va creciendo en su vientre.

 

Y en la línea del cuidado de la vida pequeña, el pasado viernes se conoció un documento elaborado por sacerdotes y religiosas que trabajan en villas de emergencia de la capital y el Gran Buenos Aires: “Con los pobres abrazamos la vida”. Les comparto este párrafo: “Como curas y religiosas desde la villa y barrios populares, nuestra experiencia de vecinos, fruto de una consagración, es la de haber aprendido de los villeros a amar y cuidar la vida. La cultura popular de estos barrios nos ha mostrado una manera real de optar por la vida. Muchas veces donde el Estado no llega, donde la sociedad mira para otro lado, la mujer sola o atravesada por la marginalidad encuentra en las redes de amor que se generan en nuestros barrios su ayuda y su esperanza, para ella y sus hijos”.

 

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*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

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