Entre el sano realismo y la falta de escrúpulos

¿Qué es ser pragmático? Esa cualidad está cargada de controversia, toda vez que puede significar tanto una virtud como algo despreciable, según la lectura que se haga.

El pragmatismo es el mal de los políticos, quienes desean estar en el poder sin que los principios y las ideologías importen. Eso dicen quienes ven con desagrado el término.

El sentido peyorativo de pragmático, en efecto, alude a la actitud o conducta sociopolítica que prescinde en cierta medida de los principios fundamentales y esto por razones de conveniencia.

Para determinados exégetas, es la postura que recomendó Nicolás Maquiavelo a los políticos: renunciar a los ideales morales si las circunstancias del poder así lo exigen.

“Un príncipe que quiera mantenerse como tal debe aprender a no ser necesariamente bueno, y usar esto o no según lo precise”, aconsejó el autor de “El Príncipe”.

Bajo esta perspectiva, el propósito de conquistar y mantenerse en el poder justifica cualquier medio, incluso ilícito como mentir, robar y matar. He ahí el abecé del maquiavelismo.

Muchos perciben este pragmatismo radicalizado como un signo de los tiempos. En Argentina, donde se ha hecho cultura la expresión “roban pero hacen”, se diría que los gobiernos han hecho honor a Maquiavelo.

“La política exige mancharse las manos”, teorizan en estas pampas aquellos que aceptan el ejercicio de una actividad que pide, llegado el caso, estar dispuesto a todo.

Así, aquel que pone reparos morales más vale que se dedique a otra cosa. La política no sería para los que, escrupulosos y observantes con la ley moral, no tienen las agallas para practicar los siete pecados capitales, si las necesidades del poder lo exigen.

Acaso esta acepción del pragmatismo sea la más popular, la que goza de mayor predicamento cultural. Ser pragmático, en este sentido, es casi una mala palabra, al menos para los que postulan la existencia de valores morales objetivos (del tipo “no robarás”, “no mentirás”, “no matarás”, etc.).

Sin embargo, habría un sentido benévolo para “pragmatismo”, incluso aplicado al mundo de la política. Esta acepción empalma con la etimología del vocablo que alude a la idea de “práctico”.

El gobernante que actúa con practicidad frente a la resolución de problemas y no se deja llevar por el dogmatismo o el fanatismo ideológico, actuaría así con sano pragmatismo.

Si la política, como creen algunos, es una opción entre dificultades, el mejor gobierno es aquel que toma la mejor decisión, en orden a resolver el problema planteado.

Aquí pragmatismo sería la propensión a adaptarse a las condiciones reales. Es la acepción que defiende el político español Felipe González, en su libro “El liderazgo en tiempos de crisis”.

Allí sostiene que el líder debe estar dotado de una capacidad singular (epistémica) para captar lo que el autor denomina “anomalía” de la coyuntura.

De lo que se trata es de sacar de esta situación una nueva utilidad, pero esto nunca al precio de renunciar a valores morales o a ideales. González se reconoce un político pragmático: aquél que tiene voluntad de llevar a la práctica un ideal; y, citando a Machado, “pone la vela (del barco) hacia donde sopla el aire”.

Ser pragmático, dice, es reconocer y admitir los límites del terreno en el cual se opera. “En política, lo que no es posible es falso”, llega a decir, aunque aclara que determinar lo posible siempre es discutible.

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