El silencio, una rareza en tiempos estridentes 

Silencio

Vivimos en la época de las muchedumbres y del ruido, y de las interferencias mediáticas. El clima civilizatorio hace cada vez más difícil el acceso al silencio, devenido en una rareza.

Para calibrar la importancia del silencio como fenómeno sociocultural baste decir que a partir de él se pueden definir los rasgos de una civilización. En efecto, si Oriente místico hace del silencio su sustancia, el atareado Occidente técnico lo desprecia.

La modernidad occidental, en su alarde de transformación del mundo, ha sacralizado al hombre de acción. Oriente, en cambio, enfocado en la vida interior, aún reivindica el recogimiento y la contemplación silenciosa.

Si Occidente es la praxis, Oriente es la meditación. Pero como la condición humana está hecha de estos dos polos –el aspecto exterior y la vida interior- cabría decir que lo que tiene un mundo le falta al otro.

¿Acaso Occidente es una gran conjura contra el silencio? ¿La ciudad moderna está pensada y hecha para sofocar al hombre interior? ¿Esta época “problemática y febril” le ha declarado la guerra a la contemplación, a todo gesto que implique un recogimiento?

El filósofo danés Soren Kierkegaard, quien escribió páginas esenciales sobre el tópico, dijo en 1846: “Sólo una persona que sabe cómo permanecer esencialmente en silencio sabe hablar, y actuar, esencialmente. El silencio es la esencia de la vida interior”.

Una tradición de pensadores nos ha advertido que así como el ruido nos llama sin cesar a la superficie de nosotros mismos, necesitamos del silencio para aproximarnos a lo más profundo de nuestro ser íntimo, y desde aquí para encontrarnos con los demás.

Por otra parte, aunque en el libro del Eclesiastés se dice que “hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar”, el silencio no dificulta el habla sino que la hace posible, al habilitar la pausa y la reflexión. Además, como reza el dicho, hay silencios que dicen más que mil palabras.

Se alerta, en tanto, sobre el empobrecimiento lingüístico de las nuevas generaciones y se diagnostica que es por falta de lectura. Ahora bien, ¿no es la lectura un acto solitario y silencioso?

El silencio está implicado en todo acto de recogimiento creador. Así el sabio que se concentra sobre un problema, el poeta o el músico presa de la inspiración, o los enamorados que se contemplan y se hacen confidencias, buscan todos ellos escapar del ruido y la agitación.

Pese al clima contrario al silencio, determinadas corrientes psicológicas lo ven como una fuerza poderosa para curar los desequilibrios psíquicos y espirituales que aquejan al hombre contemporáneo, absorbido por el ruido y las cosas externas.

Al respecto Antonio Blay Fontcuberta, precursor en España de la psicología transpersonal, dejó escrito: “La persona que desequilibra su vida porque no ‘silencia’ suficientemente sus niveles vital, afectivo y mental, sufre una creciente crispación, un creciente desgaste que puede llegar hasta al agotamiento nervioso”.

Y expresó: “La persona ha de poder ver en qué medida está ‘alimentando’ su capacidad activa con el silencio, pues ésta es la base de donde surge toda actividad; cuanto más profundo es el silencio, más potente, más consistente es la capacidad de acción. No basta con descansar el cuerpo si la emotividad y la mente siguen su inercia de girar, girar y girar. El cultivo del silencio aumenta nuestra fuerza moral, la claridad mental, esta paz profunda que nos invade y que nos hace saborear la existencia de un modo distinto”.

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