Soborno, un mal que no conoce fronteras

dineroLa constructora Odebrecht y su brazo petroquímico, Braskem, se declararon culpables de pagar millonarios sobornos en distintos países, entre ellos Argentina, para obtener contratos.

Esta declaración, ante la justicia de EE.UU., forma parte de un acuerdo de lenidad (confesión a cambio de reducción de castigo) en el que participan los gobiernos norteamericano, suizo y brasileño.

El acuerdo prevé el pago total de US$3.500 millones por parte de Odebrecht y Braskem para liberarse de las acusaciones judiciales en los tres países. Se trata de la multa más alta jamás pagada en el mundo en un acuerdo de este tipo.

Esta corruptela fue descubierta en la Operación Lava Jato, el grupo operativo de la Fiscalía brasileña que investiga desde hace más de dos años la megatrama de Petrobras, un escándalo que terminó con el gobierno de Dilma Rousseff.

“Odebrecht y Braskem emplearon una secreta, pero totalmente funcional, unidad de negocios de Odebrecht -un departamento de sobornos, por decirlo de alguna manera- que, sistemáticamente, pagó cientos de millones de dólares para corromper a funcionarios del Gobierno en países de los tres continentes”, afirmó Sung-Hee Suh, fiscal general asistente de la División Criminal del Departamento de Justica de EE.UU.

Según se desprende de la investigación judicial, Odebrecht tenía en América Latina una aceitada maquinaria de sobornos para lograr o mantener contratos de obra pública.

Desde 2001 hasta 2016, la empresa efectuó u ordenó pagos por alrededor de 439 millones de dólares en 11 países fuera de Brasil, 9 de ellos latinoamericanos.

Según la información, la firma pagó y generó sobornos por más de US$35 millones en Argentina entre 2007 y 2014. Aquí la Justicia investiga a la firma por sobornos a funcionarios argentinos, entre ellos a Julio de Vido, ministro de Planificación de la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner.

El soborno es una forma específica pero común de corrupción, que tiene alcance global. Implica el uso inapropiado del servicio público para obtener beneficios materiales.

En cierto sentido, el soborno es un intercambio entre dos actores. Un actor, el sobornador, ofrece incentivos o recompensas ilegales, como dinero, para manipular la decisión o el juicio de un empleado público a favor de su propio interés.

El funcionario, a cambio, actúa en concordancia con la petición del sobornador, que le proporciona el beneficio. Se diría que hay siempre un “ida y vuelta” entre lo público y lo privado, para maniobras non sanctas.

Esto demuestra que si bien quien se beneficia pecuniariamente con un soborno es el funcionario público, no es menos cierto que quien lo paga obtiene una ganancia que supera ese desembolso.

Cuando este modo de corrupción está muy extendido en un país se puede hablar de que el mal es sistémico. La escritora norteamericana Ayn Rand dice al respecto que la corrupción es un signo de que una sociedad está incurablemente degradada:

“Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y  por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada”.

 

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