Tacañería, patología del que ahorra dinero 

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La contrafigura del gastador, del consumidor compulsivo, es la del que ahorra hasta convertirse en un tacaño, es decir alguien que encuentra placer en la acumulación misma.

¿Acaso es repudiable la decisión de no gastar en exceso? Trabajar y ahorrar son valores bien vistos en la sociedad. Los economistas sostienen, de hecho, que la salud de una economía se mide por su tasa de ahorro, necesaria para acometer inversiones.

¿Cuándo estamos ante un tacaño y cuándo ante un ahorrador? ¿Cómo saber si el hecho de no gastar es fruto de una sana decisión o linda con lo maniático? ¿Dónde está la frontera que separa una conducta de la otra?

La diferencia reside en que mientras la persona que ahorra lo hace con un fin específico (cambiar el auto, irse de vacaciones, comprar una casa, dejarles un capital a los hijos), el avaro no suele tener un objetivo que justifique las privaciones a las que se somete.

En el diccionario la palabra tacaño tiene estos sinónimos: avaro, mezquino, cicatero, miserable, apretador, amarrete. En cuanto a los antónimos figuran: dadivoso, generoso, bondadoso, desprendido, pródigo.

Mientras en el avaro el acto de acumular constituye un fin en sí mismo, en aquel que ahorra es un medio para garantizarse otras cosas. La tacañería es una deformación exagerada del instinto de economía, es una patología del ahorro.

En la historia, desde siempre, quedan constancias de la existencia de este tipo humano, apegado a la riqueza, que recibe y no da, que acumula. La literatura también ha explotado mucho esta figura.

Es célebre al respecto cómo describe el británico Charles Dickens, en la novela “Un cuento de Navidad”, a ese hombre avaro y egoísta llamado Ebenezer Scrooge, quien finalmente se redime de su avaricia.

Scrooge, el tacaño, tiene un corazón, duro y frío. Tiene dinero y no lo gasta. ¿Es lo mismo el tacaño que el avaro? Aunque los dos están afectados por un deseo inmoderado de riqueza, uno (el tacaño) es deficiente en el dar, mientras que el otro (el avaro) es excesivo en el tomar.

Eso piensa el filósofo Aristóteles, quien en su libro Ética escribió: “Hay muchas clases de avaricias. Llamamos tacaño, cicatero o mezquino a todo el que se queda corto en dar”.

Y añade: “Otros avaros, por lo contrario, se distinguen por el exceso en recibir a manos llenas y tomar todo lo que pueden: por ejemplo, todos los que se entregan a especulaciones innobles, los rufianes y todos los hombres de esta clase, los usureros”.

Si la tacañería es una versión de la avaricia, cabe recordar que ésta es considera por la moral cristiana como uno de los pecados capitales.

La licenciada Adriana Guraieb, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), describe así al tacaño: “Se caracterizan por un sentimiento de dolor, de profundo sufrimiento a veces insoportable, ante la idea de gastar dinero, pues nunca les resulta suficiente lo que tienen”.

¿Los tacaños nacen o se hacen? “Considero –refiere- que estos patrones de comportamiento tienen su origen en la primera infancia, en donde les faltó afecto y se aferraron a los objetos, regalos, como lo único sobre lo que ellos pudieran controlar, manejar, dominar, y de ahí que es bastante complejo pretender que cambien porque está muy fijado el valor que le adjudican al dinero. Como dice el viejo refrán: ‘Viven pobres y mueren millonarios’”.

Según Guraieb, son sujetos que le otorgan más importancia al dinero que a cualquier vínculo afectivo. “De allí que sean personas con poca posibilidad de mantener una pareja, porque es muy frustrante vivir junto a quien solo le importa acumular dinero”, dice.

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