El último gran actor político del siglo XX

Fidel TAPAPocas personalidades pueden concentrar en sí, como Fidel Castro, el contenido de una época histórica. Más allá del juicio político y moral que se haga sobre él, está claro que el líder cubano fue figura central del siglo XX.

El padre de la Revolución Cubana murió el viernes a los 90 años. La noticia captura la atención mundial y seguramente será objeto de tratamiento periodístico durante un tiempo largo, en esta época de infinitos soportes de comunicación.

Figura esencialmente controversial, Castro seguirá siendo un maquiavélico dictador o grotesco déspota caribeño para una parte de la humanidad, en tanto que para otra será el líder redentor de los desposeídos o el azote del imperialismo yanqui.

¿Villano o héroe? Las dos caras de la moneda: mientras la militancia de izquierda, de Latinoamérica y el mundo, llora la partida del gran jefe revolucionario, otros que sufrieron su feroz persecución, los cubanos exiliados en Miami por caso, salieron a festejar a las calles.

Como sea no hay duda de que Castro fue el último sobreviviente de la Guerra Fría y un protagonista político clave del convulso siglo XX. Difícilmente se puedan entender, por otro lado, los últimos cincuenta años de la historia de América Latina.

La revolución cubana y su líder no pasaron para nada desapercibidos al punto que se puede hablar, sin faltar a la verdad, que ese proceso político y Castro marcaron un antes y un después.

Es imposible entender la geopolítica mundial de la segunda mitad del siglo XX sin pasar por la revolución cubana. Los efectos que ésta produjo en la región fueron de tal magnitud que la política latinoamericana se diría que bailó al ritmo de la salsa cubana.

En Argentina, el personaje está vinculado estrechamente a uno nativo, el Che Guevara, quien compartió con Castro, en aquellos años revolucionarios, la empresa de hacer parir al “hombre nuevo socialista”.

Además los unía a ambos un odio visceral hacia Estados Unidos, conceptuado como la quintaesencia de la maldad humana. El Che y Fidel devinieron, efectivamente, como los más enconados enemigos del país del norte.

El odio hacia los yanquis se convirtió en la religión de los cubanos y de todos los militantes de la izquierda latinoamericana. Si había un fenómeno de convergencia ideológica entre el amplio espectro de la “izquierda” era ése justamente, y todavía lo sigue siendo.

La ideología marxista era el telón de fondo intelectual que hermanó a Guevara y a Castro. La Revolución cubana era el “modelo” a seguir, el experimento a exportar al mundo, con un sentido mesiánico.

La guerrilla, la violencia armada, fue el instrumento elegido para llevar adelante la utopía. Los revolucionarios antiimperialistas, así, anunciaron un nuevo evangelio de liberación para este continente, atravesado por la injusticia y la desigualdad.

Para muchos analistas internacionales el cambio revolucionario terminó en 1989 con la caída de la Unión Soviética, antagonista mundial de Estados Unidos, que prohijó y apoyó las guerrillas guevaristas y castristas en el mundo y la región.

Ese hecho fatídico para la izquierda habría marcado el ocaso político de Fidel Castro, al punto que a partir de allí el régimen cubano se replegó sobre sí mismo, atormentado por contradicciones económicas.

La Cuba castrista, al cabo, se vio forzada a hacer su propia “perestroika” (apertura económica que marcó el fin de la Unión Soviética), y últimamente a restablecer las relaciones con Estados Unidos.

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