Una antigua fiesta donde todo se permite

Antonella Benítez, reina de O' Bahía 2018

Antonella Benítez, reina de O’ Bahía 2018

El Carnaval, que en Gualeguaychú y en otros lados ha adquirido la forma de un espectáculo comercial, es una fiesta que hunde sus raíces en épocas y culturas pretéritas.

La industria cultural contemporánea ha hecho de él un producto definitivamente desacralizado, vaciado de sentido mítico. Transformado en un artículo de consumo, se ha eclipsado así su carácter de celebración cuasi religiosa.

En efecto, los primeros rastros del carnaval se remontan a las antiguas Saturnales, las festividades romanas que se celebraban en honor del Dios Saturno, divinidad de la agricultura.

En ellas estaba permitido todo tipo de excesos y desmadres, en un ambiente donde se producía una relajación de todas las normas sociales.

Eran siete días de bulliciosas diversiones, banquetes e intercambio de regalos, en los cuales era común que las personas optaran por camuflarse bajo máscaras y otras ropas para preservar sus identidades.

Los griegos, por su lado, practicaban todo tipo de excesos en honor de Dioniso, que era hijo de del dios Zeus y una mortal, una divinidad vinculada a la fecundidad, la vendimia y la vegetación.

En las fiestas dionisíacas la gente recorría la polis en un carro con la imagen de Dioniso, y lo seguía, cantando, bailando y bebiendo, al tiempo que hacía sacrificios de animales.

Una característica saliente de la fiesta eran las orgías que celebraban de noche las mujeres, quienes en los bosques se entregaban a un desenfreno místico sostenido por la ingesta de alcohol o plantas alucinógenas.

Según los antropólogos, mediante el culto de Dioniso, que llegó a ser muy popular en Grecia, se pretendía volver a un estado incivilizado y salvaje para conseguir la liberación del individuo.

Estos ritos trasgredían las leyes sociales que aprisionan a los hombres. Se trataba de volver al estado animal, al inicio de la humanidad, como reacción frente a la polis ordenada de los hombres.

A raíz de la expansión del cristianismo estas fiestas paganas no fueron eliminadas (concesión a la demanda popular) sino reinterpretadas a la luz del dogma de la Iglesia y entonces pasaron a llamarse carnavales.

Se trató, en efecto, de una celebración previa a la Cuaresma que precedía a la Semana Santa, de suerte que eran los últimos días en los que se podía comer carne (de ahí la etimología de “carnaval”: quitar la carne) antes del ayuno y la abstinencia obligada durante los días en que se recuerda la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

La fiesta popular fue perdiendo su significado dentro del calendario litúrgico  de la Iglesia a medida que la sociedad occidental se secularizó, aunque pervivió como evento cuyo rasgo esencial es  el elemento dionisiaco de desborde y exceso.

Además la exaltación de la alegría, los delirios y el enmascaramiento tienen lugar dentro de una celebración festiva donde se suprimen las barreras sociales jerárquicas.

Como dice una canción de Joan Manuel Serrat: “Hoy el noble y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha”.

Hoy en muchos lugares el carnaval es un producto sofisticado del mercado, un espectáculo para las masas donde confluyen los intereses de la industria del turismo, la televisión y el propio Estado.

Bajo este formato comercial, el carnaval ha perdido el sentido mítico del pasado y se parece más a un artículo de consumo.

Como sea, sigue siendo una celebración a lo grande, en lo que casi todo está permitido y donde fluye, a modo de catarsis colectiva, el costado lúdico, festivo y salvaje del ser humano.

 

Comentarios

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.