Una noche inolvidable con Norita

No, no es eso. No sean malpensados. Hablaré de la noche del jueves,  del espectáculo que presentó Norita Salzmann en el Aguaý.o


 

Por Julio Majul

Especial para El Día

 

Empecemos por el principio: llego y hay un gran despiole para ubicarme, porque no había reservado (nunca reservo, bah) y casi no quedaban mesas ni sillas. Por poco no terminamos con Marcelo en el bar, lo cual hubiera sido horrible por cierto, pero finalmente Norita nos consiguió una mesa en la que Mary  y yo casi besábamos el micrófono de la cantante. Mejor comienzo, imposible.

Totalmente colmada la confitería del Aguaý, aparecieron los intérpretes, medio tarde por cierto (¡una hora!), tal como es horrible costumbre gualeguaychuense. Los espectáculos acá se rigen por otra hora, que no es la oficial nacional, como se sabe.

Aparecieron los intérpretes, decía: Mariana Suárez en voz y guitarra;  Manuel Fernández en trompeta;  Roberto Russell en saxo y flauta traversa; e Ignacio Álvarez en percusión. Aparecieron los intérpretes y se acabó todo: los murmullos, las quejas por la hora, todo. Los músicos nos hicieron sentir sus sentimientos, alegrarnos con sus alegrías, sufrir por sus pesares. Brillante banda, que ni nombre tiene, creo.  Un nivel de excelencia profesional digno de todo elogio.

Un espectáculo de boleros de tal calidad que nos transportaba a los momentos en que vivimos algunos de ellos, y a la vez destilaba hectolitros de musicalidad.

Veamos: Mariana Suárez, acompañándose muy bien con la guitarra criolla, mostrando sus conocimientos musicales a la vez que su voz, de extenso y modulado registro, capaz de sutilezas y de desgarros. Y una dicción francamente perfecta, sin dejarse tentar jamás por cambiarla buscando efectos sensibleros.

Y una cualidad insólita como docente: éramos sus alumnos ávidos mientras ella, entre tema y tema, nos explicaba detalles de la historia del bolero.

Ustedes no sabrán, y si lo sabían me amargaré mucho porque yo no, que el bolero nació como un género musical europeo, mezcla de la contradanza y el flamenco. Debo decir que no puedo imaginar esa mezcla, pero según Mariana, sonaba como el vuelo de un pájaro, y por eso el Bolero empezó siendo Volero, con Ve corta  (con Uve, para ser correctos). Y sonaría como una especie de vals. Luego de intermitentes viajes entre Europa y América, y dentro de América también, el bolero se hace Bolero con Be larga  (o con Be, para ser  correctos)  y su forma definitiva, dice Mariana, se la dan en Cuba, no en México. En México se populariza, pero la forma con la que más o menos lo conocemos hoy se define por el pueblo cubano,  tan musical, sabrosón morena. También nos dijo Mariana que a Sudamérica, el bolero demora en llegar por el auge del tango, desde la muerte de Gardel hasta los años 50. Y aquí debo corregirte, Mariana, porque Gardel no murió en el 40; la verdadera historia es que luego de la muerte de Gardel, en los 30, que desata una verdadera tangomanía en nuestra América sureña, surge la generación del 40, la impresionante generación tanguera del 40,  con Pichuco, Pugliese, Homero Manzi, Discepolín, Piana, Rivero… y el tango sigue reinando en nuestra América. Te lo digo para que sepas, nomás… De nada.  (cuando me pongo en repugnante y jetón, soy lo más).

Sigo: ¿sabían ustedes que el primer bolero registrado como tal se llamaba “Tristeza”?  (Ojalá me acuerde bien el nombre, porque si no, Mariana se vengará de lo anterior)  Bueno: Mariana no solamente nos lo enseñó, sino que lo cantó todo, y la verdad que –salvo lo francamente cursi de algunas partes-  es un bolero hecho y derecho.  O sea, que podemos decir que el primer bolero de la historia marcó el rumbo a los que vinieron después. Y Mariana cantó cuantos boleros quiso, que fueron muchos menos que los que hubiéramos querido todos los que colmamos la confitería, que literalmente no queríamos permitirles que se fueran y nos dejaran. Claro que todo termina, como canta Pepe Larralde, y también terminó el espectáculo, con una nueva versión  (lo tocaron dos veces en la noche) de  “Quizás, quizás, quizás”. 

De todos modos, los amantes del bolero nos hicimos una panzada, con varios de los inoxidables centroamericanos, dos de nuestro Chico Novarro,  y hasta curiosidades como un hermoso tema, cuyo nombre y autores no conocían ni Mariana ni sus músicos.

Y hablando de los músicos… ¡qué  banda! Los arreglos originales de ellos, con estilo propio, pero a la vez adaptado a cada tema que interpretaban. Se sabe lo difícil que es llegar al unísono en instrumentos de viento, aunque los que brindaron Manuel Fernández, con su trompeta asordinada, y Roberto Russell con el saxo, fueron maravillosos y logrados a la perfección. Cuando Fernández tocaba sin sordina, desplegaba una polenta con su trompeta, que estremecía; y asordinada, cuando hacía solos, repetía su calidad. Y Russell, que tenía algún problema técnico con su flauta traversa, no lo demostraba en sus pasajes solistas, donde realmente se lucía.  Un marco perfecto que dejaba claro que en su rol de  “4-40”, digamos,  se acomodaban maravillosamente.

Se sabe que Russell maneja el saxo como si hubiera nacido con uno en los brazos, pero ¡hay que rendir examen con un instrumento tan difícil! El lo rinde, y lo aprueba con distinguido.

Escuchar a semejantes instrumentistas fue un verdadero placer, un remanso en la noche, una tregua en la vida.

Y no, no crean que me olvido de Ignacio Álvarez. Lo dejo para el final, porque dio una verdadera lección de cómo sostener el ritmo de todos los temas, adecuarse a la guitarra que también llevaba el ritmo,  no entrometerse con los vientos, dejar que éstos se luzcan sin competencia alguna. Su manejo de las tumbadoras, en especial, maravilla. No se sabe qué se pone en las manos, además de la calentura de seguir el ritmo, inventando a cada rato variaciones dentro de la misma tesitura. 

Lamentablemente, este grupo, como casi todos los que invita Nora, difícilmente vuelva a este Gualeguaychú, nuestro y suyo, porque  todos (o casi todos, porque Nacho Álvarez, con esa pinta de negrito vago con mechas rastas, no creo que sea conciudadano nuestro, tan serios nosotros);  todos o casi, decía, digo, son de Gualeguaychú.

Motivo extra para alegrarnos y sentirnos felices de haber sido parte de esta historia que contaron Mariana, Roberto, Manuel y Nacho, y nosotros escuchamos con deleite.

 

 

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