Cómo es vivir en la época de la posverdad

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Sociedades que le dan más crédito al rumor que a la noticia, a las opiniones que a los hechos, que prefieren el relato emocional al frío dato, han aceptado vivir en la era de la “posverdad”.

Este último neologismo (“post-truth” en inglés) es la palabra internacional del año 2016, por la frecuencia en que ha sido citada, según el diccionario inglés Oxford. Y en realidad alude a una situación en la cual para los contemporáneos, en la era digital, la verdad es lo de menos.

Puede resultar paradójico que en la sociedad de la información, en un momento histórico donde la data abunda y circula democráticamente, la opinión pública ignore los hechos a favor de versiones que la gratifiquen.

“Si un hecho se parece a lo que tú piensas que es verdad, se hace difícil diferenciar lo que es cierto y lo que no”, se lee en el periódico ‘The Guardian’, al explicar el fenómeno que hoy es objeto de estudio de politólogos y cientistas sociales.

Una verdad sentida, pero que no se apoya en la realidad, respondería a la tendencia tan humana de darle crédito a versiones del mundo que van en línea con nuestros deseos o intereses.

“No es que las personas se traguen el cuento, como se suele decir, (…) es que desean que les engañen”, decía el teórico de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, al hablar de una sociedad moldeada por profesionales expertos en técnicas de persuasión.

Friedrich Nietzsche decía, por su lado, que necesitamos mentiras para vivir una vida confortable. La verdad es demasiado incómoda y peligrosa como para que la aceptemos sin sufrir. Para asimilarla se requeriría una buena disposición de coraje y autenticidad.

En el prólogo de “Ecce Homo”, el filósofo alemán se pregunta: “¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu? El error no es ceguera, el error es cobardía”.

Al igual que ocurre con los individuos, que prefieren cerrarse en una interpretación complaciente de los hechos, también los grupos humanos son proclives a elegir la versión más conveniente.

De acuerdo a Oxford Dictionaries, el término ‘posverdad’ fue usado por primera vez en un ensayo de 1992 por el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich en “The Nation”.

“Nosotros, como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en algún mundo de posverdad”, dijo Tesich al escribir sobre los escándalos de la política norteamericana.

La posverdad, por tanto, puede ser una mentira asumida como verdad o una versión de la realidad que es más una creencia compartida por una sociedad que un conocimiento fundado en hechos.

En este sentido, algunos autores prefieren utilizar el adjetivo más modesto de “postfactual” para describir la situación. Es decir se toman como “verdaderos” relatos en lugar de hechos que efectivamente sucedieron.

El tema de la desaparición de los hechos y su reemplazo por las opiniones  se ve en la Argentina con respecto al caso de la muerte del fiscal Alberto Nisman. Parece que a nadie le importa, ni siquiera a la justicia, si fue un suicidio o un asesinato.

En la sociedad de la posverdad, en efecto, lo que importa es lo que a cada uno le parece, como si fuese una cuestión de fe, de suerte que unos y otros aceptan la hipótesis que más les conviene según su ideología.

La creencia o la superstición han reemplazado, así, a la verdad objetiva cuyo fundamento son los hechos, que no obstantes siguen existiendo en algún lado, aunque a la mayoría no le interese.

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