¿Alcanza con la educación para cambiar las cosas?

Mucha gente ve a la educación como una panacea, como la fórmula para la solución de todos los problemas, tanto individuales como colectivos.

Se repite que el país que tenga más cantidad de gente con deseo de aprender es el que tiene futuro y está en condiciones de alcanzar altos grados de desarrollo social.

“Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”. La frase del filósofo Immanuel Kant resume en pocas palabras la importancia antropológica de todo esfuerzo educativo.

Los teóricos sociales suelen ensayar distintas hipótesis explicativas para dar cuenta del “desarrollo social”, especie de estado de gracia al que llegarían aquellas sociedades donde la gente es próspera, sana y segura.

Cuando tratan de aislar la “causa eficiente” o establecer el principio por el que se produjo ese estado de bienestar colectivo, se alude a varios factores. Pero uno de ellos goza de gran predicamento: el factor educativo.

Así, son muchos los que piensan que lo que está detrás del éxito de algunos países, por ejemplo los enrolados en el “modelo social nórdico”, se debe al alto nivel educativo que tiene su población.

De igual manera, se postula que la causa que explica la corrupción, la pobreza y la mediocridad de muchas sociedades, algunas latinoamericanas por caso, se debe a la ausencia de educación.

De este diagnóstico de fondo se deduce que las sociedades “subdesarrolladas” deben atacar el problema educativo, invirtiendo grandes presupuestos en el área.

Aunque esta conjetura se ha instalado como verdad revelada (en Argentina cuenta con mucho consenso social y político), lo cierto es que algunos piensan que no hay demostración empírica que la sostenga.

Al respecto, se indica que la educación, en lugar de ser causa del desarrollo, es consecuencia de éste. Así algunos piensan que las sociedades, al igual que las personas, primero resuelven otras cosas que hacen a la supervivencia material, de seguridad y de carácter, antes de avanzar en logros intelectuales.

Los ejemplos más utilizados contra la hipótesis de que la educación es la causa de la felicidad colectiva se remiten a algunos experimentos históricos que condujeron a situaciones de inhumanidad, como es el caso del nazismo.

La Alemania de Adolfo Hitler, precisamente, era una de las sociedades más cultas de Europa de esa época. Allí florecían a la par el arte y la ciencia, con una economía pujante.

La ilustración de los alemanes superaba largamente el nivel educativo medio de cualquier europeo. Sin embargo eso no les impidió elegir a un gobernante déspota ni embarcarse en guerras de conquistas.

La Alemania hitleriana era muy culta y científicamente desarrollada, pero también una sociedad que cometió excesos sanguinarios con otros pueblos, al tiempo que políticamente se enajenó detrás del proyecto cruel de un líder demente.

Quienes creen que la educación es la causa eficiente del desarrollo humano responden a esta aporía nazi, diciendo que una cosa es entrenar el cerebro y muy otra es formar una persona

Alegan que la educación nazi sólo buscó la excelencia: produjo los mejores ingenieros y técnicos de Europa, quienes elaboraron armas mortíferas y  gestionaron los campos de concentración.

Pero esa educación se habría olvidado de la dimensión ética del obrar humano, es decir perdió de vista que no alcanza con producir mentes brillantes, si éstas están vaciadas de valores como el bien y la justicia.

 

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