Argentina, ¿acaso es un país de odiadores?

Para un argentino, ¿no hay nada peor que otro argentino? ¿No se explica la eterna discordia argentina –expresión de lo cual es la llamada “grieta”– por la propensión en estas pampas al odio?

Eso cree el periodista Nicolás Lucca, autor del libro “Te odio. Anatomía de la sociedad argentina”, para quien “el argentino primero odia, luego existe y por último piensa”.

La tesis de base del libro es que aquí a nadie  le importa la convivencia, pese a las retóricas en contrario, sino la hegemonía, entendida como imposición unilateral contra algún enemigo.

Según Lucca, vivimos en un estado de guerra permanente, en una sociedad estructurada para formar futuros odiadores. Y en su ensayo histórico y antropológico, rastrea los orígenes y la evolución de esta pasión tóxica.

Entrevistado por su trabajo, el escritor se refirió a la malsana costumbre del argentino de vivir constantemente atrapado en los antagonismos. “No nos importa ganar sino que el otro pierda. Sentimos más goce en el sufrimiento y la humillación del otro que en nuestros propios triunfos”, sentenció.

Lucca señaló que el mismo criterio es aplicable a la política de nuestro país ya que la historia está plagada “de dirigentes que se acabaron políticamente cuando murió su adversario”.

Según el autor, lo que une a los argentinos “es el odio y la victimización” debido a que “la culpa es siempre del otro; nosotros nunca somos responsables de nada y protestamos por todo”.

En ese sentido, el periodista hizo hincapié en la imposibilidad nacional de pedir perdón. “A duras penas le pedimos disculpas a la gente que queremos. ‘¿Cómo vas a pedir disculpas si tenes razón?’, suelen decir algunos. Yo tengo mi razón, que no sé si es la misma que la del otro. El lado B de esa moneda es que hay un montón de personas que se ofenden por cualquier cosa”, subrayó.

“Sentimiento profundo e intenso de repulsa hacia alguien que provoca el deseo de producirle un daño o de que le ocurra alguna desgracia”, así define el diccionario al odio, cuya contracara es el amor.

La política, que es la dimensión propia de las relaciones humanas, es en la Argentina una actividad esencialmente beligerante, se diría que su combustible es el odio.

Por eso en este país acordar, dialogar, pactar o negociar es visto como algo despreciable (se lee como una traición o una concesión al enemigo). Cabe postular que en toda sociedad existe la competencia.

En la política, como en el deporte, el aliento en la nuca del competidor nos presta el servicio de esa exigencia sin la cual nunca nos superaríamos. Pero una cosa es la rivalidad política o deportiva entre competidores que se exigen mutuamente en el marco de las reglas comunes que aceptan, y otra muy distinta es la enemistad que se nutre de la intolerancia.

En la competencia reconocemos que nuestro rival es necesario. En la enemistad, querríamos destruirlo, ponerlo de rodillas, eliminarlo o hacerlo desaparecer.

“Dime a quien odias y te diré quién eres”, es la fórmula que define el perfil del argentino medio desde el punto de vista ideológico y político.

“La grieta”, el término que hizo célebre el periodista Jorge Lanata para describir la fuerte confrontación entre kirchneristas y anti-kirchneristas (propia de esta época) en realidad sería una actualización de nuestra patología histórica como odiadores.

Sería en el fondo un hecho social,  un hecho cultural que define la his­toria política de los argentinos.

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