“Asistir a una persona que pueda trabajar es hacerla dependiente”

Pedro Opeka es un sacerdote argentino que desde hace 50 años vive en África. Sacó de la pobreza a más de medio millón de personas. Transformó uno de los basurales más grandes del mundo en una ciudad con 25.000 habitantes, 5 guarderías, 4 escuelas, un liceo para mayores y 4 bibliotecas. Para vivir allí solo es necesario trabajar, mandar los chicos a la escuela y respetar las normas básicas de convivencia.

 

Florencia Carbone

 

Sacó a más de medio millón de personas de la pobreza. Lo apodan “la Madre Teresa con pantalones”, “el albañil de Dios” o “el apóstol de la basura”, pero su nombre es Pedro Opeka.

Es un sacerdote argentino que hace 50 años se mudó a Madagascar -la isla más grande de África-, un país en el que uno de cada dos chicos presenta retraso en el crecimiento a causa de la malnutrición crónica, el 80% de sus 20 millones de habitantes vive con menos de un dólar por día y el promedio de vida llega, con dificultad, a los 60 años.

Cuando le preguntan por qué se fue al África, el sacerdote responde: “Porque en aquel momento, el 20 de agosto de 1.968, la Argentina tenía 3% de pobres. Había un llamado de mi congregación. El superior de San Vicente de Paúl había enviado una consulta a todo el mundo preguntando si había jóvenes que quisieran ir a la misión de Madagascar. San Vicente de Paul fue un misionero francés que creó nuestra congregación para ayudar y evangelizar a los pobres. El comenzó en 1.648 la misión de Madagascar. Los misioneros iban en barcos a vela que tardaban un año para llegar, si es que el barco no se hundía en el camino. Me dije: mis hermanos se encargarán de arreglar este 3% de pobres y excluidos en Argentina, y me fui para Madagascar”.

Opeka, hijo de inmigrantes eslovenos, tenía 18 años cuando marchó por primera vez a Madagascar.

Hace pocos días, durante una charla en la Cancillería argentina, revivió su historia y recorrió -con la sencillez que lo caracteriza- la obra gigante que lleva adelante desde hace medio siglo en el continente más pobre del mundo.

Durante algo más de una hora dialogó con Jesús María Silveyra, el periodista que lo conoció en 2003 y le propuso escribir un libro. Silveyra viajó a Madagascar en 2004, se quedó allí durante un mes, y en 2005 publicó el libro “Un viaje a la esperanza: salir de la pobreza con trabajo y dignidad”, que sintetiza la obra humanitaria del sacerdote argentino.

La charla congregó a cientos de personas en el Salón Libertador, y otras tantas siguieron con atención los relatos de Opeka desde el Auditorio Manuel Belgrano y la Plaza Seca de la Cancillería a través de pantallas gigantes que se instalaron para la ocasión.

Bastó que Silveyra le preguntara por qué había decidido ir al África para que el Padre Pedro comenzara un relato cronológico y pormenorizado de cómo se gestó la obra que le valió que varias veces lo hayan propuesto como candidato al Premio Nobel de la Paz.

“Leía el Evangelio y lo tomé en serio. La vida de Jesús me impactó: el amigo de los pobres, el que no tenía miedo de denunciar todas las injusticias. Me dije: quiero imitar a ese hombre. Era amigo de los pobres y vivía con los pobres. Me convenció Jesús por su humildad y por el amor que tenía por todos, sobre todo por los olvidados”, contó.

 

El llanto de la despedida

La aventura en aquellos años arrancó en el puerto.

“Salí en barco desde Retiro. Éramos 3.500 pasajeros. Cuando el barco se aleja del puerto se va despacio y tiene una bocina que te hace llorar, es triste. Primero dejé de ver a mis padres, a mis hermanas y amigos. Después tampoco vi más la Argentina, la perdí en el horizonte. Lloré. Estaba dejando al país que quería, que me había dado esa alegría de existir, de vivir, de compartir, al que me dio las ganas de trabajar por los demás. Ya tenía una pequeña experiencia con los mapuches en Junín de los Andes, cerca del Volcán Lanín, y un año más tarde me había ido a compartir una experiencia con los indios matacos en Formosa. Así consolidé mi vocación de sacerdote”, relató Pedro.

El desembarco en África fue movilizante. “Cuando llegué vi a un pueblo extraordinario, que le gusta vivir, existir. No tenían nada pero eran alegres. Tenían una increíble alegría de vivir y me la contagiaron, aunque yo también traía la alegría de la Argentina, la alegría de la hermandad, la amistad, del compartir. Mis hermanos de allá eran alegres, pero había cierta timidez, sobre todo frente a un blanco. Aunque luego fuimos venciendo los problemas”.

Uno de los grandes aliados en ese proceso para ganarse la confianza del pueblo y romper con las distancias culturales, fue el fútbol.

Opeka llegó por primera vez a un pueblo situado a 1.000 km de Antananarivo, la capital de Madagascar, en el sudeste de isla. “Llegué de noche y al otro día fui corriendo al pueblo a saludar a los niños, ¡pero los que salieron corriendo fueron ellos! –recuerda entre risas-. Cuando vieron a un blanco, de barba, empezaron a gritar y llorar y escaparon. Una voz me decía, por qué viniste solo, cómo les vas a decir quién sos y en qué idioma, si ellos hablan otra lengua y acá no te conoce nadie”.

El idioma nacional es el malgache, y la segunda lengua, el francés. En 1.960, Madagascar se independizó de Francia y se instituyó una república.

 

Aprender de los fracasos

“Mi primera salida fue un fracaso total. Pero es buen empezar con un fracaso porque es una cachetada que te dice: Hermano, no estás más en la Argentina, estás en otro país y tenés que aprender primero, ser humilde. Allí comprendí que hay que darle tiempo al tiempo y empecé a vivir una nueva experiencia desde cero. Acá a veces somos medio apurados”, relataba el Padre Pedro ante el silencio absoluto del público.

“Soy hijo de albañil. Mis padres tuvieron 8 hijos, soy el segundo, el primer varón. A los 9 años mi padre me dijo: Pedro vení a ayudar a tus hermanitos y me llevó a la obra. Lo primero que me decía es no robes nada, si lo hacés nos van a echar del trabajo y ¿de qué vamos a vivir? Mi padre era un obrero, pero ¡qué obrero! Nunca lo vi insultar a un patrón o a un compañero. Trabajaba y siempre me decía: Pedro, cuando hacés un trabajo hacelo bien y hasta el final. Y el me dio el ejemplo. Era un obrero de corazón y una persona honesta”, describió.

De su madre, recuerda que siempre les repetía: “Cuando un pobre toca la puerta hay que compartir, siempre, porque siempre hay gente más humilde que nosotros. Y nos enseñó a rezar aunque muchas veces lo discutíamos, le decíamos que estábamos cansados. Pero esa oración nos unió hasta hoy”.

En 1975, cuando se ordenó sacerdote, volvió a la misión en la que había estado en Madagascar. “Era un pueblo que no tenía nada, sólo ganas de vivir y darle a sus hijos un futuro mejor” y agregó algunos datos: “Había tanta pobreza, que cuando alguien caía enfermo tenía muy pocas posibilidades de curarse. Cuando llegué a Madagascar, la edad media de vida era 42 años. Hoy está alrededor de los 55, todavía es baja. Yo ahora tengo 70”.

El sacerdote admite que tras 15 años de vivir en aquella aldea se desmoronó. “Me viene abajo y dije me voy, ¿qué voy a hacer con ellos, compartir tristeza, desesperanza?”.

Cuando tenía todo listo para el retorno, lo convocaron los superiores de su comunidad porque estaban buscando un director para el seminario en Antananarivo. “Yo tenía otros planes, quería un año sabático, pero me recordaron que había hecho un voto de obediencia y entonces me pidieron que como servicio a la comunidad aceptara por cuatro años ese trabajo”.

El basural de los chicos

Apenas llegado a la capital de Madagascar, Opeka recuerda que pasaron por un basural gigante. De hecho, al lugar de alrededor de 20 hectáreas de extensión, cada día llegaban 700 toneladas de desechos que previamente habían sido revisados por los más pobres en los contendores de la ciudad.

Por las montañas de basura caminaban miles de chicos en busca de “algo” que se pueda vender o cambiar. Y los cálculos indicaban que alrededor de 800 familias vivían allí, y que cada una tenía en su registro entre dos y 6 niños muertos.

“Vi como un millar de chicos se peleaban por la basura. Me quedé sin palabras pero supe que había que hacer algo. Esa noche no pude dormir. Recé, le pedí a Dios que me ayudara a hacer algo. No tenía dinero. Volví al basurero. Hablé con los padres. Les dije vamos a hacer algo para que sus hijos salgan de este infierno y ahí comenzó un movimiento de solidaridad que nadie imaginaba y que pasó las fronteras de Madagascar. No podíamos defraudarlos. Ellos podían pensar: A este blanco en un par de meses no lo vemos más, pero hoy hace 29 años que estamos trabajando juntos”, contó.

El sacerdote fue y les comentó que era hijo de un albañil y que si querían hacer casas dignas para sus hijos los ayudaría, y ellos aceptaron. “Como ya éramos miles, les pedí que hiciéramos leyes internas. –y las hicieron-. Fueron 20 leyes a mano levantada. La primera: No robar. Porque un pobre piensa soy víctima, tengo que robar para poder sobrevivir”, explica.

Entonces, les dijo que era la hora de trabajar y empezaron a picar una montaña de granito con martillos. “Después fuimos consiguiendo herramientas más robustas. Esa fue una de nuestras canteras. Las mujeres iban sacando las piedras en sus cabezas. Ellos mismos escribían en las paredes: El trabajo hace la persona. Y una frase de San Pablo: El que no trabaja, que no coma. Comenzamos a cambiar la mentalidad porque cuando el pueblo te tiene confianza podés hacer todo. Los dólares no sirven en ese momento”, siguió relatando Opeka.

 

Ni el Banco Mundial ni el FMI, financiamiento divino

“Los dadores de fondos como el Banco Mundial y el FMI, me preguntan quién me banca para hacer todos estos pueblos, y les digo Dios. Ellos responden que Dios no tiene dinero, y entonces les explico que eso es cierto, pero que Dios nos envía gente de buen corazón, sensible, que quiere ayudar a sus hermanos, que quiere poner de pie a los vulnerables. Cuando la gente sabe que el dinero que da llega directamente al pobre, todos quieren participar.”

En 1990, el Padre Pedro fundó Akamasoa, “Los buenos amigos”, en idioma malgache.

Poco tiempo después de que comenzaron los trabajos, el sitio se transformó en una gran ciudad con 25.000 habitantes (el 60% son menores de 15 años), que hoy tiene 17 barrios, 5 guarderías, 4 escuelas, un liceo para mayores y 4 bibliotecas y para quedarse a vivir allí solo es necesario trabajar, mandar los chicos a la escuela y respetar las normas básicas de convivencia.

Durante la charla en la Cancillería, Opeka aprovechó para aclarar que nunca dijo que los planes sociales estén mal. “Cada país rico como la Argentina, cada país que se respeta, tiene sus planes sociales para ayudar a los casos límites, especiales. Cuando una madre tiene 5, 6, 7 hijos y se muere el marido, no puede ella sola educar esos hijos. Hay que ayudarla. Cuando hay gente discapacitada y ancianos que no pueden trabajar, el Estado debe estar allí para sostener esa sociedad. Pero también les dije a mi gente en Madagascar que no quiero asistirlos porque asistir a una persona que pueda trabajar es hacerla dependiente. Y esa persona nunca será una persona en serio porque dependerá de alguien que le dará ese dinero y órdenes. Cuando trabajás y lo ganaste con el sudor de tu frente, nadie te da órdenes, sos libre, soberano”.

“Quiero decirles que se puede vencer la pobreza. Nosotros lo hemos hecho trabajando junto a ellos, sufriendo y llorando junto a ellos, pero también alegrándonos juntos a ellos”, dijo. Como había ocurrido durante varios pasajes de su relato, la despedida fue con un aplauso cerrado.

 

La fórmula de Opeka: perdonar, olvidar y continuar

“Nadie es santo de repente. Para ser santo hay que esforzarse. Los pobres estaban acostumbrados a vivir como podían. Me engañaban, me llevaban de las narices y yo me enfurecía y me preguntaba por qué lo hacían. Me ponía nervioso, gritaba y me enojaba. Hasta que empecé a decirme: ¿Por qué hacés eso? Si querés seguir trabajando con ellos, calmate, perdoná, tratá de olvidar y continuá tu trabajo y esfuerzo. Así fue como creé para mí esa fórmula: perdonar, olvidar y continuar. No es fácil perdonar, tampoco olvidar, pero hay que hacerlo para poder continuar. Con el tiempo la gente se dio cuenta y empezó a decir: Perdoná Padre todas las veces que te mentí, que te afané, que te hice mal. Y uno lo abrazo, dice gracias hermano y sigue. No fui a buscar reconocimiento, me lo dan ahora, a los 70, porque saben que la vanidad está pasando un poco”, describe Pedro Opeka.

 

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