Bibliotecas Populares y La utopía de la ilustración

Hoy se conmemora el día de las Bibliotecas Populares, para resaltar el valor cultural y político de estas instituciones centenarias, que nacieron bajo inspiración del entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento.

Las bibliotecas populares surgieron en un momento histórico en que una generación de argentinos abrazó los ideales de la ilustración, y que llevó adelante la transformación educativa más vasta y profunda que conociera la Argentina.

Esos pequeños núcleos afines a la cultura del libro, motorizados por un voluntariado ciudadano activo, actuaron como agentes que acompañaron a la otra gran institución emergente de la época -la escuela- en su labor de democratizar el conocimiento.

En una sociedad de analfabetos -como lo era la del siglo XIX- las “populares” fueron un símbolo de modernidad y de acceso igualitario al saber, toda vez que los vecinos podían en esos ámbitos leer sin ser propietarios del libro, un objeto de lujo entonces.

Así, la cultura escrita en sus variadas formas -literaria y científica- se colocó al alcance de todos sin el requisito de la apropiación individual (y esta sigue siendo aún hoy la justificación de la existencia de estos espacios).

Piénsese que en 1870 y en los años subsiguientes se produjo la explosión inmigratoria. Millones de argentinos y extranjeros tomaron contacto con el saber universal y pudieron cumplir con la educación obligatoria, gracias en gran medida a las bibliotecas populares.

No es un dato menor que Gualeguaychú haya sido una ciudad pionera en el fomento de estas entidades. La creación de la “Educacionista Argentino” (1869), que luego adoptó el nombre de “Biblioteca Sarmiento”, es un hito trascendente en la historia cultural local.

Es la más antigua de Entre Ríos, una de las primeras del país y se adelantó un año a la Ley Sarmiento. A este notable antecedente histórico se suma otra excepcionalidad local: en esta ciudad, en 1900, se creó la primera biblioteca popular fundada por mujeres del país y que lleva el nombre de “Olegario Víctor Andrade”.

El emprendimiento surgió de la iniciativa de un grupo de trabajadoras de la cultura, encabezadas por Camila Nievas de Capdevila y Luisa Bugnone.  Entre los primeros donantes de libros figuró Osvaldo Magnasco.

El escritor, ilustre parlamentario y ministro de Educación durante la segunda presidencia de Julio Roca, fue uno de los que alentó esa obra y desde que se puso en marcha envió continuas remesas, que llegaron a totalizar más de 3.000 libros.

Tras la muerte del tribuno, ocurrida en 1920, se bautizó con su nombre al emprendimiento cultural que había nacido bajo la denominación “Por la Patria y el Hogar”, obra inspirada por Nievas y Bugnone (1898), de la que forma parte la biblioteca.

Además de las “Sarmiento” y “Olegario V. Andrade”, que se enrolan dentro del período fundacional de estas entidades, la ciudad sumó otras de este tipo: la “Francisco H. López Jordán” (1943), y la “Rodolfo García” (1996).

Aunque suene extraño la justificación de la existencia de las bibliotecas populares -expandir la lectura en la población- sigue tan vigente como entonces, ya que la sociedad argentina viene sufriendo un proceso de desculturización creciente.

Un dato lo dice todo: el 50% de los egresados de los establecimientos de enseñanza media del país no comprenden lo que leen. ¿Habría que recrear, acaso, la utopía de la ilustración, la de la alfabetización, aquella que abrazó la generación de la segunda mitad del siglo XIX?

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