Carnaval, la mítica fiesta donde cesa la prohibición

La fiesta de Carnaval es una continuidad de las antiguos Saturnales, los festejos en Roma en honor al Dios Saturno, en los cuales se producía una relajación de las normas sociales.

 

Eran siete días en los que estaba permitido todo tipo de excesos y desmadres, por lo que algunos romanos optaban por camuflarse bajo máscaras y otras ropas para preservar sus identidades.

Durante esta celebración a Saturno, dios de la agricultura, los esclavos eran frecuentemente liberados de sus obligaciones y sus papeles, en algunos casos, cambiados con los de sus dueños.

A partir del siglo IV, al convertirse el cristianismo en la religión oficial del  Imperio Romano, las saturnales dejaron  de ser una fiesta pagana para convertirse en una celebración previa a la Cuaresma que precedía a la Semana Santa.

Eran los últimos días en los que se podía comer carne (de ahí la etimología de ‘carnaval’: quitar la carne) antes del ayuno y abstinencia obligados durante los cuarenta días que llevaban hasta la celebración religiosa.

Durante la Edad Media el carnaval tuvo su momento de eclosión en Venecia, la ciudad italiana que fue centro social, cultural y artístico de Europa y donde la aristocracia de la época acudía con asiduidad.

El hecho de que usando máscaras y disfraces pudieran mezclarse con la gente llana del pueblo, camuflándose entre ella como uno más, sin ser reconocidos, es lo que dio un empuje definitivo al carnavale, fiesta que se exportó rápidamente hacia un gran número de poblaciones de todo el continente.

El gran escritor y pensador alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) recupera el sentido popular de esta fiesta al señalar: “Aquel que participa en el carnaval, el pueblo, es el amo absoluto y alegre de la tierra inundada de claridad, porque sólo conoce a la muerte en espera de un nuevo nacimiento, porque conoce la alegre imagen del devenir y del tiempo”.

El concepto de que durante el carnaval desaparecen las clases sociales y todos se igualan en el disfrute queda expresado en la canción “Fiesta”, grabada por  Joan Manuel Serrat en la década del ‘70: “Hoy el noble y el villano / el prohombre y el gusano / bailan y se dan la mano / sin importarles la facha”.

El tema del exceso o del desborde es intrínseco al carnaval: es característico de algunas de sus manifestaciones la ingesta de bebidas alcohólicas o drogas en forma abusiva, al igual que la lujuria, la liberación de los instintos.

Al respecto, Sigmund Freud, en “Tótem y tabú”, alude al éxtasis liberador que provocan estas expresiones humanas: “Una fiesta es un exceso permitido y hasta ordenado, una violación solemne de una prohibición. Pero el exceso no depende del alegre estado de ánimo de los hombres (…), sino que reposa en la naturaleza misma de la fiesta, y la alegría es producida por la libertad de realizar lo que en tiempos normales se halla rigurosamente prohibido”.

La fiesta de Carnaval ha sobrevivido hasta la actualidad, como manifestación del espíritu lúdico y festivo de las celebraciones populares más antiguas y que han desaparecido.

Sin embargo ha ido evolucionando en los últimos años. En muchos casos la industria cultural ha hecho de él un producto definitivamente desacralizado, vaciado de sentido mítico.

El carnaval se ha transformado así en un artículo de consumo, en el que el espectador no es ya participante sino que queda relegado a la condición de observador pasivo, en el contexto de la era de la cultura visual.

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