El control de la opinión pública

Como la base real de cualquier régimen político se asienta en el apoyo de los gobernados, la madre de todas las batallas se da en el escenario de la opinión pública, cuyos favores se buscan.


En el siglo XVIII, el pensador inglés David Hume convirtió el tópico en una teoría de Estado. “El gobierno sólo se basa en la opinión”, dijo al comprender cabalmente que nada sostiene a los gobernantes excepto el poder concentrado de pareceres semejantes mantenidos por particulares.

En tanto, el creador del Contrato Social, Juan Jacobo Rousseau, afirmó algo parecido: “La opinión, reina del mundo, no está sometida al poder de los reyes; ellos mismos son sus primeros esclavos”.

Dentro del comunismo, fue el italiano Antonio Gramsci, considerado el Lenin de la revolución en Occidente, quien comprendió como ningún otro que la lucha por el poder es una lucha ideológica. 

Gramsci aconsejaba a los suyos no la toma violenta del aparato del Estado. En lugar de ello, proponía infiltrarse en las trincheras de la sociedad civil (escuela, medios, iglesias, etc.) en cuyo seno se forma la opinión pública.

Sobran en la historia los ejemplos, decía el italiano, donde quienes lograron adueñarse del Estado, sin por ello tener el “consenso” ideológico de la sociedad, debieron finalmente resignar su poder efímero.

Una de las fuentes principales de la opinión pública son los medios de comunicación. Los cuales, en una estrategia revolucionaria en clave gramsciana, emergen como una de las trincheras a ocupar.

En este sentido, entre los comunicólogos ha sido una obsesión determinar el verdadero poder de los medios sobre los públicos. Una corriente de pensamiento sostiene que los medios son omnipotentes y todo poderosos.

La llamada “teoría hipodérmica” –así se la conoce- asegura que los medios “inyectan” sus mensajes en el público, el cual los recibe pasivamente y responde según pautas prefijadas.

Si, como dice Hume, “el gobierno sólo se basa en la opinión”, se comprende que quienes poseen la capacidad de condicionar a los públicos, como en este caso los medios, tienen a su vez un poder de presión inmenso sobre la esfera política.

Un profesor norteamericano, Herber Schiller (1919-2000), especialista en comunicación y cultura, ha esbozado esta inquietante teoría: “Las guerras venideras las ganarán quienes controlen los medios de comunicación, y cuenten con el apoyo de las grandes empresas, las multinacionales con capacidad para derrocar y poner gobiernos”.

En la Argentina muchos sindican al grupo multimedios perteneciente al diario Clarín con esta capacidad. Se menciona que si en el país se impuso la “pesificación asimétrica” fue gracias su constante campaña a favor.

Así, el grupo Clarín habría superado, gracias a esa medida, una crítica situación financiera, ya que estaba peligrosamente endeudado en dólares. El gobierno de los Kirchner, que hasta no hace poco contaba con el apoyo explicito de Clarín, hoy parece haber roto relaciones con él.

Al margen de este incidente, muchos creen que hoy sería muy problemático para un candidato a cualquier función pública importante en la Argentina lograr el triunfo si no cuenta con el apoyo de algunos de estos multimedios.

Frente a esta influencia, en la otra vereda, están los que proponen un control de los medios por parte del Estado. En el fondo se trata de suplantar un monopolio por otro.

La intentona recuerda el argumento de “1984”, la novela del británico George Orwell, escrita en 1948. En ella imagina un régimen político, mezcla de nazismo y estalinismo, que utiliza los medios de comunicación para dominar a la sociedad.

La protesta al límite




Cada día que pasa se confirma la presunción de que la paz social está alterada en la Argentina, como han dicho los obispos. En este clima las protestas de los distintos sectores tensan aún más la situación.o






El interior del país, a raíz del largo conflicto agropecuario, está en virtual estado de sublevación. Concatenada con la protesta de los chacareros, ahora se ha sumado la de los empleados públicos.

La asonada municipal que vivió ayer Gualeguaychú es expresión de un estado de crispación que se ha apoderado de los espíritus. La movida de los empleados frente a la municipalidad tiene incluso escaso antecedente.

Hacía tiempo que no se escuchaban palabras tan duras de dirigentes sindicales ante un público tan nutrido y bullicioso. Aparentemente, Gualeguaychú se ha convertido así en epicentro del reclamo salarial de los municipales de toda la provincia.

El forcejeo local por una recomposición del salario del sector, en el marco de un conflicto que viene de lejos, tiene eco en Entre Ríos, donde otros municipios están atravesados por idéntica protesta.

Ni hablar de la ebullición en varios sectores del Estado provincial, donde el reclamo docente parece no tener solución, mientras el resto de los empleados públicos amaga con acciones directas.

Casi no hay sector dentro de la administración provincial que no esté en pie de guerra. Todo se da en un marco delicado en el cual el dinero parece no alcanzar para satisfacer la demanda salarial.

Mientras los gobiernos se atajan diciendo que sus presupuestos flaquean, ante el derrumbe de sus recaudaciones, motorizado por la caída de la economía, los empleados claman por la merma en el poder adquisitivo del salario.

Más allá de las razones de unos y otros –seguramente válidas en un sentido- el problema que emerge es cómo encauzar esta conflictividad social dentro de un marco que no haga peligrar la convivencia común.

Porque la protesta al límite puede colocar al cuerpo social al borde del desquicio, introducirnos a un escenario del “todo vale” en el que es más lo que se pierde que lo que se consigue.

Los protagonistas de estos conflictos deberían comprender, antes que nada,  que no se puede tirar de la cuerda más allá de cierto punto. El límite lo fija la paz social, que es un bien mayor a cualquier otro.

La situación vuelve a desnudar la fragilidad de nuestro sistema de convivencia. Detrás de la puja de ingresos, concretamente, se observa la pérdida de la amistad social entre los argentinos.

Cuando se habla de “institucionalidad” –algo en apariencia tan etéreo como inasible- se remite justamente a esto: a las reglas de juego de la convivencia democrática.

En este sentido, no ayuda a crear un clima de institucionalidad –piedra de toque de las sociedades civilizadas- la violación sistemática del orden público, cometida tanto por los gobernantes como por los gobernados.

La Argentina, en muchos aspectos, vive en un estado pre-civilizatorio, donde las diferencias se resuelven mediante la fuerza, o tratando de imponer al otro la voluntad propia.

La autoridad formal, en todos los casos, debe dar ejemplo de respeto irrestricto a la ley, al marco jurídico. Debe tener autoridad moral si aspira a que sus ciudadanos le obedezcan y acepten las reglas de juego.

Cuando esto no ocurre, la a-nomia, el vivir por fuera de la norma, se convierte en una segunda naturaleza, como pasa en la Argentina. Nuestro problema no es económico, en suma, sino cultural.

De las crisis no se sale apelando a la ley de la selva, sino reconstituyendo la amistad social sobre bases éticas.

De espaldas al federalismo




La crisis del campo entrerriano, reflejo de la debacle productiva del interior, amenaza con la desaparición de miles de unidades agropecuarias, y por esta vía la acentuación del despoblamiento rural.o





Entre 5 y 6 mil explotaciones van camino a desaparecer, según advirtió la Mesa de Diálogo Político y Social por la República y el Trabajo, que reúne a expresiones políticas opositoras.

El nucleamiento recuerda que entre 1988 y 2002, de acuerdo a los censos nacionales agropecuarios, Entre Ríos perdió 5,596 de sus 27.197 explotaciones.

Es posible que la actual crisis –motivada por la sequía, la caída de los precios internacionales y la política del gobierno- obligue al retiro de la actividad a un número similar de productores, se advierte.

Así, la situación de provincias agropecuarias como Entre Ríos, en un esquema de unitarismo fiscal, tiende a agravarse. Hasta hace poco no capitalizaba la renta agraria que producía, en un contexto de bonanza.

La plusvalía provincial, como se sabe, fue a engrosar durante estos años la Caja del gobierno central. Ahora muchos de sus productores, lenta e inexorablemente, se están fundiendo porque el contexto de precios ha variado.

La dinámica agraria muestra claramente que las coyunturas del negocio podrán variar –a causa de las inclemencias del tiempo o un bajón internacional de los precios- pero lo que no varía es la matriz unitaria en la que se desenvuelve.

Ergo: hay un escamoteo deliberado de la riqueza provincial que condena a Entre Ríos a un cuadro de inviabilidad social y económica. Todo lo cual vuelve a ratificar que ha sido una política constante utilizar los Estados del interior como variables de ajuste en Argentina.

¿No debiera el poder central, en obsequio por estos años de apropiación de la renta agraria, aflojarle el torniquete fiscal a los productores entrerrianos, rebajándoles las retenciones, para que puedan seguir trabajando?.

No, el unitarismo es insaciable, tanto en épocas de bonanza como en períodos de depresión de precios. Hasta que esta dinámica de dominación unitaria no se la entienda ni se la combata, Entre Ríos no tendrá futuro.

Esta provincia, así como está, al hipotecar su base material, no podrá contener a sus familias en el territorio. Por alguna razón hay más entrerrianos afuera que adentro de los límites provinciales.

El unitarismo ha parido un país absurdo social y políticamente. No existe en el mundo algo siquiera comparable a la Argentina macrocefálica: Buenos Aires (incluida Capital Federal) concentra la mitad de la población total.

“Argentina continúa siendo un país mal unido y consolidó una suerte de ‘confederación de feudos’, más abocados a la tarea de conservar su poder que a la de consensuar fórmulas de cooperación que garanticen la integración y la equidad territorial para los habitantes” (Naciones Unidas, 2002).

Amontonar población carenciada en el conurbano bonaerense, para manipularla electoralmente, podrá servirle a una clase política desvergonzada, pero es la expresión del fracaso argentino.

Un partido bonaerense (como La Matanza) tiene igual población que Entre Ríos.  No sorprende, entonces, que los llamados “barones del conurbano” – especie de mafia territorial- le den “gobernabilidad” a la Argentina.

Nadie se atreve a encarar la enorme magnitud de este problema estructural ( que lleva implícitos otros problemas como la inseguridad). Porque no hay voluntad política para corregir una Argentina constituida en una cabeza gigante y un cuerpo raquítico.

La actitud ante este hecho por parte de la dirigencia es quizá el símbolo más perfecto de la hipocresía nacional.

¿El fin del Imperio?

Más allá de algunos pronósticos agoreros sobre el futuro de Estados Unidos, nadie discutía hasta acá la hegemonía mundial de ese país. Pero el tsunami financiero, con epicentro en Wall Street, la ha puesto en duda.o



La sorprendente China acaba de proponer una moneda de reserva mundial que pueda reemplazar al dólar. Se trata, en el fondo, de una propuesta revolucionaria que ataca el corazón del dominio norteamericano

Los analistas recuerdan, al respecto, que el poder de Gran Bretaña, sobre todo en el siglo XIX, se asentó en el predominio monetario. Y que esa hegemonía comenzó a menguar justo con el declive de la libra. 

¿Se avecina, entonces, el fin del Imperio norteamericano cuyo símbolo de poder es el dólar? La crisis mundial, que se originó justamente dentro de sus muros, ¿permite visualizar un viraje histórico semejante?

La historia de la humanidad ha reconocido varios imperios. Y en todos los casos se trata de dominios humanos tan frágiles como el propio hombre. Roma, por ejemplo, no sobrevivió a sus contradicciones.

Esto quiere decir que a-priori ningún poder en la tierra tiene garantida su permanencia, y es metafísicamente improbable que se eternice más allá en el tiempo.

Todas las potencias hegemónicas globales se incubaron en un sueño universal de redención humana. Y desde los tiempos de los puritanos, la creencia de que Estados Unidos tiene una misión peculiar de establecer un género de vida más nuevo y más elevado, se ha convertido en parte integrante del carácter norteamericano.

Los padres fundadores inocularon esta esperanza mesiánica, esta utopía humana. Refiriéndose a Estados Unidos, Thomas Jefferson, llegó a decir que es “una nación universal, que persigue ideas universalmente válidas”.

En tanto John Adams habló de “nuestra pura, virtuosa, república federativa de espíritu público… gobernará el globo e introducirá la perfección del hombre”. 

En esta perspectiva, no causa extrañeza el lenguaje de pastor evangélico con que Barack Obama habla a su país, hoy jaqueado por una crisis interna formidable. 

Las palabras del presidente norteamericano buscan mantener alta la autoestima de sus compatriotas, con alusiones a la misión universal de Estados Unidos en el mundo.

Ante la vulnerabilidad de la economía del país, y sobre todo ante quienes hoy ponen en duda el poderío norteamericano, e insinúan como China que el dólar ya fue, Obama ha salido a replicar.

El mandatario destacó la confianza internacional en el dólar y en Estados Unidos que, según dijo, posee “la economía más fuerte del mundo y con el sistema político más estable”.

“El dólar está extraordinariamente fuerte en este momento”, reiteró Obama, saliéndole al cruce de la propuesta china de otra moneda global. A decir verdad, algunos datos confirman el discurso del presidente norteamericano.

Aunque parezca extraño, la crisis desatada en Estados Unidos, hizo que los grandes inversores huyeran despavoridos de las acciones, bonos, bancos, cereales y otros activos, buscando refugio en los bonos del Tesoro de ese país y en el dólar.

En Argentina, por caso, país donde se ironizó sobre el “efecto jazz”, el que tiene capacidad de ahorro se pasa al dólar. Esta conducta, que se extiende al resto del mundo, contrasta con los pronósticos pesimistas sobre la supremacía de Estados Unidos y su moneda. 

Por otra parte, la propia China, al proponer el reemplazo del dólar como medio de pago internacional, parece ir contra sus propios intereses. Ocurre que el gigante asiático tiene el equivalente a 2 billones de dólares en reservas, y es hoy el mayor acreedor de Estados Unidos.

Voces de alerta desde la producción

El llamado “modelo de la producción” –del que se ufana la administración K- viene mostrando contradicciones internas insalvables, a partir del conflicto agrario. No deja de llamar la atención que un gobierno que se auto-proclama productivista esté enfrentado abiertamente con los productores del sector más dinámico de la economía argentina.o



Resulta llamativa la ruptura oficial nada menos que con el campo, en un país agropecuario como la Argentina. Perplejos, en el mundo no entienden el porqué de esta guerra gaucha.

Cuando la crisis internacional más grave en mucho tiempo está haciendo que los gobiernos cuiden sus sectores productivos, estableciendo alianzas estratégicas con ellos, aquí la administración los pelea.

El interior provincial, corazón productivo del país, asiste alarmado al recrudecimiento del conflicto. En Entre Ríos, donde la agroindustria pesa fuerte, los empresarios empiezan a tomar posición.

“El Reinado de la Sinrazón”, así titula un comunicado reciente la Unión Industrial de Entre Ríos (UIER), motivado por la vuelta de los productores a las rutas. El escrito, repartido a los medios, tiene párrafos que hacen reflexionar.

La UIER no disimula su respaldo al campo, aunque condena “toda reacción que profundice el enfrentamiento entre sectores y/o entre simples ciudadanos”.

Hay un mensaje crítico muy claro a la conducta de los poderes públicos. “Las responsabilidades van, indiscutiblemente, de arriba hacia abajo”, aseguran los industriales entrerrianos.

Unas líneas antes, se lamentan por “cómo se profundiza y acelera la división de la sociedad a través de la instalación del caos”, en el marco de una ruptura peligrosa del orden jurídico.

Advierten que si no se revierte este clima de beligerancia, se extenderán “odios, enfrentamientos y autodestrucción que luego llevará generaciones superar”.

A la vez la UIER manda un mensaje muy crítico a la administración. “Queremos hacer oír nuestra vez para solicitar un verdadero federalismo que permita a los gobiernos provinciales apoyar las fuerzas productivas de la región”.

Al Ejecutivo Nacional, en tanto, le recuerda que “tiene la responsabilidad y el deber de buscar el diálogo y el consenso” al tiempo que le advierte que “no puede ni debe asumir facultades legislativas invocando situaciones de necesidad y urgencia”.

Los empresarios piden más institucionalidad y tolerancia “para poder transitar esta terrible crisis nacional e internacional” y les piden a las otras instituciones que se pronuncien en esta hora.

“Deben salir de su silencio y, algunas de ellas, también de su obsecuencia”, refiere la UIER. En tanto, en otra parte del escrito, los industriales dedican un párrafo severo a los bancos.

Aseguran que las “altísimas y usurarias tasas de interés que aplica el sistema financiero” es otra forma de violencia que se agrega al clima de zozobra general. Piden, en este sentido, que el gobierno actúe frente a este “inequidad”.

“El sistema financiero vigente esclaviza y mata a todo intento de producción y/o reconversión productiva que propenda a la generación de empleo”, se indica en otra parte.

Más adelante, los industriales entrerrianos creen que resulta una “sinrazón” pelearse con el campo. “Ahora, más que nunca, el mundo puede postergar la compra de autos, casas, celulares y computadoras, pero lo que no puede postergar es la compra de alimentos”, dicen a propósito.

“Felizmente la Argentina tiene esta fenomenal fortaleza. La sinrazón no deja ver esta realidad. Debemos verla y potenciarla”, aseguran.

El Estado faccioso

Teóricamente el Estado es un medio para la gestión del bien común. Aunque entre nosotros, los argentinos, ha sido casi siempre el instrumento al servicio de grupos facciosos. Por eso lo “estatal” en la cultura argentina no remite a “interés general”. Está más bien identificado con el poder político, que históricamente está sospechado de regirse por fines distintos a los colectivos.o



La praxis cotidiana confirma esta idea del Estado subordinado al grupo político que lo controla. El uso discrecional de los recursos públicos –surgidos del pago de impuestos- es una práctica consuetudinaria.

Así, la facción que llega al aparato estatal se suele hacer de un instrumento de disciplinamiento social formidable. Porque puede utilizar el dinero de todos para financiar su proyecto de poder (para eso están los “superpoderes”).

Los casos en los cuales se usa lo estatal con fines proselitistas son tan variados como escandalosos. Ahora mismo se hace “keynesianismo electoral” de una manera bastante burda.

No sólo se reparten dineros públicos bajo formas diversas (el clientelismo involucra a pobres, empresarios, gobernadores e intendentes). Sino que se utilizan bienes públicos (como aviones) para hacer campaña electoral.

El gobierno, incluso, se anima a romper el juego democrático con el resto de las fuerzas políticas. Como le conviene adelantar elecciones, se lanza a modificar la ley Electoral, que él mismo sancionó años atrás.

Mientras se cometen este tipo de tropelías, desde el poder se habla de la necesidad de reivindicar al Estado –con el argumento que expresa el interés general- contra el privatismo de los ‘90.

No hay iniciativa gubernamental que no venga precedida del ensalzamiento estatal. En realidad, se trata de un corrimiento del discurso epocal.

Así, si en los ‘90 había que achicar el Estado, ahora hay que endiosarlo. Curiosamente, el elenco gobernante que hoy descubre las bondades de lo estatal participó en los ‘90 del aquelarre privatista.

Al margen de esta impostura dirigencial, la pregunta que uno se hace es ¿cuál Estado se debe reivindicar? ¿El que se justifica desde el bien común, o el instrumento espúreo de una facción política?

Por ejemplo, se nos habla de una nueva ley de Radiodifusión. El gobierno alega que pretende, mediante esta reforma, eliminar el monopolio de los multimedios.

La filosofía de fondo es ésta: se presenta al Estado como la salvaguardia de los derechos mayoritarios que no serían contemplados por los propietarios privados de los medios masivos.

Es decir, la mayor injerencia estatal en el sector sería garantía de “democratización” de las comunicaciones. Pero como hemos visto, a la luz de la experiencia histórica, lo “público” entre nosotros es un instrumento del poder de turno.

No sea que lo que se presenta como una aventura democratizadora, en el plano de los bienes simbólicos, termine en la emergencia de un monopolio todavía más opresor.

¿Nos querrán hacer optar, así, entre un modelo de gestión con base en el negocio multimediático, por otro modelo que, bajo la excusa de privilegiar el interés general, instaura el control político autocrático de la opinión pública?.

No sería la primera vez en la Argentina que un gobierno, montado sobre un discurso regulador y de distribución equitativa de la información, se quiere hacer del control político de los medios, para instalar el pensamiento único. 

Dicho lo cual, urge reivindicar al Estado garante de las libertades públicas, y del pluralismo ideológico, en el marco de una sociedad abierta, frente a la patología facciosa de lo estatal.

Migraciones inéditas

  Hasta hace poco la corriente migratoria se orientó del tercer mundo hacia el mundo desarrollado. Sin embargo, esa tendencia empezó a mostrar un sesgo inverso, a raíz de la crisis económica.o


La información da cuenta, por ejemplo, que algunos estadounidenses, acorralados por la malaria, huyen de su país y llegan a Buenos Aires. Se trata, a decir verdad, de algo sorprendente desde el punto de vista sociológico.

   La imagen que teníamos de la globalización era otra: el norte rico, convertido en polo de atracción poblacional. Estados Unidos y Europa, al menos hasta antes de la hecatombe financiera, eran sociedades “receptoras”.

   ¿Quién podría concebir que esas regiones se convertirían alguna vez en “expulsoras” de población? ¿En qué película de ficción se reproducía esa escena?.

   Como sea, una persona abandona su país por varias razones. En principio el sujeto que emigra percibe que va a estar bien en otro lugar, el cual se perfila como atractivo.

   Al respecto no es que de repente Argentina, a los ojos de los norteamericanos, se haya convertido en la meca de la prosperidad. Es decir, algo así como la región donde realizar el “sueño americano”.

  La clave de esta emigración impensada está en que aparece como un sitio barato donde quedarse por algún tiempo, al menos hasta que amaine el descalabro económico.

   Estos norteamericanos de clase media, que se estaban fundiendo en su país, hallaron el modo de gastar menos instalándose en Buenos Aires, donde alquilan departamentos y reinventan sus vidas.

   Algunos han vendido todo en Estados Unidos y con esos ahorros esperan vivir cómodos en la Argentina durante un largo tiempo (algunos logran bajar sus gastos diarios en un 70%), mientras evalúan los pasos a seguir. 

   En tanto, el caso de Kendra Carpenter, otra estadounidense que migró a Buenos Aires, es emblemático. Según confió, su negocio de consultoría por Internet le es más fácil aquí que en su país.

   “En vez de buscar clientes en EE.UU. puedo entrenar gente por Internet, organizar ‘webinars’, solicitar a una clientela de expatriados o, eventualmente, de argentinos, cuando mi español mejore”, reveló.

   Por otro lado, un empresario que planea mudarse a Buenos Aires en mayo, Brian Armstrong, en diálogo con Clarín, sostiene que “en Internet, se puede ganar en dólares o euros para gastar en pesos argentinos y beneficiarse con el cambio”.

   “Algunos lo llaman ‘geo-arbitrage’: muy atractivo para reducir gastos en plena recesión”, dijo Armstrong, al explicar las chances que se les abren a los empresarios del primer mundo en otras tierras.

   Según la información, la cantidad de estadounidenses que piden radicarse en Argentina no para de crecer. En la Dirección Nacional de Migraciones indican que los casos registrados durante 2008 (722) superan en un 12% a los de 2007, y son más del doble de los que hubo en 2005 (345).
   Aún no se sabe cuál será la profundidad de este tipo de desplazamiento desde el Norte hacia el Sur. En principio hay que decir que los seres humanos integramos una “especie migratoria”.

   Los  movimientos de las personas y de los pueblos han sido constantes desde la prehistoria. Lo sorprendente en este caso –lo que lo hace en un punto inconcebible- es que por razones económicas haya gente que migra del Imperio a la periferia.

  Sólo un acontecimiento de la envergadura de la crisis financiera, con epicentro justamente en Estados Unidos, puede torcer la tendencia de las migraciones en los últimos años.

   Lo cual demuestra que los procesos históricos no están escritos de antemano, no se rigen por ninguna lógica inexorable, y por tanto pueden deparar virajes impensados.

 

 

¿Se van si pierden?

‘Si perdemos, dejamos el gobierno”, dijo el ultra kirchnerista Emilio Pérsico y entonces quedó planteada la duda: ¿retórica electoral de ocasión o marca profunda de una mentalidad?.o



Tampoco pasaron desapercibidas, en esta línea, las declaraciones del diputado nacional kirchnerista Jorge Alvaro: “Si le va mal al Gobierno, mi opinión es que la Presidenta tiene que renunciar, tiene que haber elecciones y que se haga cargo del país la mayoría que habrá derrotado al oficialismo el 28 de junio”.

Las desmentidas oficiales posteriores que hubo a esta teoría, no pudieron doblegar la sospecha de que los dichos reproducían el pensamiento vivo del matrimonio presidencial.

Incluso recordó la existencia de una estrategia propia del juego de poder: instalar una idea peligrosa, a través de algún vocero, para luego salir a desautorizarla.

El resultado comunicacional buscado sería decir lo que el poder no se atreve a verbalizar, porque eso resultaría escandaloso. ¿Cómo se hace ahora para no darle crédito a este supuesto acto fallido?

Sin embargo, lo de Pérsico y Alvaro está en línea con la forma en que el oficialismo concibe el futuro acto comicial: una elección de medio término para renovar parte de las Cámaras ha devenido en un plebiscito de una gestión que viene desde mayo de 2003.

Es decir, el oficialismo preanuncia una crisis institucional si el resultado electoral no lo favorece. Porque en esa hipótesis interpretará no un llamado de atención a sus políticas, sino su desalojo abrupto del poder.

El gobierno, así, nos viene a decir que él no está dispuesto a seguir si pierde la mayoría en el Congreso. O tiene todo el poder, ganando las elecciones, o se va.

Estamos así en presencia de una lógica destituyente del sistema institucional, cuya esencia radica en la alternancia de las fuerzas políticas. En el fondo, esa lógica reproduce la totalitaria concepción del “Nosotros o el caos”.

En los regímenes republicanos, sin embargo, se contempla la alternativa de gobiernos sin mayorías parlamentarias. Aunque ese escenario le suponga al Ejecutivo el ejercicio del diálogo democrático.

Aunque ese escenario introduzca la práctica del consenso con otras fuerzas políticas, la articulación paciente de acuerdos en la diversidad de opiniones, la tolerancia con las opiniones disidentes.

También la posibilidad de que el gobierno tome nota del humor social y de la crítica, y tenga la capacidad de procesarla en una síntesis superadora para mejorar la gestión de la cosa pública

“Si perdemos, dejamos el gobierno”, es una afirmación que impugna la alternancia institucional, más allá de que suene, además, como un chantaje electoral. 

Convertir la elección de junio como una opción ante el abismo, delata la fragilidad del sistema político argentino, todavía colonizado por facciones que se creen iluminadas.

Revela que no hay un ánimo dispuesto a leer con sabiduría el mensaje de las urnas para cambiar, si hace falta, el estilo o la gestión ante una circunstancia política adversa.

No, el mensaje pareciera ser: si no me votan, rompo todo y me voy. Esta actitud revela el típico maniqueísmo setentista, que ve detrás del disenso el Eje del Mal.

Perder una elección, así, nunca es la aparición de otra idea en una sociedad abierta. Equivale, lisa y llanamente, al triunfo del enemigo o de las fuerzas oscuras del mal, que intrigan tras los bastidores.

Así, el revés electoral puede ser una ocasión para victimizarse. El fracaso en las urnas puede sublimarse como epopeya histórica. Porque, en esta lógica, serán los mejores quienes pierdan ante los malos.

Cambiar la mirada hacia la discapacidad

Casi siempre el secreto de los cambios no está en las grandes transformaciones externas, sino en el giro de la mirada. En ese punto preciso en que se ve lo que estaba oculto, tapado. La cultura occidental ha exaltado las revoluciones, es decir los cambios violentos de las estructuras sociales. Cayó en la ilusión arrogante de lo externo. Paralelamente, olvidó que los cambios profundos provienen de la interioridad.o


La riqueza de la condición humana, así, puede quedar amputada por la miopía. Por ejemplo, somos in-capaces de descubrir el mundo de las personas con capacidades diferentes.

Fijados en una mirada unilateral de las cosas, nos cuesta abrirnos a comprender que esas personas, que tienen alguna limitación física, no sólo tienen los mismos derechos que nosotros.

También tienen algo para decirnos, porque ellas portan una modalidad diversa de lo humano. Hoy, el Día Mundial del Síndrome de Down, ofrece una ocasión para revisar nuestra mirada sobre esta realidad.

Hay algo maravillosamente conmovedor en la historia de esos chicos que desean crecer y ser felices. Y que necesitan para ello de especiales cuidados de padres amorosos y de maestros solícitos.

En un mundo desalmado como el nuestro, tan egoísta y autosuficiente, cuya cultura exalta la voluntad de poderío, estas historias de vida se manifiestan, en un punto, contraculturales.

En ellas sobrepujan no sólo las ganas de vivir; también sobreabundan actos cotidianos de amor de padres e hijos, de maestros y alumnos, en un círculo de recíproca ayuda y entrega.

Hace poco, justamente, nos alegrábamos de la meta alcanzada por Lucía, la joven con síndrome de Down que culminó su secundario en la Escuela Normal O. V. Andrade. Y decíamos desde esta columna, que lo de Lucía era un orgullo para esta comunidad.

El hogar de los Recchia-Galetto nos ha enseñado a comprender el valor de la familia –como fuerza que expande el amor entre sus miembros- y ha entender que los cambios auténticos ocurren desde dentro y secretamente.

También nos abrió la mirada sobre la problemática global de la discapacidad. En especial sobre el hecho de que las personas con algún impedimento físico tienen otras habilidades y potencialidades.

Además, nos ha recordado el notable entramado social existente en Gualeguaychú a favor de estas personas. Al respecto, solemos tener una interpretación materialista del desarrollo comunitario.

Creemos que una ciudad progresa por las divisas que produce, el empleo que genera, o los edificios que construye. No nos damos cuenta que más importante que eso es la fuerza moral de sus vecinos.

En este sentido, los alumnos, padres, maestros y amigos que están involucrados, como una verdadera comunidad dentro de otra, en promover el crecimiento de las personas con discapacidad, constituye un “capital” invaluable.  

En este día tan especial en que en el mundo se busca concientizar sobre la problemática del Síndrome de Down, se impone por tanto revisar nuestra mirada sobre la discapacidad.

Está claro que hay que insistir en procurar la integración y la igualdad de oportunidades de las personas que padecen este mal físico.

Pero también ese giro en la mirada debe entrañar la actitud de quien quiere aprender del otro diferente. Debemos estar dispuestos a recibir una lección, como la que nos dio Lucía a todos nosotros. 

Acaso si pudiéramos abrirnos a la fuerza de vida o la sensibilidad peculiar de estas personas, llegaríamos a la conclusión de que los verdaderos “discapacitados” somos nosotros.

Seguridad, un debate politizado

No hay tema en la Argentina que no sea absorbido por la pasión política, sobre todo en un contexto preelectoral, en que se discute el poder. La seguridad ciudadana se ve salpicada por esta lógica.o


Se dirá que como los argentinos no hemos podido construir ninguna política de Estado en casi ningún tema crucial, resulta ilusorio esperar que ello sea posible en materia de seguridad y justicia.

Lo concreto es que todos los temas irresueltos –como el relativo al campo y a la ola delictiva- caen bajo la especulación política partidaria, de suerte que quienes piden soluciones entran dentro de la categoría de opositores al gobierno.

En este sentido, ninguna manifestación pública, sean marchas o declaraciones, puede sustraerse a una lectura facciosa, a un encasillamiento ideológico, a un esquema que polarice políticamente a los argentinos.

Los dichos de Susana Giménez, en los que se pide mano dura contra el delito, y que fuera apoyado luego por personajes del espectáculo del fuste de Marcelo Tinelli, encendieron la mecha de la polémica.

Al margen de las bondades de la propuesta en sí –endurecimiento de la política de seguridad- lo llamativo del episodio, y que da una medida del nivel de politización de la cuestión, es el retruque protagonizada por Hebe de Bonafini.

Del riñón ideológico del kirchnerismo puro, la titular de la Asociación Madres de Plaza de Mayo expuso en pocas palabras cómo se cataloga el problema desde el oficialismo.

Vale reproducir los dichos de Bonafini para dimensionar el encono que puede despertar en algún sector, en este caso el progresismo oficial, un problema social como la seguridad en el país.  

Coherente con su estilo confrontativo, la dirigente dijo que quienes piden más seguridad se enrolan dentro del partido de “todos los que quieren más milicos”, instalando así la idea de que son cuasi golpistas.

Contra la diva de la TV, que había hecho una alusión equívoca a los derechos humanos, Bonafini dijo: “Estas vedettes, que son más pu… que vedettes, que se atreven a hablar de derechos humanos cuando bailaron y se acostaron con los represores”.

Señaló que personajes como Susana Gimenez “en vez de cabeza tienen un maní” y agregó: “Lo único que tienen son tetas y no son de ellas”.

“Esta vedette decía: está bien que los maten, son terroristas. Y ahora dicen que hay que matar a todo el que mata. Y si Susana le hubiera acertado al amante ese que tenía con el cenicero y lo hubiera matado, ¿qué hacemos?”, se preguntó Bonafini.

Trascartón la titular de las Madres de Plaza de Mayo vinculó la inseguridad a la protesta agraria. “¿Cuál es la inseguridad con todos estos atorrantes del campo sueltos, cuál es nuestra seguridad cuando nos piden más seguridad?”.

También cargó contra la policía. “No se les exige hablar de todos los pibes que mata la policía todos los días”, denunció.

Bonafini reconoció que hay inseguridad. “Pero sólo con estos tipos sueltos (los del campo), con los que toman bancos, con los que quieren más plata, porque son los que apoyaron la dictadura”, aclaró.

Señaló que “ellos quieren más milicos para que ellos tengan cada vez más y nosotros cada vez menos. Hablemos con la gente porque sino ven sólo a los pelotu… como Sandro que piden la pena de muerte”.

“Cuando mataron a nuestros hijos todos siguieron ganando guita porque estaban con los milicos”, dijo por último Bonafini, al dar su original lectura del problema de la seguridad.

La virulencia de estos conceptos, da una medida de por qué ningún debate colectivo en la Argentina, como es el caso de la seguridad, pude superar la barrera de la pasión ideológica y la politización extrema.

El arte de la excusa

Aunque el orgullo de la raza humana siempre ha sido la razón –y nos gusta presentarnos como seres “racionales”- solemos utilizar esta maravillosa facultad  para engañarnos y engañar a los demás.o


Ya decía el filósofo francés Albert Camus que los humanos se pasan todo el tiempo intentando convencerse a sí mismos de que su vida no es absurda. Y uno de los artilugios para ello es encontrar excusas o justificaciones.

Los casos en la vida diaria abundan. Pensemos en aquel fumador que se enfrenta a la evidencia de que el tabaco produce cáncer. Tiene dos opciones: dejar de fumar o hacer una maniobra intelectual de distorsión.

La segunda salida, que es una negación o auto-persuasión para justificar su conducta fumadora, suele prevalecer. Consiste en razonamientos tranquilizadores del tipo: “Si Pedro o Juan fuman, los cigarrillos no pueden ser tan peligrosos”.

También puede razonar diciendo que conoce gente que ha hecho un culto de su cuerpo y sin embargo se ha muerto antes, por ejemplo en un accidente. O de que prefiere una vida corta y feliz con cigarrillos a una larga y desgraciada sin ellos.

De esta manera, nuestro fumador busca, desesperadamente, la manera de reducir el ruido o la “disonancia” que le provoca la evidencia de que el tabaco produce cáncer.

Según los psicólogos, este es un mecanismo de distorsión de la realidad al que suele acudir el yo como autodefensa, para cuidar la auto-imagen positiva. A través de él queremos encontrar explicaciones lógicas a nuestros actos.

Las personas solemos utilizarlo para tranquilizarnos ante el hecho de que hemos actuado por motivos que chocan con nuestras normas. Como aquel esposo que golpea a su mujer “argumentando” que ella necesita como compañero a un hombre fuerte y decidido.

En 1957, León Festinger –uno de los teóricos más importantes de la psicología social- propuso su teoría de la “disonancia cognitiva”, que predice y describe cómo las personas racionalizan la conducta.

La disonancia tiene lugar cuando una persona mantiene a la vez dos cogniciones (ideas, creencias, opiniones) que son incongruentes (como los ejemplos antes nombrados).

Festinger afirmaba que ese estado es tan desagradable que las personas se esfuerzan para reducir el conflicto de la manera más fácil posible. Es decir, cuando la autoestima de una persona peligra, éste elabora una argumentación que procura que esas cogniciones encajen de algún modo.

Hasta el ladrón más desfachatado –siguiendo con los ejemplos- actúa como un “animal racionalizador”. Su acción, en este sentido, puede convertirse en un acto de justicia. Robar un banco o a personas de clase acomodada, puede justificarse bajo el argumento de que le saca a quienes le roban a la sociedad.

Al igual que las personas, el poder suele utilizar el mecanismo racionalizador. Cuando el gobierno de George Bush decidió invadir Irak le dio a la sociedad norteamericana un argumento tranquilizador.

Como ningún país va a la guerra con impunidad psicológica –resulta intolerable para cualquier sociedad que se cree a sí misma razonable e inocente lanzar bombas sin más a otro- la propaganda en la Guerra del Golfo postuló que Saddam Hussein y los suyos representaban el “Eje del Mal”.

Se diría que el poder, aunque no tenga razón, siempre tiene argumentos. Las tendencias protectoras del ego político se ponen en marcha para distorsionar y justificarlo todo.

Se pueden, por ejemplo, violar las reglas de juego electorales disolviendo la disonancia constitucional que ello entraña, argumentando razones de gobernabilidad ante una crisis futura.

Preservar la gestión decente en la comuna




Los gobiernos de Gualeguaychú han trascendido por ser administraciones austeras y honestas. Es un valor compartido por la sociedad que los funcionarios deben, sí o sí, tener idoneidad ética.o





Esta comunidad tiene un raro privilegio: sus intendentes gozan del respeto público de sus vecinos. Y esto porque existe la percepción de que, más allá de sus falencias, han encarnado el valor de la decencia administrativa.

La cultura política de Gualeguaychú, amasada en la creencia de que los recursos públicos son sagrados, ha dado forma a las gestiones municipales, generando anti-cuerpos éticos.

Pero sabemos que, incluso más allá de las intenciones nobles de los responsables  comunales, el aparato estatal puede contener miembros que no asuman ese ideal cívico.

El llamado “escándalo de la Tesorería”, ocurrido años atrás, por el cual se descubrió el desvío de importante cantidad de dinero público, fue un golpe muy duro al prestigio de Gualeguaychú.

Un tsunami moral recorrió a esta comunidad, no acostumbrada a que ocurran estas cosas. Aunque el tema aún se está ventilando en la justicia, existe la creencia muy firme de que el intendente de entonces procedió como debía: él encabezó la denuncia.

Ojalá que cuando este caso se esclarezca, y de esta manera se castigue a el o los responsables y se exonere de toda sospecha a quienes no hayan cometido ningún delito, esta ciudad salga fortalecida.

Por estas horas, en tanto, el intendente Juan José Bahillo le ha pedido la renuncia a uno de sus funcionarios políticos. Esto está motivado por una investigación que ha abierto el gobierno de la Provincia por fondos relacionados con comedores comunitarios.

En concreto el funcionario en cuestión estaría vinculado a irregularidades en esta operatoria, y eso determinó su apartamiento de la administración municipal. Por cierto que todavía se está en etapa de investigación y la cuestión no se ha dilucidado.

El episodio no debe pasar desapercibido ni debe ser tratado con liviandad. Imaginamos el impacto que ha generado en la administración municipal, en especial en el propio intendente.

Pedirle la renuncia por una cuestión así a alguien en quien se había confiado para una tarea de gobierno, debe ser una situación ética embarazosa. Como sea, está en línea con lo que debe hacerse en estos casos.

Nosotros queremos volver a este punto: Gualeguaychú debe preservar la gestión decente en la cosa pública. Cuando decimos “preservar” es porque reconocemos que hay una sana tradición que perdura en el tiempo.

La ciudad debe sentirse orgullosa de este capital intangible amasado por ciudadanos que, circunstancialmente al frente del gobierno municipal, han hecho honor a la probidad cívica.

Los jefes comunales y sus funcionarios podrán ser más o menos eficaces en la administración, pero de ellos se piden buenas intenciones y honestidad en los procedimientos.

La comunidad local parece tener claro este concepto. Quizá porque ella sabe, como una creencia arraigada, que la moralización del Estado ha estado en la base del desarrollo de Gualeguaychú.

El día que decline la cultura doméstica del manejo decente de los dineros públicos, a favor de la laxitud ética en el gobierno y en el manejo de los fondos oficiales, se habrá perdido una batalla clave para el futuro de esta comunidad.

Las sociedades que se acostumbran a lo peor, que se familiarizan con la corrupción política y estatal, debilitan su espíritu cívico y por este camino están condenadas a la decadencia.

Cambios cotidianos que dispara la crisis

El tembladeral económico –que genera una sensación global de incerteza sobre el futuro- sofrena la apetencia por los bienes, al tiempo que revalúa las relaciones humanas. Hay síntomas de giros en los hábitos consumistas en los países centrales, dominada hasta ahora por una lógica de la abundancia, por una cultura del derroche.o


De golpe, el derrumbe de los mercados ha dejado al desnudo la precariedad de un estilo de vida fundado en la opulencia. El engranaje de la economía se ha detenido, y vivir ya no equivale a consumir.

Si el trabajo o la actividad febril por procurarse dinero, con el fin de obtener objetos, daban sentido hasta ahora a la existencia de tantos norteamericanos y europeos, la quiebra del bienestar trastorna todo.

Por la fuerza de las circunstancias, ya se detectan signos de agotamiento de la cultura del tener, piedra de toque de un sistema que cifraba todo en el goce material.

En este contexto hay un retorno a una vida más sencilla, que privilegia los vínculos con la familia y los amigos, que rescata otro costado de la vida por fuera de la lógica mercantil.

Se dirá que esta mudanza durará lo que dure la crisis. Que una vez que se encamine la economía, volverá con fuerza la obsesión por los objetos, reiniciando otro nuevo ciclo consumista.

Es probable que esto ocurra. Aunque hoy parece prematuro aventurar un retorno sin más a las cotas de bienestar anteriores. Hay razones para sospechar que la crisis que afecta al sistema económico global no es coyuntural sino sistémica.

¿Quién puede vaticinar cómo será el nuevo orden económico y social que emergerá tras la caída de los valores financieros? La historia de la humanidad, a decir verdad, suele tener virajes inesperados. 

Por lo pronto, las crisis globales suelen impactar en las vidas cotidianas. Y en Argentina, de acuerdo a algunos relevamientos, los argentinos parecen seguir la onda que se detecta en otros lugares del planeta.

El 55% elige disfrutar de la familia y sus amigos, cuando hace ocho años el 66% prefería el dinero. Esto dice un estudio de la consultora de investigaciones de mercado GFK Kleiman Signos.

Hay varias explicaciones al fenómeno. Algunos expertos dicen que ante el hecho de que se trabaja más, para mantener equis estilo de vida, se han reducido las horas de disfrute con la famila.

Además las nuevas tecnologías –computadoras, correo electrónico, celulares, mensajes de textos, reproductores portátiles multimedia- han llevado el trabajo a espacios antes reservados a la vida personal (como el hogar).

La hiperconectividad, por tanto, supone trabajar cada vez más horas, agregándole otra carga a la vida diaria. “Hay un nivel de cansancio físico y psíquico brutales y mucha gente sigue trabajando en las vacaciones”, sostiene el psicoanalista Sergio Rodríguez (diario Clarín).

Para otros especialistas, como la psicóloga Mónica Rosemberg y el médico Daniel López Rosetti, se está dando un cambio de valores: “Lo que las crisis económicas dejan como aprendizaje es que los bienes, el dinero y hasta el trabajo se pueden perder de la noche a la mañana; entonces la gente apuesta a lo que perdura: la familia, los hijos, los amigos, los afectos”.

Rosetti comentó: “Tengo pacientes que dicen: ‘Yo tenía acciones en el City que valían 50 pesos pero hoy valen uno. Para que el City desapareciera tenía que suceder una invasión extraterrestre’. Sin embargo cayó en crisis también. Por eso la gente hoy valora el diálogo, jugar a las cartas, compartir momentos de la vida antes que la carrera por poseer”.

El todo vale

La decisión de la administración Kirchner de adelantar las elecciones legislativas nacionales confirma una vez más que todo vale a la hora de mantenerse en el poder. En términos maquiavélicos, es decir en la lógica que concibe que nada está por encima de la voluntad de poder, ni la ley ni el andamiaje institucional, acaso se esté en presencia de una jugada magistral.o


Se trataría, en efecto, de una hábil maniobra dirigida a fortalecer las chances electorales del oficialismo, que al achicar los tiempos de la votación, mejoraría su performance en las urnas.

Los beneficios, en estos términos, serían a priori claros. Los analistas coinciden que así el gobierno evita que los comicios se realicen en un momento de mayor tensión social, que espanta votos, porque en octubre la crisis económica se hará sentir con crudeza.

Además, a medida que pasa el tiempo, la Caja se evapora al ritmo de la caída de la recaudación, con lo cual el gobierno se queda sin margen para repartir, sobre todo en el conurbano bonaerense, donde tendrá lugar la “madre de todas las batallas”.

Paralelamente se menciona que en octubre el gobierno deberá tomar decisiones anti-políticas, como retornar al FMI (porque no podrá afrontar los vencimientos de deuda) o una muy probable devaluación (que pulverizará otra vez los ingresos), y entonces urge adelantar los comicios.

Algunos especulan, en este sentido, que despejado el “obstáculo electoral” –como ha dicho la presidenta- el gobierno podrá “chavizarse”, tomando decisiones extremas, que en principio son refractarias a la idiosincrasia de los argentinos.

La jugada sería inteligente, además, porque descoloca a la oposición (que no termina de armarse y ya está divididas ante la iniciativa), al tiempo que se pone freno a la fuga que se estaba registrando en las filas kirchneristas.

Otra virtud del adelantamiento es que el gobierno elude el dilema que le plantea el campo. Ahora el foco de atención no serán las retenciones sino la puja electoral. También las otras demandas sociales, como la inseguridad, quedarán eclipsadas.

Probablemente haya otras ventajas de índole electoral. Pero la pregunta de fondo que hay que hacerse es cómo sale parada la Argentina, como país, ante esta inocultable manipulación institucional.

Lo cierto es que modificar los plazos electorales establecidos por ley –la elección nacional debe ser el último domingo de octubre de acuerdo al Código Electoral vigente- de acuerdo a conveniencias políticas partidarias, ratifica que la Argentina es un país que viola sistemáticamente las reglas de juegos institucionales.

Estamos en presencia, una vez más, de una lógica facciosa en la gestión institucional del país. El mensaje último lanzado por el oficialismo es que cualquier medida puede ser posible con tal de asegurar el triunfo electoral.

A decir verdad, esto de erigir la voluntad de poder por encima del derecho, no es nuevo en la Argentina. Hace 20 años, Raúl Alfonsín adelantó más de cinco meses las elecciones presidenciales de 1989, porque su equipo económico le informó que el plan económico tendría vida hasta entonces.

Es decir, ¿quién o qué fuerza política puede tirar la primera piedra en la Argentina?. La anomia institucional del país viene de lejos, y a la vista de los acontecimientos, parece un cáncer que lo carcome.

“¿Por qué adelantan tanto las elecciones? ¿Tienen miedo de perder? ¿Dónde está la calidad institucional?”. Estas palabras republicanas no fueron dichas por un dirigente opositor, sino por el mismísimo Néstor Kirchner hace unos días, apuntándole a Catamarca.

Como se ve, todo vale.

¿Cuál corrupción?

No parece causar ninguna conmoción en la opinión pública que el fiscal que ha estado investigando casos de corrupción en el gobierno haya renunciado denunciando la “impunidad casi absoluta” que reina en el Estado.o


Frustrado por el recorte de sus funciones, y hostigado por el poder político, Manuel Garrido acaba de abandonar la estratégica Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas (FIA). 

“Está claro que la corrupción –dice en su renuncia– es un fenómeno que se da en mayor o menos medida en todos los países pero lamentablemente el nuestro se destaca por la impunidad casi absoluta de ese fenómeno y la falta de decisión y seriedad para hacerle frente.”
La indiferencia social hacia esta renuncia habla mucho de un país que se ha familiarizado con la corrupción política. ¿Resignación acaso? Más que eso: moralizar al Estado nunca ha sido una bandera de la sociedad.

En Argentina -hay que decirlo- no se cree que los gobiernos tengan que ser decentes. De hecho entre nosotros mientras la economía marcha más o menos bien, a los gobiernos se les perdona todo.

En la época menemista, cuando afloró la prosperidad, los escándalos de corrupción en el Estado eran pintoresquismo. “Roban, pero hacen”, se justificaba cínicamente.

La izquierda entonces aparecía como el fiscal moral de la República, frente a la obscenidad de la derecha. Ahora que es gobierno, y ante los casos de corrupción K, el progresismo elabora su propia impostura ética.

“Roban, pero condenan”, parecen decir quienes están dispuestos a defender la política de “derechos humanos” de este gobierno al precio de tolerar su desdén ético por la cosa pública.

A principio del siglo XX, ya lo había visto el político francés Georges Clemenceau: “Argentina crece gracias a que sus políticos y gobernantes dejan de robar cuando duermen”.

Pero ha sido nuestro Jorge Luis Borges el más elocuente: “El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de veneración general y se llama viveza criolla”.

Esta viveza criolla, una suerte de vía libre a la impunidad, se lleva con orgullo.  Porque por alguna razón los argentinos parecen no necesitar de la honestidad para progresar.

Colonizados por un nacionalismo berreta, nos creemos maravillosos, un pueblo llamado a “un destino de grandeza” y “condenado al éxito”. Si hasta acá nos ha ido mal, creemos, es porque el mundo no nos quiere y conspira contra nosotros.

Es el modelo “maradoniano” de instalarse en el mundo. “Me cortaron las piernas”, dijo el ídolo del fútbol, cuando lo sacaron de un mundial, y la hinchada lo ovacionó.

Es decir, lo que le pasó no tenía nada que ver con algo que él había hecho (jugó dopado). No, todo fue producto de una conjura de la FIFA. En suma, somos maestros en eludir nuestros horribles y gravosos defectos éticos.

Como bien dice Marco Aguinis: “Nos cuesta reconocer que las trabas a nuestro progreso derivan, en primer lugar, de nosotros mismos. Que estamos afiebrados por vicios de profundo origen”.

Alguien ha dicho por ahí que las riquezas envilecen. Quizá sea el caso de la Argentina, cuyos habitantes hemos nacido bajo el mito de la prosperidad. Con el respaldo de nuestras riquezas naturales, nos creemos llamados a vivir bien, sin esfuerzo, en el facilismo, elogiando la trampa y por fuera de la ley.

¿A quién le conmueve, en este contexto ético, que un fiscal renuncie advirtiendo que en el Estado campea la “impunidad más absoluta”?

La usura hace sentir su peso

Los industriales, los productores agropecuarios, las PyMES, los particulares, se quejan con razón de la carestía del dinero en la Argentina. El dato es que la dictadura de la tasa de interés agobia a la sociedad.o


La macroeconomía del país revela que la usura –que según el diccionario es el “interés desmedido que se cobra por los préstamos”- está instalada con fuerza.

En principio algo no funciona bien cuando, de acuerdo con datos oficiales, el sector bancario es uno de los más rentables de la economía. Sus balances lucen holgados en momentos en que declina la rentabilidad en el sector productivo.

Además, el gobierno, que suele quejarse porque las tasas están altas, escamotea el hecho de que la deuda pública –que él y los gobiernos anteriores contribuyeron a agrandar- es un cáncer inocultable.

La presidente Cristina Kirchner practica un discurso clasista con el campo. Cada vez que puede, ante la demanda agraria, trata a los productores de ricos avarientos.

El campo hoy pide que le saquen las retenciones para seguir trabajando. Frente a esto, desde el poder político se le contesta que tienen que seguir pagando impuestos.

La pregunta es ¿adónde va el dinero que se cobra por las retenciones? ¿Tiene un rédito social, en términos distributivos, como se insinúa oficialmente? Ahí está el punto: lo que no se dice –sólo lo saben los especialistas- es que ese dinero se destina a pagar deuda.

El gobierno ha logrado instalar en la opinión pública que la Argentina no tiene problema de deuda. Sin embargo, el endeudamiento del país está en los mismos niveles que antes de la crisis de 2001.

Al respecto, hace poco el ex presidente Eduardo Duhalde, conocedor de este tema, ha sugerido repudiar la deuda externa argentina, aprovechando la crisis financiera global.

Más allá del oportunismo de esta declaración, lo que delata es el intolerable peso de la deuda pública para el país, hoy incapacitado de hacer frente a esa carga, a no ser al precio de la ruina de su aparato productivo.

Curioso sesgo de la política de “distribución de la riqueza”: la parte del león de la renta generada en la producción se la lleva el sector financiero.

¿Cuándo hay técnicamente usura? Cuando el capital dado en préstamo olvida que depende del resultado económico de los prestatarios, sean éstos países, empresas o particulares.

Es decir, cuando se exige una tasa sin importa cuál es la suerte de quien tomó el préstamo, sin considerar el contexto económico en el que opera. ¿Es lícito recibir un interés?.

Sí, pero en la medida en que el prestamista asuma los riesgos de la operación. Para que no haya usura, los intereses sólo pueden ser pagados de las ganancias. Es decir, es justo que el prestamista reciba una parte de los beneficios de la operación.

Pero cuando quien recibió el préstamo quebró o se fundió, no puede reclamar en abstracto por sus intereses, como si a él no le importase la evolución económica del negocio.

Es lógico, por tanto, que los productores agropecuarios, que se endeudaron para producir, ante la debacle en la rentabilidad de sus explotaciones, pidan a los bancos que asuman riesgos y rebajen los intereses.

¿Y qué decir de aquel asalariado que “tarjeteó” para comprar cosas, que al cabo por la carga de los interese termina pagando el doble, y que ve cómo se erosiona su salario por la inflación?

¿Qué decir del empresario pyme que, hoy en problemas, pide un préstamo y le cobran entre 21 y 23%?  ¿Qué decir del gobierno que no puede rebajar impuestos a sus productores quebrados con la excusa de que hay que mantener el superávit fiscal para pagar deuda?.

La protesta que marcó un punto de inflexión

Más allá del juicio de valor que se haga del conflicto agrario disparado por la Resolución 125 –que el campo recuerda hoy a la vera de las rutas- está claro que marcó un hito en la historia contemporánea argentina.o


Como en todas las cosas donde se juegan intereses humanos, un mismo acontecimiento bisagra divide aguas a la hora de juzgarlo. Para el gobierno K hoy es poco menos que un duelo.

Aunque no quiera reconocerlo, marzo de 2008 hirió severamente su proyecto político iniciado en 2003. “Nunca ningún gobierno perdió tanto poder en tan poco tiempo”.

Con esta frase se buscó simplificar el costo político por haber enfrentado, abiertamente, a los productores agropecuarios. Se comprobó que, al cabo, la táctica oficial fue contraproducente.

Más allá de su injerencia obvia en la economía –aunque hasta allí subestimada- el campo era un subsector sin peso específico en los asuntos públicos, que encima se mostraba socialmente disgregado.

Pero los ataques simbólicos que recibió, en aquellas encendidas jornadas de demonización desde los palcos oficiales, lograron lo que no entraba en los planes de nadie.

En el campo renació la conciencia de sí. El conflicto con el gobierno, así, tuvo un efecto inesperado: apareció un actor social activo en la vida nacional. Este protagonismo se alimentó de otro ingrediente: la ciudad saludó este ingreso.

Es que el conflicto trascendió la frontera campera. La rebelión en la granja colocó en la agenda pública no sólo la importancia de la carne, la leche y los granos.

De repente, se comenzó a hablar de federalismo. Los hechos históricos hacen pedagogía a su modo. Los argentinos aprendieron por la protesta que el interior existe, y que la riqueza que aquí se genera se la apropia el poder central.

Por otro lado, el público se enteró del peso del agro argentino. El sector agropecuario –agro y agroindustria- representa más del 30% del PBI, alrededor del 35% del empleo y contribuye con más del 50% de las exportaciones totales del país.

El interior argentino, donde viven millones de compatriotas, tiene atada su suerte a la del campo, que incluye las llamadas economías regionales (vid, cítricos, algodón, yerba mate, etc.).

Como se sabe, el conflicto agrario sigue abierto. Ha pasado un año desde que los productores de bienes primarios se sublevaron. Y a decir verdad, el cuadro de conflictividad persiste, pero agravado.

El origen de la disputa es la apropiación de la renta agraria, a través de las retenciones. Pero en marzo de 2008 se dio en un marco de abundancia.

Increíblemente, desde esa fecha hasta hoy una sequía furiosa produjo daños tremendos al campo mientras se produjo un desplome notable de los precios agrícolas en el mercado mundial.

Conclusión: si un año atrás se discutía cómo distribuir mejor los excedentes agrícolas, hoy se discute el reparto de pérdidas, en un contexto de declinación drástica de la rentabilidad de las explotaciones agropecuarias.

Nadie sabe cómo terminará el conflicto entre el gobierno K y los productores. Una cosa parece clara: la importancia del campo en la economía no está reconocida por la sociedad política.

Esta miopía se refleja en la ausencia histórica de una política agropecuaria. Es la ironía imperdonable de la Argentina: uno de los países mejor dotados para producir alimentos –algo que la humanidad demandará siempre- no tiene una política acorde.

Acaso la rebelión por la Resolución 125, que hoy se recuerda, ingrese a la historia Argentina como el inicio de una revolución copernicana en la economía del país.

Unos atesoran y otros se despojan

De un tiempo a esta parte, en un contexto de terremoto económico, ha aumentado la presencia de dos públicos con móviles diversos ante casas de cambio y joyerías. En el primer caso es gente que cambia su tenencia de pesos por dólares. A muchos particulares, familias y empresas, les entró la fiebre por la divisa norteamericana, con el objeto de atesorar valor.o


Quienes visitan las joyerías, en tanto, lo hacen para desprenderse de alhajas, porque están con la soga al cuello, a caballo de la crisis económica. Según los reportes del sector, esta actividad de las joyerías aumentó un 30% respecto del año pasado.
Es decir, se trata de argentinos con suerte diversa ante la crisis. Unos tienen capacidad de ahorro y ven en la divisa norteamericana un refugio de valor, el medio de atesorar.
Porque la experiencia les indica, contra lo que recomiendan los funcionarios de turno, que en la Argentina quien apuesta al dólar siempre gana. Escépticos del gobierno, guardan sus dólares en “el colchón” o directamente los fugan del país.
Otros, en cambio, apretados económicamente, se des-atesoran, se despojan de objetos de valor (antigüedades, relojes, alhajas, etc.), para hacer frente a gastos urgentes.
Es el “efecto pobreza” que se coló en las clases medias altas, las que pueden esquivar los apremios materiales recurriendo a las míticas “joyas de la abuela”. Esta práctica, muy extendida en 2002, se irá profundizando a medida que la recesión golpee más fuerte.
Por cierto que entre quienes apuestan a la venta de joyas están también los que buscan alguna tajada. Según los analistas, el buen precio del oro alienta a algunos a sacar de la cómoda sus joyas.
Esta franja busca obtener un rédito financiero. Está vendiendo herencias de la abuela no para comprar cosas sino para comprar dólares, porque intuyen que la divisa extranjera está “barata” y se va a disparar en el futuro.
Según los joyeros, más que las pinturas y antigüedades, lo que más rinde hoy son los brillantes: 10.000 dólares el quilate. En tanto, hay anillos de algo más de 25.000 dólares.
Por lo demás, está claro que entre los argentinos que buscan cubrirse, en una situación de debacle económica, los billetes verdes despiertan pasión. El dato es que durante 2008 hubo una salida récord de dólares.
Eso significa que quienes tienen capacidad de ahorro, y en teoría deberían gastar su dinero en bienes y servicios o en su defecto invertirlo en el país, prefieren llevarlo a otro lado.
Difícilmente un país pueda progresar si la gente de dinero lo fuga. Estructuralmente, esta tendencia ha condenado a la Argentina a ser un país que exporta capitales.
Por eso en las últimas décadas, ante esta sangría de ahorro argentino, los gobiernos han apelado a todos los recursos para financiarse y mantener la actividad económica.
Endeudamientos siderales, ahorros forzosos, impuestos exorbitantes, incautaciones de recursos previsionales, corralitos, en fin, todas fórmulas argentinas para suplir los capitales fugados.
Hábiles para zafar de la voracidad fiscal, de las mañas de los gobiernos, los argentinos han desarrollado un instinto infalible para saber cuándo sacarse los pesos de encima y apostar al dólar.
Al parecer hoy muchos perciben que la divisa norteamericana, indefectiblemente, llegará a los 4 pesos a fin de año. Saben que la inflación le ganó al precio de esa moneda, que el campo venderá menos granos al exterior, que los vencimientos de deuda pública son mayores, que la recaudación se cae.
Perciben que las tendencias devaluacionistas del peso, más o menos abruptas, continuarán. Y esto es toda una invitación para pasarse al dólar.

Un país que carece de diplomacia comercial

Argentina es de esos países que, por falta de visión de sus élites, nunca tuvo una estrategia diplomática al servicio de sus intereses económicos. Por eso ha resultado perdidosa en la competencia internacional.o


De ahí la oscilación desopilante de su diplomacia en las últimas décadas: de alinearse acríticamente a Estados Unidos en los ‘90, ahora cultiva “relaciones carnales” con el régimen chavista.

Quiso primero sumarse a la globalización económica, con la ingenuidad de quien cree que le va a ir bien adulando al poder hegemónico de turno, y ahora practica la receta contraria: se asocia con regímenes latinoamericanos, de peso marginal, que vocean revoluciones setentistas.

Son los giros típicos de un país sin brújula, que no sabe lo que quiere, y nunca se ha preguntado cuál es su misión en el mundo. Se diría que su política internacional está dictada por la esquizofrenia ideológica de sus elencos gobernantes.

O mejor dicho, por las necesidades doméstica, donde desde hace décadas la clase política, desconectada de los intereses reales de la Argentina, está en la pelea chica por cuotas de poder y entregada a disputas ideológicas trasnochadas.

No se necesita ser un analista consumado para darse cuenta que la Argentina, por este desvarío histórico, ha perdido peso internacional, nadie le cree y hoy ocupa una posición menor en el concierto de las naciones.

El país, en suma, adolece desde hace décadas de una estrategia económica nacional y una concepción diplomática que le sirva como proyección de los intereses argentinos ante el resto del mundo.

O en otras palabras, le falta la gran política, la única necesaria que la eleve a la categoría de nación con aspiraciones de protagonismo en el concierto mundial.

La contracara de Argentina es Brasil. El país norteño tiene autoconciencia de sí, sabe lo que quiere, sobre todo su clase política y empresaria, y expresión de ello es su aguerrida diplomacia comercial.

Brasil tiene aspiraciones de gran potencia y de poder hegemónico regional. Lleva un recorrido estratégico de ejecución exitosa e ininterrumpida.  Lo cual contrasta con la debilidad estratégica y geopolítica de la Argentina.

Brasil organiza su política y su economía según sus intereses exclusivos, lejos de las búsquedas de réditos vulgares. Su empresariado tiene confianza en sí mismo porque se sabe parte de una estrategia global en sintonía con la élite gobernante.

Al respecto, ¿qué decir de la burguesía industrial argentina? Contagiada por el desvarío de la clase dirigente local, nunca ha comprendido la necesidad de competir en el mercado mundial. Durante décadas, su único interés fue cuidar el mercado interno.

Su función ha sido, por tanto, conseguir sobreprotección arancelaria estatal, la cual le permite tener grandes ganancias sin esfuerzo. El resultado: no sabe exportar ni competir internacionalmente.

Curiosamente, ha sido el empresariado del campo –hoy estigmatizado por el gobierno- quien se ha mostrado dinámico y ha sabido adaptarse a los cambios globales, al punto que los productores agropecuarios argentinos son los más eficientes en lo suyo a nivel internacional.

El gobierno argentino, acuciado por la crisis mundial, y ante el agotamiento de la estrategia de “vivir con lo propio”, acaba de convocar a todo su cuerpo diplomático, para dinamizar negocios globales.

La idea es transformar a las embajadas en oficinas comerciales. Parece una decisión tardía, a la vista de todo el tiempo que se ha perdido. No obstante lo cual, merece saludarse pensando en el interés del país.

El desplome de Europa del Este

Con la caída del Muro, veinte años atrás, los ex países comunistas se lanzaron abruptamente al capitalismo. Tras vivir una luna de miel con el ingreso de capitales de Occidente, sus economías caen hoy estrepitosamente.o


 

Los reportes extranjeros hablan del fin de una ilusión. Así describen la decepción que se abate sobre los países bálticos, Hungría, Rumania o Ucrania, que ahora ven destruidos sus sueños de riqueza al estilo occidental.

Venían de la sociedad disciplinaria comunista, donde sobrellevaban una vida gris trabajando para una élite de burócratas. Querían sumarse a la empresa de progreso, bienestar y libertad que les prometía Occidente.

Paradojas de la historia: de esa manera desmentían el vaticino de Carlos Marx, quien había asegurado el tránsito seguro del capitalismo al comunismo. La cosa resultó a la inversa.

A veinte años de ese viraje, y tras una apertura brutal a los capitales occidentales, los ex países del Este europeo han entrado en la bancarrota, en medio del derrumbe del sistema económico que los había encandilado.

En las últimas dos décadas las naciones ex comunistas participaron del “proceso de convergencia” con la Unión Europea (UE). La idea era que hicieran su reconversión al capitalismo a través de ese bloque.

En virtud de estos cambios, recibieron ingentes sumas de dinero de bancos de Alemania, Austria y demás, lo que generó un ciclo de burbuja y plata dulce. El problema es que hoy están expuestos al no pago.

Lo que se está viviendo en países como Letonia, por ejemplo, asemeja a un fin de fiesta. Este país conoció un crecimiento del 14% anual de su economía, cebado por el ingreso de euros.

Pero los días de oro desaparecieron. “Después de su independencia de la URSS en 1991 y sin esperarlo, Letonia ha regresado brutalmente a lo básico, donde la miseria que viene no será muy diferente a las privaciones que vivieron en la era soviética, pero ahora en plena UE”, escribe María Laura Avignolo, corresponsal de Clarín en ese país.

El fracaso de Letonia es una muestra de la fragilidad de las economías de los ex países comunista. El fenómeno ha puesto en guardia a las elites de esas naciones. El primer ministro húngaro ha advertido sobre una “nueva cortina de hierro económica” si no hay un paquete de ayuda para toda la región.

Los especialistas hacen distintos diagnósticos sobre este desplome de la Europa del Este. Morsen Hansen, un académico de la Escuela Económica de Estocolmo, y prestigioso experto en países bálticos, suscribe la teoría de la burbuja financiera.

Asegura que Europa del Este se construyó con enormes desequilibrios. Y culpa al entonces presidente de la reserva federal, Alan Greenspan por permitir bajar sustancialmente los intereses en 2001.

Eso significó, dijo, una inmensa liquidez y un boom de crédito también en los países del Este, que cebó el consumo y el mercado inmobiliario. Pero este boom no se correspondía con la productividad de esos países.

El economista asegura que la política de “convergencia” en la UE –o reconversión de los países del este- se ha evaporado. “Esto va a enseñar, especialmente a los políticos, que la convergencia exige reformas, educación, inversiones sólidas pero que no son fáciles de hacer. ¡Se acabó la fiesta!”, explicó Hansen.

Además, el economista señaló: “Lo más triste de esta crisis es que demostró que Europa del Este continúa siendo pobre. Soy muy crítico de la educación aquí. Entrar a la Academia de Ciencias es como entrar a un Museo de Dinosaurios. Se podría decir que esto sigue siendo la URSS en muchas actitudes. Se necesita al menos otra generación para tomar distancia”.

 

El dilema fiscal en época de escasez

Mientras el gobierno pretende que no se hable de las retenciones, el campo y los líderes de la oposición quieren que se rebajen, y anticipan una disputa en el parlamento. La discusión tiene varias aristas. En principio los tiempos ya no son los mismos que un año atrás, cuando para esta época los productores se rebelaron contra la Resolución 125.o


Esa fue una discusión en la abundancia, pues la soja frisaba los 600 dólares por tonelada. Entonces el gobierno K pudo blandir el argumento de la apropiación de la “renta extraordinaria”, con fines distribucionistas.

Pero el contexto ha cambiado dramáticamente. La descenso vertiginoso de los precios de los granos a nivel internacional –la soja cayó a la mitad de su valor- sumado a los males de la sequía, golpeó al campo.

Pero también asestó un duro revés a las arcas del gobierno, que hasta aquí era adicto a los ingresos generados por las retenciones. Es decir, ahora la puja por la renta agraria se da en un marco de escasez.

Mientras tanto la economía argentina entró en un proceso recesivo, apalancado por la crisis mundial, con lo cual el gobierno empezó a perder ingresos por otros impuestos.

A esto se suma el dato inquietante de la deuda pública, cuyos mayores vencimientos se concentran en 2009 y en los años sucesivos. Ergo: los problemas de caja se potenciaron repentinamente.

¿Cómo hace el gobierno K, con las cuentas escuálidas, para aplicar políticas anticíclicas, y así evitar una profundizar la recesión, como manda la receta keynesiana?

¿No formaba parte también del pensamiento de Lord Keynes –al cual el progresismo dice adherir- que los Estados deben ahorrar en épocas de vacas gordas, para poder gastar después y bajar impuestos cuando la economía declina?

Da la impresión que esta parte de la receta no fue seguida por el gobierno K en estos años de bonanza. Por eso en lugar de liberar recursos para mantener el dinamismo económico, en la crisis, el fisco se lanzó a procurarlos.

Utiliza así la medicina contraindicada. Pretende mantener la misma presión fiscal, cuando el escenario productivo es a la baja. Los impuestos, que antes eran pagables, ahora son una carga pesada para los contribuyentes.

La desesperación por hacer caja se vio primero con la incautación de los ahorros previsionales. La estatización de las AFJP es un reflejo de esa desesperación, más allá de los argumentos ideológicos a favor del sistema de reparto.

Con los mismos bríos fiscalistas el gobierno se aferra a la decisión de mantener las retenciones al agro. Pero así como el manotazo a los ahorros previsionales produjo una fuerte salida de capitales, mantener la presión fiscal sobre el campo plantea dilemas más complejos.

En concreto podría profundizar el quebranto de miles de productores, que han perdido rentabilidad en sus explotaciones, y por esta vía herir de muerte a todo el aparato productivo de interior del país.

Mientras el gobierno cree que al campo todavía se le puede sacar leche –la presidente lo ubica dentro de los sectores del “privilegio”- los productores aseguran que ya no está en juego su ganancia sino su supervivencia.

Las retenciones, en este sentido, son perversas. No son un impuesto que se aplique a las ganancias sino al valor bruto de la producción, actuando como un costo más en la ecuación económica de los productores.

En virtud de esto, el Estado recauda siempre sin importar si el productor de soja, por ejemplo, pierde plata al vender su cosecha. Es un modelo parecido al de la usura, por el cual el prestamista embolsa igual sus intereses, aunque el beneficiario del crédito se haya fundido.

El ocaso del arte de escribir a mano

En una época tener buena caligrafía era importante, porque se trataba de un oficio conectado con la vida. Pero el triunfo de la digitalización está haciendo obsoleta la escritura a mano.o


Como se sabe, la formación de letras se enseña en las primeras etapas de la escuela primaria. Las maestras instruyen a los chicos sobre las habilidades de la escritura.

Tener “buena” letra sigue siendo una clave de prestigio en el aula, más allá de la importancia gramatical del discurso. Por eso la forma, las inclinaciones y las curvas de la caligrafía pesan tanto.

Es el mundo del lápiz y el papel. El lugar en que los alumnos deben ejercitarse en la destreza de la mano sobre el papel. Y la práctica del dictado ha estado unida a este aprendizaje.

Algunos de nosotros, además, habremos escuchado historias sobre las torturas de que eran objeto los zurdos en el pasado. Se cuenta que muchos de ellos eran obligados a escribir con la mano derecha mientras le amarraban la “mano mala”.

Sin embargo, el dato es que la escritura a mano pasa a un segundo plano a medida que el niño crece. Ya en la vida adulta las oportunidades en las cuales se requiere de este arte son cada vez más escasas.

¿En cuántas ocasiones comunicativas utilizamos un lápiz o un bolígrafo? El lector que pueda hacer el auto-análisis correspondiente, caerá en la cuenta que esa práctica se ha restringido.

En principio el correo electrónico está reduciendo al mínimo a la carta como instrumento de comunicación cotidiana. Y por cierto que estamos muy lejos de esa época en que todos los registros del Estado se hacían a mano.

Antes, cuando circulaban más papeles escritos a mano, podíamos detectar la presencia de una persona al toparnos con su caligrafía, devenida en una huella humana inconfundible.

Por eso generaba tanta fascinación, en la generación anterior, ese arte de escudriñar la personalidad a través de la escritura que es la grafología.

Pero el avance de las nuevas tecnología electrónicas –sobre todo la computadora- ha reducido notablemente en la vida cotidiana las oportunidades para empuñar un bolígrafo.

A veces lo único que las personas escriben a mano es un garabato rápido con los números telefónicos de alguien, dictados rápidamente y escritos sobre un papel. O hacen alguna lista para el supermercado.

Se escribe algo para saludar en las fiestas de fin de año, pero por lo general las tarjetas de Navidad contienen los pensamientos ya impresos. De suerte que casi no hay que agregar nada, de cuño propio, al mensaje prefabricado.

Estos cambios son objeto de reflexión de escritores y semiólogos en el mundo, quienes especulan que quizá en el futuro nuestros nietos no puedan leer nuestras cartas.

“Cuando tus tataranietos encuentren una antigua carta en el ático de la casa tendrán que llevarla a un especialista, a un señor mayor en la biblioteca que tendrá que descifrar lo que está escrito”.

Eso comenta la escritora británica Kitty Burns Florey, autora del libro “Caligrafía y garabatos: auge y caída de la escritura a mano”. Es decir, no es descabellado pensar que en el futuro, nuestras cartas podrían convertirse en algo tan difícil de leer como un manuscrito medieval.

A propósito, la proliferación de los textos electrónicos, en reemplazo de los de papel, supone la desaparición fáctica de las huellas humanas, como legado a nuestros descendientes.

Sin embargo, persiste la duda de la pérdida cultural de estos cambios. ¿En qué medida no afectan el aprendizaje de la expresión de ideas, sobre todo en las nuevas generaciones?

Argentina, jaqueada por el narcotráfico

Los sangrientos ajustes de cuentas, la presencia de sicarios extranjeros, los negocios fáciles de jóvenes ostentosos, la implicación de funcionarios y policías, el envenenamiento de los pobres por el “paco”, pintan un cuadro tétrico del país narco.o

 


Para algunos es el lado más inquietante de la degradación de la Argentina. De un tiempo a esta parte una seguidilla de asesinatos y crímenes múltiples, que llevan la marca de la mafia de la droga, ha conmocionado la opinión pública.

El famoso caso de la “efedrina”, en el que se ve a jóvenes empresarios ávidos de dinero fácil, ligado a la venta de medicamentos, apalancados por redes clandestinas en el territorio, muestra un grado de descomposición de las clases acomodadas.

Paralelamente, las sospechas de connivencia de funcionarios y policías en el negocio del narcotráfico, agregan un cóctel explosivo. Un símbolo de esto fue el hallazgo de 8 kilos de cocaína escondidos dentro de una camioneta de la Secretaría para la Prevención de la Drogadicción (Sedronar).

Lo más llamativo son los ajustes de cuentas de sicarios mexicanos y colombianos, pertenecientes a grandes carteles de la droga, en territorio argentino. La presencia de organizaciones criminales foráneas muestran un país jaqueado por el narcotráfico.

En semejante cuadro, se escuchan voces de alarma ante iniciativas oficiales como el blanqueo de capitales, caldo de cultivo para la entrada de dinero sucio de la droga. O que llaman la atención sobre el financiamiento espúreo de campañas políticas. 

A todo esto, días atrás se conoció un documento firmado por 80 magistrados del país cuyo contenido causa escalofríos. Allí se habla que el nivel de tráfico “no registra antecedentes” en la Argentina.

La declaración de jueces y magistrados nacionales, provinciales y federales de todos los fueros ocurre en momentos en que a nivel oficial se impulsa una ley para que no se castigue al consumidor de drogas, una iniciativa liderada por el ministro de Justicia de la Nación, Aníbal Fernández.

El grupo de 80 magistrados ha señalado, a propósito, que al perseguir al consumidor “se ha distraído la atención en contra de los espacios de corrupción política y policial”. 

Ha dicho que de parte del Estado “no hubo la misma dedicación hacia las organizaciones del tráfico ilícito que, en muchos casos, recibieron protección política, administrativa y judicial”. 

Al criticar la actual legislación, los magistrados afirmaron que la política vigente no sólo no ha disminuido el tráfico de narcóticos ni su consumo, “sino que siguen en alza” en un nivel “sin precedente” en el país.

En otra parte del documento, se menciona que de los consumidores más pobres -que “están lejos de una oferta de tratamiento”-, se ocupa la justicia penal. Mientras que de aquellos de las clases medias y altas se ocupa “una oferta tercerizada de abordajes terapéuticos, en muchos casos verdaderos fraudes de etiquetas”.

En tanto, recientemente el juez de Garantías de La Plata, César Melazo, cargó contra la indiferencia que, según él, cultivan los funcionarios frente al problema. “Se hacen los salames todos (…) Se está muriendo una generación con el ‘paco’  mientras a muchos funcionarios les parece simpático fumarse un pucho de marihuana en algún recital”.

Melazo fue más polémico aún al señalar que “varios funcionarios tienen que pedir una nariz prestada para pasar una rinoscopía”, algo que motivó que el ministro Aníbal Fernández, preocupado por las críticas a su gestión, desafiara el juez a hacerse esa prueba juntos. Mientras tanto, la Argentina muestra todos los síntomas de un país narco.

No hay margen para seguir peleándose

En un contexto mundial de hundimiento económico sin precedentes, Argentina necesita paz consigo misma para enfrentar las tormentas que se avecinan. ¿Es posible un giro del clima ético político del país?o


En este sentido, uno quisiera creer que los acuerdos parciales firmados por el gobierno y la mesa de enlace del campo, están animados por un espíritu de reconciliación.

Porque, a decir verdad, ya no se puede seguir tirando de la cuerda de la discordia. El país no toleraría otro enfrentamiento como el del año pasado –cuando los productores tomaron las rutas- sin riesgo de disolución nacional.

No hay margen para la guerra facciosa en la Argentina. No hay más margen para la vendetta política, para la arrogancia del poder, para las estrategias amigo-enemigo, para querer sacar rédito político del encono social.

¿Hay que entender el proceso de acercamiento gobierno-campo como una toma de conciencia, sobre todo de quien lleva las riendas del poder, de que es inviable seguir dividiendo a los argentinos?

¿Marca el episodio el fin de una cultura política que exalta la construcción de hegemonía de poder, que ve en el otro diferente y que piensa distinto alguien a quien someter o eliminar?

¿Estamos en los prolegómenos de un giro copernicano en el ejercicio de la autoridad en la Argentina? ¿Vamos hacia un liderazgo de la nación asentado sobre bases éticas, dispuesto a recrear la confianza de los gobernados?

¿Se desembaraza la política del resentimiento como combustible básico –cual energía destructiva de la sociedad-, y es ganada por el ánimo de magnanimidad, por la generosidad y nobleza de espíritu?

¿Abandona su maniqueísmo de fondo, que ve al mundo y a las personas en blanco y negro, para dar lugar a la prudencia, esa rara virtud del gobernante que acepta la irremediable mezcla en los asuntos humanos?

Quisiéramos creer, en realidad, que la cultura del poder está en proceso de metamorfosis en la Argentina. Y que un signo de esa metanoia –o conversión- es el incipiente acuerdo entre el gobierno y un sector socioeconómico clave de la vida nacional.

Hay consenso entre los analistas, al respecto, que hubo un giro en el gobierno nacional frente al conflicto agrario. Eduardo Van Der Kooy, del diario Clarín, especula que esto se debió a un “susto presidencial”, ante la dinámica que están adquiriendo los acontecimientos mundiales.

“La intervención que llegó justo antes del abismo”, tituló por su lado Joaquín Morales Solá, del diario La Nación, al hablar del papel que jugó la presidente Cristina Kirchner en la reunión con la mesa de enlace.

La mandataria “decidió jugar su figura y su palabra antes que las cosas perdieran todo el control”, señaló.

Como se ve, el poder político parece haber tomado conciencia que en este asunto el país camina sobre la cornisa. ¿Se habrá comprendido que lo que se juega detrás del conflicto agrario es la paz social? 

La cosa no está superada ni mucho menos, aunque hay que persistir en el espíritu de arreglo. Todo indica que hay que hacer esfuerzos mayores para recomponer la situación, para lo cual los dirigentes agrarios también deben colaborar.

Nuestro deseo, insistimos, es que estos acuerdos se inscriban dentro de una transformación de la cultura política del país, y no sean un puro repliegue táctico de una estrategia que sigue creyendo en la guerra.
Acaso la crisis internacional –que asusta a nuestros dirigentes- sea una ocasión dorada para un acuerdo nacional que privilegie a la Argentina, su conservación, por encima de los egoísmos de grupo.

El valor de la vida tras tocar los límites

En una cultura que exalta la ética trivial hacia el éxito, o que cree que la vida se reduce a gozar, el testimonio del doctor Jorge Rodríguez Kissner, que virtualmente regreso de la muerte, conmueve en más de un sentido.o


Al obstetra de 47 años le tocó estar cara a cara con la muerte. Fue una experiencia límite conmocionante, cargada de dolor, de la cual, según ha dicho, ha salido con otro concepto de la vida.

Es la historia de un hombre joven que experimenta un giro drástico en sus días. Un mimado de la vida, poseedor de una existencia perfecta desde el punto de vista familiar y profesional, de repente ve derrumbarse su mundo.

La causa: una miocarditis viral fulminante le destruyó literalmente el corazón. Inmediatamente, el doctor Kissner pasó a ocupar el primer lugar en la lista de urgencias del Incucai.

Es decir, su vida empezó a depender de la donación de un corazón, de la decisión de una familia de entregar el órgano de alguien querido ya fallecido. En suma, sólo el transplante de un corazón podía salvar a Kissner.

Sus familiares y un grupo de amigos, desesperados, desataron una campaña solidaria en todo el país. Antes del que el corazón finalmente llegara, el enfermo pasó semanas en coma, sobrevivió a veinte paros cardíacos, un par de shocks cardíacos, dos hemorragias, dos infecciones generalizadas y otras tantas operaciones de pulmón.

“Es obra de Dios que yo esté vivo”, fueron las primeras declaraciones que hizo Kissner, ya recuperado. Más allá de la ciencia médica, de la donación de un corazón y de sus propias ganas de vivir, el médico cree que volvió de la muerte por un milagro.

“A Dios lo tenía abandonado, pero ahora sé que existe. Mis chicos volvieron a jugar por primera vez en meses. He renacido”, dijo.

Es la confesión de alguien que experimentó la precariedad de su propia existencia, y se enfrentó al misterio de la muerte, donde enmudecen todas las arrogancias y vanidades humanas.

“Yo era una persona absolutamente sana hasta que, de un día para el otro, me dijeron que si no recibía un corazón me moriría en cuestión de días”, relata el médico, al explicar el giro dramático que tuvo su vida.

“Yo quería vivir”, confesó al explicar su determinación por ganar la batalla a la enfermedad. La donación para él era un tema asumido –había donado sus órganos cuando tenía 25 años- aunque nunca se imaginó que él la necesitaría algún día.

El médico ahora entiende que la vida es un don y, tras lo sucedido, es una ocasión para algo. “Si a uno le pasa lo que me pasó a mí y vuelve es porque tiene una misión. Mi lucha es divulgar el tema del transplante y la donación de órganos para ayudar a las 5.000 personas que hoy esperan uno”, declaró.

El hombre madura en el dolor y crece con él, es capaz de encontrar un sentido al sufrimiento, y de hallar un significado más profundo a su vida ante la cercanía de la muerte.

Esto parece decirnos Kissner con su testimonio. Una vez más, la experiencia del límite, allí donde todo se derrumba, puede ser una ocasión para modificar nuestro concepto de la vida.

No estamos acostumbrados a ver las posibilidades de valor que encierran los infortunios. Es que nuestra cultura autosuficiente mide lo humano en términos de éxitos y fracasos.

En esta perspectiva, el declive de la salud, al ponernos fuera de la carrera del éxito profesional, o de la búsqueda de poder y prestigio, equivale a un fracaso rotundo.

Pero el sufrimiento puede salvar al hombre de la rigidez del alma, puede sacarlo de la frivolidad de la existencia, y devolverle una dignidad perdida al recordarle su condición mortal.

Entre el látigo y la indulgencia

Pasan el tiempo y los gobiernos y la inseguridad ciudadana en Argentina no deja de crecer. Sobre todo en los grandes conglomerados urbanos, la vida es imposible. Días atrás una diva de televisión, conmovida por el asesinato de un colaborador suyo, pidió la pena de muerte y una legislación más severa.o


El episodio sirvió para que otra vez el tema de la inseguridad saltara al debate público. A juzgar por lo que se lee y se escucha en los medios, en la Argentina, a propósito, parece haber dos partidos.

Unos son los partidarios del látigo, es decir los que creen que con mano dura mágicamente se bajará la tasa de criminalidad, aunque la experiencia mundial al respecto arroja resultados dudosos.

Aquí se está por la “ley del Talión” sin más. La idea es devolverle al que delinque toda la violencia, y más todavía, que ha producido, en algo que se asemeja mucho a la venganza.

Hay una ideología subyacente a esta postura: la sociedad es totalmente inocente de los crímenes cometidos en su seno. El asesino o ladrón, según esta visión, es individualmente un ser inferior, alguien que es absolutamente responsable de sus actos antisociales.

Lo que se busca, por tanto, es extirpar esta maleza que nació en los jardines de la sociedad. Con el argumento de que el delito es una opción libre más en la oferta de la vida. Por tanto, para preservar la seguridad de la sociedad, quienes eligieron esa vida deben pagarlo caro.

Estamos, en realidad, frente a una posición extrema que idolatra el látigo en sí mismo, como corrector del crimen. La debilidad de este pensamiento es su linealidad: en el fondo no ve que en un sentido el delito es manifestación de una ruptura en los lazos sociales.

No mira –o no quiere ver- que los menores que delinquen en la Argentina, por caso, no lo hacen de gusto, sino porque están expuestos a esa vida, casi arrojados, porque son pobres o vienen de familias destruidas.

Sobre la base de esta objeción, en tanto, se ha formado el partido de la indulgencia, que es una reacción en sentido contrario al látigo. En esta perspectiva, todas las faltas tienen una explicación ajena al sujeto que las cometió.

Es decir, una acción delictiva, aunque la realicen los individuos, en realidad es emanada, de última, de los tenebrosos remolinos del subconsciente o de la opresión o corrupción del entorno social.

Con lo cual a los delincuentes, lejos de considerarlos culpables, se les ve, cada vez más como víctimas, sobre todo de la sociedad, considerada como la principal, cuando no como la única, responsable de los delitos cometidos en su seno.

Al elevar los condicionamientos conductuales a la categoría de determinismo absoluto –psicológico, biológico, sociológico, cultural- desaparecen los actos conscientes y libres y por tanto se disuelve la noción de culpabilidad.

Como se ve el debate en la Argentina alrededor de la justicia penal y de la inseguridad oscila entre posiciones ideológicas extremas: o se inmola el individuo a la sociedad por exceso de severidad, o se sacrifica a la sociedad por un exceso de indulgencia.

Acaso una política de justicia que contribuya a la seguridad ciudadana deba tomar una posición equidistante de estos extremos. Por lo pronto, debe evitar enredarse en aprioris ideológicos, y moverse con prudencia en el difícil arte de impartir justicia.
Ello supone hacerse cargo del grado de evolución de la sociedad y de las urgencias concretas de los ciudadanos. Sabiendo siempre que la justicia humana no es infalible.

Comienzo escolar desmoralizador

El inicio del ciclo lectivo en Entre Ríos otra vez se inaugura con una medida de fuerza del gremio docente. Un síntoma de que la decadencia educativa no tiene límites.o


A mediados de enero, por esta columna, expresábamos nuestro vivo deseo por un normal comienzo de las clases. Lo hacíamos pidiendo al gobierno y al gremio que se pusieran de acuerdo.

Exhortábamos a que ambas partes asumieran su responsabilidad. Al gobierno, que extremara los recaudos presupuestarios, para atender el reclamo salarial de los docentes.

A éstos últimos, les pedíamos que fueran coherentes con su compromiso con la escuela pública, a la cual dicen defender. También que consideraran que la gimnasia de la protesta no ayuda al clima pedagógico.

Porque los chicos necesitan de su maestros en el aula para aprender. Cuando no están, se desmotivan, pierden interés por la ciencia. Y empiezan a creer que la educación, de última, no es importante.

Pues bien, la falta de acuerdo entre las autoridades y los representantes docentes sobre incrementos salariales, nos confirma que el planteo de nuestra columna editorial era iluso.

Pero más que eso se trata –otra vez al comienzo del año escolar- de un golpe a la moral de la sociedad entrerriana, que legítimamente aspira a que sus hijos se eduquen.

El paro de 72 horas, decidido por el gremio más importante de la provincia, es un mensaje preocupante. Empeora aún más el cuadro de degradación en que está metida la educación entrerriana.

Hasta el gobernador, incómodo con la medida de fuerza, ha debido reconocerlo: “Más de la mitad de nuestros alumnos de la secundaria rindieron exámenes en marzo. Una calamidad. Y los desempeños en toda la escuela son alarmantemente bajos", dijo Sergio Urribarri.

A confesión de parte relevo de pruebas. Es que casi no hay dudas sobre el fracaso escolar en nuestros colegios y sobre una tendencia declinante de la educación en todos los niveles.

Pero los actores de esta historia suelen abusar de la recurrente obsesión argentina de buscar un culpable afuera. Es la manera en que los argentinos racionalizamos nuestro propio fracaso: la culpa es del otro.

Aunque Urribarri haya reconocido la “calamidad” en los exámenes y los bajos desempeños del sistema, en elíptica alusión a los docentes, esta afirmación lo incrimina. ¿O el gobierno no tiene nada que ver con esos resultados escolares?

Por lo demás, es conocida la retórica auto-exculpatoria de los gremialistas, para quienes el fracaso educativo es pura responsabilidad de los gobiernos. A decir verdad, todo el conflicto docente recorre estos dispositivos discursivos que apelan al chivo emisario.

Mientras el gobierno parece no asumir la responsabilidad de atender la inversión educativa –no puede eludir, en este sentido, que no defiende los recursos federales como debiera- el gremio docente da la impresión que sigue auto-victimizándose sin asumir la obligación social que le cabe.

Vivimos en una cultura que ha inflado los derechos pero que se ha olvidado, paralelamente, de las obligaciones. En verdad, en la Argentina somos rápidos para exigir lo que creemos que nos corresponde.

Pero casi siempre, propensos a huir de situaciones incómodas o buscando la salida fácil, no nos hacemos cargos de aquello que nos compete, no asumimos los sacrificios que emanan de nuestros oficios o posición social.

Esto causa una huida generalizada ante las responsabilidades. Ser responsable es estar unido lo suficientemente a una cosa, al punto de aceptar sus cargas, y de actuar con conciencia moral frente a ella, asumiendo las consecuencias plenas de mis actos.

 

 

A La Tierra ¿ya es muy tarde para salvarla?

 El sombrío pronóstico lo acaba de formular el investigador británico James Lovelock: la humanidad ya no puede hacer nada para evitar la catástrofe ecológica. La autodestrucción planetaria, dice, es un proceso irreversible.o


  “Es un poco como un superpetrolero. No puedes hacerlo parar a no ser que pares los motores”, aseguró Lovelock, un científico y meteorólogo británico que en 1969 se hizo célebre por sus ideas.

  Entonces postuló que el planeta se comporta como si fuese un organismo vivo capaz de autorregularse. A esta hipótesis la llamó Gaia, en honor a la diosa de la tierra como se le conocía en la mitología griega. 

  El autor de la “Venganza de la Tierra”, una de sus famosas obras en la que afirma que “estamos abusando tanto de ésta que puede rebelarse”, ha declarado por estas horas que la crisis ecológica es imparable.

  El cambio climático, asegura, acabará con gran parte de la vida en la Tierra durante el presente siglo y opinó que los intentos humanos por evitar lo peor llegan tarde.

  Ni los programas para reducir las emisiones que producen el efecto invernadero ni las campañas para promover el reciclaje y las fuentes de energía, tendrán el resultado esperado, vaticina.

  Según Lovelock estas medidas son una pérdida de tiempo. En cambio, ante el ineluctable desbarajuste planetario, propone lo que algunas películas de ficción vienen anticipando: construir refugios para salvar la especie humana.

  El investigador inglés, de 89 años, estimó que la población mundial podría caer desde los 7.000 millones a los 1.000 millones de habitantes en el año 2100. ¿La causa? La disputa humana por los escasos recursos humanos.

  “Habrá muerte a gran escala por la hambruna y la falta de agua”, precisó Lovelock, quien pronosticó que para 2040 las temperaturas en las ciudades europeas subirán hasta una media de 43 ºC en verano, la misma que en Bagdad en la actualidad.

  “No es sólo Europa, el mundo entero cambiará”, alertó y recordó los datos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que en su último informe de 2001 indicó que las temperaturas serán “devastadoramente altas”.

  ¿Qué pensar, en suma, de este apocalíptico vaticinio sobre el futuro de la vida en la Tierra? ¿Tienen fundamento o es producto de la exageración humana? ¿Cómo calibrarlo en su sentido exacto?

   La hipótesis de que ya es demasiado tarde, de que la crisis ecológica llegó a un punto de no retorno, de que la suerte del planeta está echada en términos de destrucción, frente a lo cual el hombre nada puede hacer, es por cierto desestabilizante.

  ¿Es tolerable esta perspectiva para el hombre, que hasta aquí ha alardeado, no sin suficiencia, de su habilidad adaptativa, de su ingenio para sobrevivir? La visión tenebrosa de Lovelock plantea varios interrogantes antropológicos.  

  Uno de ellos podría formularse así: el hombre, en su afán de construir poder y riqueza, es inductor del descalabro ecológico. El problema es que éste, en ese afán, ha desatado fuerzas tecno-económicas que ya no controla.

  En tanto criatura salida de sus manos, este complejo “civilizatorio” se ha liberado, sigue su propia lógica, independiente de la voluntad humana, y ahora amenaza con destruirlo.

  La situación recuerda a Frankenstein, la celebre novela de horror escrita en 1816 por Mary Shelley, en la cual se relata la creación de un monstruo que se vuelve contra su autor.

  La moraleja literaria de Shelley hoy interpela a la humanidad en su relación con la Naturaleza: hay límites que el hombre no puede franquear sin exponerse él mismo.