El arte de la excusa

Aunque el orgullo de la raza humana siempre ha sido la razón –y nos gusta presentarnos como seres “racionales”- solemos utilizar esta maravillosa facultad  para engañarnos y engañar a los demás.o


Ya decía el filósofo francés Albert Camus que los humanos se pasan todo el tiempo intentando convencerse a sí mismos de que su vida no es absurda. Y uno de los artilugios para ello es encontrar excusas o justificaciones.

Los casos en la vida diaria abundan. Pensemos en aquel fumador que se enfrenta a la evidencia de que el tabaco produce cáncer. Tiene dos opciones: dejar de fumar o hacer una maniobra intelectual de distorsión.

La segunda salida, que es una negación o auto-persuasión para justificar su conducta fumadora, suele prevalecer. Consiste en razonamientos tranquilizadores del tipo: “Si Pedro o Juan fuman, los cigarrillos no pueden ser tan peligrosos”.

También puede razonar diciendo que conoce gente que ha hecho un culto de su cuerpo y sin embargo se ha muerto antes, por ejemplo en un accidente. O de que prefiere una vida corta y feliz con cigarrillos a una larga y desgraciada sin ellos.

De esta manera, nuestro fumador busca, desesperadamente, la manera de reducir el ruido o la “disonancia” que le provoca la evidencia de que el tabaco produce cáncer.

Según los psicólogos, este es un mecanismo de distorsión de la realidad al que suele acudir el yo como autodefensa, para cuidar la auto-imagen positiva. A través de él queremos encontrar explicaciones lógicas a nuestros actos.

Las personas solemos utilizarlo para tranquilizarnos ante el hecho de que hemos actuado por motivos que chocan con nuestras normas. Como aquel esposo que golpea a su mujer “argumentando” que ella necesita como compañero a un hombre fuerte y decidido.

En 1957, León Festinger –uno de los teóricos más importantes de la psicología social- propuso su teoría de la “disonancia cognitiva”, que predice y describe cómo las personas racionalizan la conducta.

La disonancia tiene lugar cuando una persona mantiene a la vez dos cogniciones (ideas, creencias, opiniones) que son incongruentes (como los ejemplos antes nombrados).

Festinger afirmaba que ese estado es tan desagradable que las personas se esfuerzan para reducir el conflicto de la manera más fácil posible. Es decir, cuando la autoestima de una persona peligra, éste elabora una argumentación que procura que esas cogniciones encajen de algún modo.

Hasta el ladrón más desfachatado –siguiendo con los ejemplos- actúa como un “animal racionalizador”. Su acción, en este sentido, puede convertirse en un acto de justicia. Robar un banco o a personas de clase acomodada, puede justificarse bajo el argumento de que le saca a quienes le roban a la sociedad.

Al igual que las personas, el poder suele utilizar el mecanismo racionalizador. Cuando el gobierno de George Bush decidió invadir Irak le dio a la sociedad norteamericana un argumento tranquilizador.

Como ningún país va a la guerra con impunidad psicológica –resulta intolerable para cualquier sociedad que se cree a sí misma razonable e inocente lanzar bombas sin más a otro- la propaganda en la Guerra del Golfo postuló que Saddam Hussein y los suyos representaban el “Eje del Mal”.

Se diría que el poder, aunque no tenga razón, siempre tiene argumentos. Las tendencias protectoras del ego político se ponen en marcha para distorsionar y justificarlo todo.

Se pueden, por ejemplo, violar las reglas de juego electorales disolviendo la disonancia constitucional que ello entraña, argumentando razones de gobernabilidad ante una crisis futura.

Preservar la gestión decente en la comuna




Los gobiernos de Gualeguaychú han trascendido por ser administraciones austeras y honestas. Es un valor compartido por la sociedad que los funcionarios deben, sí o sí, tener idoneidad ética.o





Esta comunidad tiene un raro privilegio: sus intendentes gozan del respeto público de sus vecinos. Y esto porque existe la percepción de que, más allá de sus falencias, han encarnado el valor de la decencia administrativa.

La cultura política de Gualeguaychú, amasada en la creencia de que los recursos públicos son sagrados, ha dado forma a las gestiones municipales, generando anti-cuerpos éticos.

Pero sabemos que, incluso más allá de las intenciones nobles de los responsables  comunales, el aparato estatal puede contener miembros que no asuman ese ideal cívico.

El llamado “escándalo de la Tesorería”, ocurrido años atrás, por el cual se descubrió el desvío de importante cantidad de dinero público, fue un golpe muy duro al prestigio de Gualeguaychú.

Un tsunami moral recorrió a esta comunidad, no acostumbrada a que ocurran estas cosas. Aunque el tema aún se está ventilando en la justicia, existe la creencia muy firme de que el intendente de entonces procedió como debía: él encabezó la denuncia.

Ojalá que cuando este caso se esclarezca, y de esta manera se castigue a el o los responsables y se exonere de toda sospecha a quienes no hayan cometido ningún delito, esta ciudad salga fortalecida.

Por estas horas, en tanto, el intendente Juan José Bahillo le ha pedido la renuncia a uno de sus funcionarios políticos. Esto está motivado por una investigación que ha abierto el gobierno de la Provincia por fondos relacionados con comedores comunitarios.

En concreto el funcionario en cuestión estaría vinculado a irregularidades en esta operatoria, y eso determinó su apartamiento de la administración municipal. Por cierto que todavía se está en etapa de investigación y la cuestión no se ha dilucidado.

El episodio no debe pasar desapercibido ni debe ser tratado con liviandad. Imaginamos el impacto que ha generado en la administración municipal, en especial en el propio intendente.

Pedirle la renuncia por una cuestión así a alguien en quien se había confiado para una tarea de gobierno, debe ser una situación ética embarazosa. Como sea, está en línea con lo que debe hacerse en estos casos.

Nosotros queremos volver a este punto: Gualeguaychú debe preservar la gestión decente en la cosa pública. Cuando decimos “preservar” es porque reconocemos que hay una sana tradición que perdura en el tiempo.

La ciudad debe sentirse orgullosa de este capital intangible amasado por ciudadanos que, circunstancialmente al frente del gobierno municipal, han hecho honor a la probidad cívica.

Los jefes comunales y sus funcionarios podrán ser más o menos eficaces en la administración, pero de ellos se piden buenas intenciones y honestidad en los procedimientos.

La comunidad local parece tener claro este concepto. Quizá porque ella sabe, como una creencia arraigada, que la moralización del Estado ha estado en la base del desarrollo de Gualeguaychú.

El día que decline la cultura doméstica del manejo decente de los dineros públicos, a favor de la laxitud ética en el gobierno y en el manejo de los fondos oficiales, se habrá perdido una batalla clave para el futuro de esta comunidad.

Las sociedades que se acostumbran a lo peor, que se familiarizan con la corrupción política y estatal, debilitan su espíritu cívico y por este camino están condenadas a la decadencia.

Cambios cotidianos que dispara la crisis

El tembladeral económico –que genera una sensación global de incerteza sobre el futuro- sofrena la apetencia por los bienes, al tiempo que revalúa las relaciones humanas. Hay síntomas de giros en los hábitos consumistas en los países centrales, dominada hasta ahora por una lógica de la abundancia, por una cultura del derroche.o


De golpe, el derrumbe de los mercados ha dejado al desnudo la precariedad de un estilo de vida fundado en la opulencia. El engranaje de la economía se ha detenido, y vivir ya no equivale a consumir.

Si el trabajo o la actividad febril por procurarse dinero, con el fin de obtener objetos, daban sentido hasta ahora a la existencia de tantos norteamericanos y europeos, la quiebra del bienestar trastorna todo.

Por la fuerza de las circunstancias, ya se detectan signos de agotamiento de la cultura del tener, piedra de toque de un sistema que cifraba todo en el goce material.

En este contexto hay un retorno a una vida más sencilla, que privilegia los vínculos con la familia y los amigos, que rescata otro costado de la vida por fuera de la lógica mercantil.

Se dirá que esta mudanza durará lo que dure la crisis. Que una vez que se encamine la economía, volverá con fuerza la obsesión por los objetos, reiniciando otro nuevo ciclo consumista.

Es probable que esto ocurra. Aunque hoy parece prematuro aventurar un retorno sin más a las cotas de bienestar anteriores. Hay razones para sospechar que la crisis que afecta al sistema económico global no es coyuntural sino sistémica.

¿Quién puede vaticinar cómo será el nuevo orden económico y social que emergerá tras la caída de los valores financieros? La historia de la humanidad, a decir verdad, suele tener virajes inesperados. 

Por lo pronto, las crisis globales suelen impactar en las vidas cotidianas. Y en Argentina, de acuerdo a algunos relevamientos, los argentinos parecen seguir la onda que se detecta en otros lugares del planeta.

El 55% elige disfrutar de la familia y sus amigos, cuando hace ocho años el 66% prefería el dinero. Esto dice un estudio de la consultora de investigaciones de mercado GFK Kleiman Signos.

Hay varias explicaciones al fenómeno. Algunos expertos dicen que ante el hecho de que se trabaja más, para mantener equis estilo de vida, se han reducido las horas de disfrute con la famila.

Además las nuevas tecnologías –computadoras, correo electrónico, celulares, mensajes de textos, reproductores portátiles multimedia- han llevado el trabajo a espacios antes reservados a la vida personal (como el hogar).

La hiperconectividad, por tanto, supone trabajar cada vez más horas, agregándole otra carga a la vida diaria. “Hay un nivel de cansancio físico y psíquico brutales y mucha gente sigue trabajando en las vacaciones”, sostiene el psicoanalista Sergio Rodríguez (diario Clarín).

Para otros especialistas, como la psicóloga Mónica Rosemberg y el médico Daniel López Rosetti, se está dando un cambio de valores: “Lo que las crisis económicas dejan como aprendizaje es que los bienes, el dinero y hasta el trabajo se pueden perder de la noche a la mañana; entonces la gente apuesta a lo que perdura: la familia, los hijos, los amigos, los afectos”.

Rosetti comentó: “Tengo pacientes que dicen: ‘Yo tenía acciones en el City que valían 50 pesos pero hoy valen uno. Para que el City desapareciera tenía que suceder una invasión extraterrestre’. Sin embargo cayó en crisis también. Por eso la gente hoy valora el diálogo, jugar a las cartas, compartir momentos de la vida antes que la carrera por poseer”.

El todo vale

La decisión de la administración Kirchner de adelantar las elecciones legislativas nacionales confirma una vez más que todo vale a la hora de mantenerse en el poder. En términos maquiavélicos, es decir en la lógica que concibe que nada está por encima de la voluntad de poder, ni la ley ni el andamiaje institucional, acaso se esté en presencia de una jugada magistral.o


Se trataría, en efecto, de una hábil maniobra dirigida a fortalecer las chances electorales del oficialismo, que al achicar los tiempos de la votación, mejoraría su performance en las urnas.

Los beneficios, en estos términos, serían a priori claros. Los analistas coinciden que así el gobierno evita que los comicios se realicen en un momento de mayor tensión social, que espanta votos, porque en octubre la crisis económica se hará sentir con crudeza.

Además, a medida que pasa el tiempo, la Caja se evapora al ritmo de la caída de la recaudación, con lo cual el gobierno se queda sin margen para repartir, sobre todo en el conurbano bonaerense, donde tendrá lugar la “madre de todas las batallas”.

Paralelamente se menciona que en octubre el gobierno deberá tomar decisiones anti-políticas, como retornar al FMI (porque no podrá afrontar los vencimientos de deuda) o una muy probable devaluación (que pulverizará otra vez los ingresos), y entonces urge adelantar los comicios.

Algunos especulan, en este sentido, que despejado el “obstáculo electoral” –como ha dicho la presidenta- el gobierno podrá “chavizarse”, tomando decisiones extremas, que en principio son refractarias a la idiosincrasia de los argentinos.

La jugada sería inteligente, además, porque descoloca a la oposición (que no termina de armarse y ya está divididas ante la iniciativa), al tiempo que se pone freno a la fuga que se estaba registrando en las filas kirchneristas.

Otra virtud del adelantamiento es que el gobierno elude el dilema que le plantea el campo. Ahora el foco de atención no serán las retenciones sino la puja electoral. También las otras demandas sociales, como la inseguridad, quedarán eclipsadas.

Probablemente haya otras ventajas de índole electoral. Pero la pregunta de fondo que hay que hacerse es cómo sale parada la Argentina, como país, ante esta inocultable manipulación institucional.

Lo cierto es que modificar los plazos electorales establecidos por ley –la elección nacional debe ser el último domingo de octubre de acuerdo al Código Electoral vigente- de acuerdo a conveniencias políticas partidarias, ratifica que la Argentina es un país que viola sistemáticamente las reglas de juegos institucionales.

Estamos en presencia, una vez más, de una lógica facciosa en la gestión institucional del país. El mensaje último lanzado por el oficialismo es que cualquier medida puede ser posible con tal de asegurar el triunfo electoral.

A decir verdad, esto de erigir la voluntad de poder por encima del derecho, no es nuevo en la Argentina. Hace 20 años, Raúl Alfonsín adelantó más de cinco meses las elecciones presidenciales de 1989, porque su equipo económico le informó que el plan económico tendría vida hasta entonces.

Es decir, ¿quién o qué fuerza política puede tirar la primera piedra en la Argentina?. La anomia institucional del país viene de lejos, y a la vista de los acontecimientos, parece un cáncer que lo carcome.

“¿Por qué adelantan tanto las elecciones? ¿Tienen miedo de perder? ¿Dónde está la calidad institucional?”. Estas palabras republicanas no fueron dichas por un dirigente opositor, sino por el mismísimo Néstor Kirchner hace unos días, apuntándole a Catamarca.

Como se ve, todo vale.

¿Cuál corrupción?

No parece causar ninguna conmoción en la opinión pública que el fiscal que ha estado investigando casos de corrupción en el gobierno haya renunciado denunciando la “impunidad casi absoluta” que reina en el Estado.o


Frustrado por el recorte de sus funciones, y hostigado por el poder político, Manuel Garrido acaba de abandonar la estratégica Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas (FIA). 

“Está claro que la corrupción –dice en su renuncia– es un fenómeno que se da en mayor o menos medida en todos los países pero lamentablemente el nuestro se destaca por la impunidad casi absoluta de ese fenómeno y la falta de decisión y seriedad para hacerle frente.”
La indiferencia social hacia esta renuncia habla mucho de un país que se ha familiarizado con la corrupción política. ¿Resignación acaso? Más que eso: moralizar al Estado nunca ha sido una bandera de la sociedad.

En Argentina -hay que decirlo- no se cree que los gobiernos tengan que ser decentes. De hecho entre nosotros mientras la economía marcha más o menos bien, a los gobiernos se les perdona todo.

En la época menemista, cuando afloró la prosperidad, los escándalos de corrupción en el Estado eran pintoresquismo. “Roban, pero hacen”, se justificaba cínicamente.

La izquierda entonces aparecía como el fiscal moral de la República, frente a la obscenidad de la derecha. Ahora que es gobierno, y ante los casos de corrupción K, el progresismo elabora su propia impostura ética.

“Roban, pero condenan”, parecen decir quienes están dispuestos a defender la política de “derechos humanos” de este gobierno al precio de tolerar su desdén ético por la cosa pública.

A principio del siglo XX, ya lo había visto el político francés Georges Clemenceau: “Argentina crece gracias a que sus políticos y gobernantes dejan de robar cuando duermen”.

Pero ha sido nuestro Jorge Luis Borges el más elocuente: “El argentino suele carecer de conducta moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de veneración general y se llama viveza criolla”.

Esta viveza criolla, una suerte de vía libre a la impunidad, se lleva con orgullo.  Porque por alguna razón los argentinos parecen no necesitar de la honestidad para progresar.

Colonizados por un nacionalismo berreta, nos creemos maravillosos, un pueblo llamado a “un destino de grandeza” y “condenado al éxito”. Si hasta acá nos ha ido mal, creemos, es porque el mundo no nos quiere y conspira contra nosotros.

Es el modelo “maradoniano” de instalarse en el mundo. “Me cortaron las piernas”, dijo el ídolo del fútbol, cuando lo sacaron de un mundial, y la hinchada lo ovacionó.

Es decir, lo que le pasó no tenía nada que ver con algo que él había hecho (jugó dopado). No, todo fue producto de una conjura de la FIFA. En suma, somos maestros en eludir nuestros horribles y gravosos defectos éticos.

Como bien dice Marco Aguinis: “Nos cuesta reconocer que las trabas a nuestro progreso derivan, en primer lugar, de nosotros mismos. Que estamos afiebrados por vicios de profundo origen”.

Alguien ha dicho por ahí que las riquezas envilecen. Quizá sea el caso de la Argentina, cuyos habitantes hemos nacido bajo el mito de la prosperidad. Con el respaldo de nuestras riquezas naturales, nos creemos llamados a vivir bien, sin esfuerzo, en el facilismo, elogiando la trampa y por fuera de la ley.

¿A quién le conmueve, en este contexto ético, que un fiscal renuncie advirtiendo que en el Estado campea la “impunidad más absoluta”?

La usura hace sentir su peso

Los industriales, los productores agropecuarios, las PyMES, los particulares, se quejan con razón de la carestía del dinero en la Argentina. El dato es que la dictadura de la tasa de interés agobia a la sociedad.o


La macroeconomía del país revela que la usura –que según el diccionario es el “interés desmedido que se cobra por los préstamos”- está instalada con fuerza.

En principio algo no funciona bien cuando, de acuerdo con datos oficiales, el sector bancario es uno de los más rentables de la economía. Sus balances lucen holgados en momentos en que declina la rentabilidad en el sector productivo.

Además, el gobierno, que suele quejarse porque las tasas están altas, escamotea el hecho de que la deuda pública –que él y los gobiernos anteriores contribuyeron a agrandar- es un cáncer inocultable.

La presidente Cristina Kirchner practica un discurso clasista con el campo. Cada vez que puede, ante la demanda agraria, trata a los productores de ricos avarientos.

El campo hoy pide que le saquen las retenciones para seguir trabajando. Frente a esto, desde el poder político se le contesta que tienen que seguir pagando impuestos.

La pregunta es ¿adónde va el dinero que se cobra por las retenciones? ¿Tiene un rédito social, en términos distributivos, como se insinúa oficialmente? Ahí está el punto: lo que no se dice –sólo lo saben los especialistas- es que ese dinero se destina a pagar deuda.

El gobierno ha logrado instalar en la opinión pública que la Argentina no tiene problema de deuda. Sin embargo, el endeudamiento del país está en los mismos niveles que antes de la crisis de 2001.

Al respecto, hace poco el ex presidente Eduardo Duhalde, conocedor de este tema, ha sugerido repudiar la deuda externa argentina, aprovechando la crisis financiera global.

Más allá del oportunismo de esta declaración, lo que delata es el intolerable peso de la deuda pública para el país, hoy incapacitado de hacer frente a esa carga, a no ser al precio de la ruina de su aparato productivo.

Curioso sesgo de la política de “distribución de la riqueza”: la parte del león de la renta generada en la producción se la lleva el sector financiero.

¿Cuándo hay técnicamente usura? Cuando el capital dado en préstamo olvida que depende del resultado económico de los prestatarios, sean éstos países, empresas o particulares.

Es decir, cuando se exige una tasa sin importa cuál es la suerte de quien tomó el préstamo, sin considerar el contexto económico en el que opera. ¿Es lícito recibir un interés?.

Sí, pero en la medida en que el prestamista asuma los riesgos de la operación. Para que no haya usura, los intereses sólo pueden ser pagados de las ganancias. Es decir, es justo que el prestamista reciba una parte de los beneficios de la operación.

Pero cuando quien recibió el préstamo quebró o se fundió, no puede reclamar en abstracto por sus intereses, como si a él no le importase la evolución económica del negocio.

Es lógico, por tanto, que los productores agropecuarios, que se endeudaron para producir, ante la debacle en la rentabilidad de sus explotaciones, pidan a los bancos que asuman riesgos y rebajen los intereses.

¿Y qué decir de aquel asalariado que “tarjeteó” para comprar cosas, que al cabo por la carga de los interese termina pagando el doble, y que ve cómo se erosiona su salario por la inflación?

¿Qué decir del empresario pyme que, hoy en problemas, pide un préstamo y le cobran entre 21 y 23%?  ¿Qué decir del gobierno que no puede rebajar impuestos a sus productores quebrados con la excusa de que hay que mantener el superávit fiscal para pagar deuda?.

La protesta que marcó un punto de inflexión

Más allá del juicio de valor que se haga del conflicto agrario disparado por la Resolución 125 –que el campo recuerda hoy a la vera de las rutas- está claro que marcó un hito en la historia contemporánea argentina.o


Como en todas las cosas donde se juegan intereses humanos, un mismo acontecimiento bisagra divide aguas a la hora de juzgarlo. Para el gobierno K hoy es poco menos que un duelo.

Aunque no quiera reconocerlo, marzo de 2008 hirió severamente su proyecto político iniciado en 2003. “Nunca ningún gobierno perdió tanto poder en tan poco tiempo”.

Con esta frase se buscó simplificar el costo político por haber enfrentado, abiertamente, a los productores agropecuarios. Se comprobó que, al cabo, la táctica oficial fue contraproducente.

Más allá de su injerencia obvia en la economía –aunque hasta allí subestimada- el campo era un subsector sin peso específico en los asuntos públicos, que encima se mostraba socialmente disgregado.

Pero los ataques simbólicos que recibió, en aquellas encendidas jornadas de demonización desde los palcos oficiales, lograron lo que no entraba en los planes de nadie.

En el campo renació la conciencia de sí. El conflicto con el gobierno, así, tuvo un efecto inesperado: apareció un actor social activo en la vida nacional. Este protagonismo se alimentó de otro ingrediente: la ciudad saludó este ingreso.

Es que el conflicto trascendió la frontera campera. La rebelión en la granja colocó en la agenda pública no sólo la importancia de la carne, la leche y los granos.

De repente, se comenzó a hablar de federalismo. Los hechos históricos hacen pedagogía a su modo. Los argentinos aprendieron por la protesta que el interior existe, y que la riqueza que aquí se genera se la apropia el poder central.

Por otro lado, el público se enteró del peso del agro argentino. El sector agropecuario –agro y agroindustria- representa más del 30% del PBI, alrededor del 35% del empleo y contribuye con más del 50% de las exportaciones totales del país.

El interior argentino, donde viven millones de compatriotas, tiene atada su suerte a la del campo, que incluye las llamadas economías regionales (vid, cítricos, algodón, yerba mate, etc.).

Como se sabe, el conflicto agrario sigue abierto. Ha pasado un año desde que los productores de bienes primarios se sublevaron. Y a decir verdad, el cuadro de conflictividad persiste, pero agravado.

El origen de la disputa es la apropiación de la renta agraria, a través de las retenciones. Pero en marzo de 2008 se dio en un marco de abundancia.

Increíblemente, desde esa fecha hasta hoy una sequía furiosa produjo daños tremendos al campo mientras se produjo un desplome notable de los precios agrícolas en el mercado mundial.

Conclusión: si un año atrás se discutía cómo distribuir mejor los excedentes agrícolas, hoy se discute el reparto de pérdidas, en un contexto de declinación drástica de la rentabilidad de las explotaciones agropecuarias.

Nadie sabe cómo terminará el conflicto entre el gobierno K y los productores. Una cosa parece clara: la importancia del campo en la economía no está reconocida por la sociedad política.

Esta miopía se refleja en la ausencia histórica de una política agropecuaria. Es la ironía imperdonable de la Argentina: uno de los países mejor dotados para producir alimentos –algo que la humanidad demandará siempre- no tiene una política acorde.

Acaso la rebelión por la Resolución 125, que hoy se recuerda, ingrese a la historia Argentina como el inicio de una revolución copernicana en la economía del país.

Unos atesoran y otros se despojan

De un tiempo a esta parte, en un contexto de terremoto económico, ha aumentado la presencia de dos públicos con móviles diversos ante casas de cambio y joyerías. En el primer caso es gente que cambia su tenencia de pesos por dólares. A muchos particulares, familias y empresas, les entró la fiebre por la divisa norteamericana, con el objeto de atesorar valor.o


Quienes visitan las joyerías, en tanto, lo hacen para desprenderse de alhajas, porque están con la soga al cuello, a caballo de la crisis económica. Según los reportes del sector, esta actividad de las joyerías aumentó un 30% respecto del año pasado.
Es decir, se trata de argentinos con suerte diversa ante la crisis. Unos tienen capacidad de ahorro y ven en la divisa norteamericana un refugio de valor, el medio de atesorar.
Porque la experiencia les indica, contra lo que recomiendan los funcionarios de turno, que en la Argentina quien apuesta al dólar siempre gana. Escépticos del gobierno, guardan sus dólares en “el colchón” o directamente los fugan del país.
Otros, en cambio, apretados económicamente, se des-atesoran, se despojan de objetos de valor (antigüedades, relojes, alhajas, etc.), para hacer frente a gastos urgentes.
Es el “efecto pobreza” que se coló en las clases medias altas, las que pueden esquivar los apremios materiales recurriendo a las míticas “joyas de la abuela”. Esta práctica, muy extendida en 2002, se irá profundizando a medida que la recesión golpee más fuerte.
Por cierto que entre quienes apuestan a la venta de joyas están también los que buscan alguna tajada. Según los analistas, el buen precio del oro alienta a algunos a sacar de la cómoda sus joyas.
Esta franja busca obtener un rédito financiero. Está vendiendo herencias de la abuela no para comprar cosas sino para comprar dólares, porque intuyen que la divisa extranjera está “barata” y se va a disparar en el futuro.
Según los joyeros, más que las pinturas y antigüedades, lo que más rinde hoy son los brillantes: 10.000 dólares el quilate. En tanto, hay anillos de algo más de 25.000 dólares.
Por lo demás, está claro que entre los argentinos que buscan cubrirse, en una situación de debacle económica, los billetes verdes despiertan pasión. El dato es que durante 2008 hubo una salida récord de dólares.
Eso significa que quienes tienen capacidad de ahorro, y en teoría deberían gastar su dinero en bienes y servicios o en su defecto invertirlo en el país, prefieren llevarlo a otro lado.
Difícilmente un país pueda progresar si la gente de dinero lo fuga. Estructuralmente, esta tendencia ha condenado a la Argentina a ser un país que exporta capitales.
Por eso en las últimas décadas, ante esta sangría de ahorro argentino, los gobiernos han apelado a todos los recursos para financiarse y mantener la actividad económica.
Endeudamientos siderales, ahorros forzosos, impuestos exorbitantes, incautaciones de recursos previsionales, corralitos, en fin, todas fórmulas argentinas para suplir los capitales fugados.
Hábiles para zafar de la voracidad fiscal, de las mañas de los gobiernos, los argentinos han desarrollado un instinto infalible para saber cuándo sacarse los pesos de encima y apostar al dólar.
Al parecer hoy muchos perciben que la divisa norteamericana, indefectiblemente, llegará a los 4 pesos a fin de año. Saben que la inflación le ganó al precio de esa moneda, que el campo venderá menos granos al exterior, que los vencimientos de deuda pública son mayores, que la recaudación se cae.
Perciben que las tendencias devaluacionistas del peso, más o menos abruptas, continuarán. Y esto es toda una invitación para pasarse al dólar.

Un país que carece de diplomacia comercial

Argentina es de esos países que, por falta de visión de sus élites, nunca tuvo una estrategia diplomática al servicio de sus intereses económicos. Por eso ha resultado perdidosa en la competencia internacional.o


De ahí la oscilación desopilante de su diplomacia en las últimas décadas: de alinearse acríticamente a Estados Unidos en los ‘90, ahora cultiva “relaciones carnales” con el régimen chavista.

Quiso primero sumarse a la globalización económica, con la ingenuidad de quien cree que le va a ir bien adulando al poder hegemónico de turno, y ahora practica la receta contraria: se asocia con regímenes latinoamericanos, de peso marginal, que vocean revoluciones setentistas.

Son los giros típicos de un país sin brújula, que no sabe lo que quiere, y nunca se ha preguntado cuál es su misión en el mundo. Se diría que su política internacional está dictada por la esquizofrenia ideológica de sus elencos gobernantes.

O mejor dicho, por las necesidades doméstica, donde desde hace décadas la clase política, desconectada de los intereses reales de la Argentina, está en la pelea chica por cuotas de poder y entregada a disputas ideológicas trasnochadas.

No se necesita ser un analista consumado para darse cuenta que la Argentina, por este desvarío histórico, ha perdido peso internacional, nadie le cree y hoy ocupa una posición menor en el concierto de las naciones.

El país, en suma, adolece desde hace décadas de una estrategia económica nacional y una concepción diplomática que le sirva como proyección de los intereses argentinos ante el resto del mundo.

O en otras palabras, le falta la gran política, la única necesaria que la eleve a la categoría de nación con aspiraciones de protagonismo en el concierto mundial.

La contracara de Argentina es Brasil. El país norteño tiene autoconciencia de sí, sabe lo que quiere, sobre todo su clase política y empresaria, y expresión de ello es su aguerrida diplomacia comercial.

Brasil tiene aspiraciones de gran potencia y de poder hegemónico regional. Lleva un recorrido estratégico de ejecución exitosa e ininterrumpida.  Lo cual contrasta con la debilidad estratégica y geopolítica de la Argentina.

Brasil organiza su política y su economía según sus intereses exclusivos, lejos de las búsquedas de réditos vulgares. Su empresariado tiene confianza en sí mismo porque se sabe parte de una estrategia global en sintonía con la élite gobernante.

Al respecto, ¿qué decir de la burguesía industrial argentina? Contagiada por el desvarío de la clase dirigente local, nunca ha comprendido la necesidad de competir en el mercado mundial. Durante décadas, su único interés fue cuidar el mercado interno.

Su función ha sido, por tanto, conseguir sobreprotección arancelaria estatal, la cual le permite tener grandes ganancias sin esfuerzo. El resultado: no sabe exportar ni competir internacionalmente.

Curiosamente, ha sido el empresariado del campo –hoy estigmatizado por el gobierno- quien se ha mostrado dinámico y ha sabido adaptarse a los cambios globales, al punto que los productores agropecuarios argentinos son los más eficientes en lo suyo a nivel internacional.

El gobierno argentino, acuciado por la crisis mundial, y ante el agotamiento de la estrategia de “vivir con lo propio”, acaba de convocar a todo su cuerpo diplomático, para dinamizar negocios globales.

La idea es transformar a las embajadas en oficinas comerciales. Parece una decisión tardía, a la vista de todo el tiempo que se ha perdido. No obstante lo cual, merece saludarse pensando en el interés del país.

El desplome de Europa del Este

Con la caída del Muro, veinte años atrás, los ex países comunistas se lanzaron abruptamente al capitalismo. Tras vivir una luna de miel con el ingreso de capitales de Occidente, sus economías caen hoy estrepitosamente.o


 

Los reportes extranjeros hablan del fin de una ilusión. Así describen la decepción que se abate sobre los países bálticos, Hungría, Rumania o Ucrania, que ahora ven destruidos sus sueños de riqueza al estilo occidental.

Venían de la sociedad disciplinaria comunista, donde sobrellevaban una vida gris trabajando para una élite de burócratas. Querían sumarse a la empresa de progreso, bienestar y libertad que les prometía Occidente.

Paradojas de la historia: de esa manera desmentían el vaticino de Carlos Marx, quien había asegurado el tránsito seguro del capitalismo al comunismo. La cosa resultó a la inversa.

A veinte años de ese viraje, y tras una apertura brutal a los capitales occidentales, los ex países del Este europeo han entrado en la bancarrota, en medio del derrumbe del sistema económico que los había encandilado.

En las últimas dos décadas las naciones ex comunistas participaron del “proceso de convergencia” con la Unión Europea (UE). La idea era que hicieran su reconversión al capitalismo a través de ese bloque.

En virtud de estos cambios, recibieron ingentes sumas de dinero de bancos de Alemania, Austria y demás, lo que generó un ciclo de burbuja y plata dulce. El problema es que hoy están expuestos al no pago.

Lo que se está viviendo en países como Letonia, por ejemplo, asemeja a un fin de fiesta. Este país conoció un crecimiento del 14% anual de su economía, cebado por el ingreso de euros.

Pero los días de oro desaparecieron. “Después de su independencia de la URSS en 1991 y sin esperarlo, Letonia ha regresado brutalmente a lo básico, donde la miseria que viene no será muy diferente a las privaciones que vivieron en la era soviética, pero ahora en plena UE”, escribe María Laura Avignolo, corresponsal de Clarín en ese país.

El fracaso de Letonia es una muestra de la fragilidad de las economías de los ex países comunista. El fenómeno ha puesto en guardia a las elites de esas naciones. El primer ministro húngaro ha advertido sobre una “nueva cortina de hierro económica” si no hay un paquete de ayuda para toda la región.

Los especialistas hacen distintos diagnósticos sobre este desplome de la Europa del Este. Morsen Hansen, un académico de la Escuela Económica de Estocolmo, y prestigioso experto en países bálticos, suscribe la teoría de la burbuja financiera.

Asegura que Europa del Este se construyó con enormes desequilibrios. Y culpa al entonces presidente de la reserva federal, Alan Greenspan por permitir bajar sustancialmente los intereses en 2001.

Eso significó, dijo, una inmensa liquidez y un boom de crédito también en los países del Este, que cebó el consumo y el mercado inmobiliario. Pero este boom no se correspondía con la productividad de esos países.

El economista asegura que la política de “convergencia” en la UE –o reconversión de los países del este- se ha evaporado. “Esto va a enseñar, especialmente a los políticos, que la convergencia exige reformas, educación, inversiones sólidas pero que no son fáciles de hacer. ¡Se acabó la fiesta!”, explicó Hansen.

Además, el economista señaló: “Lo más triste de esta crisis es que demostró que Europa del Este continúa siendo pobre. Soy muy crítico de la educación aquí. Entrar a la Academia de Ciencias es como entrar a un Museo de Dinosaurios. Se podría decir que esto sigue siendo la URSS en muchas actitudes. Se necesita al menos otra generación para tomar distancia”.

 

El dilema fiscal en época de escasez

Mientras el gobierno pretende que no se hable de las retenciones, el campo y los líderes de la oposición quieren que se rebajen, y anticipan una disputa en el parlamento. La discusión tiene varias aristas. En principio los tiempos ya no son los mismos que un año atrás, cuando para esta época los productores se rebelaron contra la Resolución 125.o


Esa fue una discusión en la abundancia, pues la soja frisaba los 600 dólares por tonelada. Entonces el gobierno K pudo blandir el argumento de la apropiación de la “renta extraordinaria”, con fines distribucionistas.

Pero el contexto ha cambiado dramáticamente. La descenso vertiginoso de los precios de los granos a nivel internacional –la soja cayó a la mitad de su valor- sumado a los males de la sequía, golpeó al campo.

Pero también asestó un duro revés a las arcas del gobierno, que hasta aquí era adicto a los ingresos generados por las retenciones. Es decir, ahora la puja por la renta agraria se da en un marco de escasez.

Mientras tanto la economía argentina entró en un proceso recesivo, apalancado por la crisis mundial, con lo cual el gobierno empezó a perder ingresos por otros impuestos.

A esto se suma el dato inquietante de la deuda pública, cuyos mayores vencimientos se concentran en 2009 y en los años sucesivos. Ergo: los problemas de caja se potenciaron repentinamente.

¿Cómo hace el gobierno K, con las cuentas escuálidas, para aplicar políticas anticíclicas, y así evitar una profundizar la recesión, como manda la receta keynesiana?

¿No formaba parte también del pensamiento de Lord Keynes –al cual el progresismo dice adherir- que los Estados deben ahorrar en épocas de vacas gordas, para poder gastar después y bajar impuestos cuando la economía declina?

Da la impresión que esta parte de la receta no fue seguida por el gobierno K en estos años de bonanza. Por eso en lugar de liberar recursos para mantener el dinamismo económico, en la crisis, el fisco se lanzó a procurarlos.

Utiliza así la medicina contraindicada. Pretende mantener la misma presión fiscal, cuando el escenario productivo es a la baja. Los impuestos, que antes eran pagables, ahora son una carga pesada para los contribuyentes.

La desesperación por hacer caja se vio primero con la incautación de los ahorros previsionales. La estatización de las AFJP es un reflejo de esa desesperación, más allá de los argumentos ideológicos a favor del sistema de reparto.

Con los mismos bríos fiscalistas el gobierno se aferra a la decisión de mantener las retenciones al agro. Pero así como el manotazo a los ahorros previsionales produjo una fuerte salida de capitales, mantener la presión fiscal sobre el campo plantea dilemas más complejos.

En concreto podría profundizar el quebranto de miles de productores, que han perdido rentabilidad en sus explotaciones, y por esta vía herir de muerte a todo el aparato productivo de interior del país.

Mientras el gobierno cree que al campo todavía se le puede sacar leche –la presidente lo ubica dentro de los sectores del “privilegio”- los productores aseguran que ya no está en juego su ganancia sino su supervivencia.

Las retenciones, en este sentido, son perversas. No son un impuesto que se aplique a las ganancias sino al valor bruto de la producción, actuando como un costo más en la ecuación económica de los productores.

En virtud de esto, el Estado recauda siempre sin importar si el productor de soja, por ejemplo, pierde plata al vender su cosecha. Es un modelo parecido al de la usura, por el cual el prestamista embolsa igual sus intereses, aunque el beneficiario del crédito se haya fundido.

El ocaso del arte de escribir a mano

En una época tener buena caligrafía era importante, porque se trataba de un oficio conectado con la vida. Pero el triunfo de la digitalización está haciendo obsoleta la escritura a mano.o


Como se sabe, la formación de letras se enseña en las primeras etapas de la escuela primaria. Las maestras instruyen a los chicos sobre las habilidades de la escritura.

Tener “buena” letra sigue siendo una clave de prestigio en el aula, más allá de la importancia gramatical del discurso. Por eso la forma, las inclinaciones y las curvas de la caligrafía pesan tanto.

Es el mundo del lápiz y el papel. El lugar en que los alumnos deben ejercitarse en la destreza de la mano sobre el papel. Y la práctica del dictado ha estado unida a este aprendizaje.

Algunos de nosotros, además, habremos escuchado historias sobre las torturas de que eran objeto los zurdos en el pasado. Se cuenta que muchos de ellos eran obligados a escribir con la mano derecha mientras le amarraban la “mano mala”.

Sin embargo, el dato es que la escritura a mano pasa a un segundo plano a medida que el niño crece. Ya en la vida adulta las oportunidades en las cuales se requiere de este arte son cada vez más escasas.

¿En cuántas ocasiones comunicativas utilizamos un lápiz o un bolígrafo? El lector que pueda hacer el auto-análisis correspondiente, caerá en la cuenta que esa práctica se ha restringido.

En principio el correo electrónico está reduciendo al mínimo a la carta como instrumento de comunicación cotidiana. Y por cierto que estamos muy lejos de esa época en que todos los registros del Estado se hacían a mano.

Antes, cuando circulaban más papeles escritos a mano, podíamos detectar la presencia de una persona al toparnos con su caligrafía, devenida en una huella humana inconfundible.

Por eso generaba tanta fascinación, en la generación anterior, ese arte de escudriñar la personalidad a través de la escritura que es la grafología.

Pero el avance de las nuevas tecnología electrónicas –sobre todo la computadora- ha reducido notablemente en la vida cotidiana las oportunidades para empuñar un bolígrafo.

A veces lo único que las personas escriben a mano es un garabato rápido con los números telefónicos de alguien, dictados rápidamente y escritos sobre un papel. O hacen alguna lista para el supermercado.

Se escribe algo para saludar en las fiestas de fin de año, pero por lo general las tarjetas de Navidad contienen los pensamientos ya impresos. De suerte que casi no hay que agregar nada, de cuño propio, al mensaje prefabricado.

Estos cambios son objeto de reflexión de escritores y semiólogos en el mundo, quienes especulan que quizá en el futuro nuestros nietos no puedan leer nuestras cartas.

“Cuando tus tataranietos encuentren una antigua carta en el ático de la casa tendrán que llevarla a un especialista, a un señor mayor en la biblioteca que tendrá que descifrar lo que está escrito”.

Eso comenta la escritora británica Kitty Burns Florey, autora del libro “Caligrafía y garabatos: auge y caída de la escritura a mano”. Es decir, no es descabellado pensar que en el futuro, nuestras cartas podrían convertirse en algo tan difícil de leer como un manuscrito medieval.

A propósito, la proliferación de los textos electrónicos, en reemplazo de los de papel, supone la desaparición fáctica de las huellas humanas, como legado a nuestros descendientes.

Sin embargo, persiste la duda de la pérdida cultural de estos cambios. ¿En qué medida no afectan el aprendizaje de la expresión de ideas, sobre todo en las nuevas generaciones?

Argentina, jaqueada por el narcotráfico

Los sangrientos ajustes de cuentas, la presencia de sicarios extranjeros, los negocios fáciles de jóvenes ostentosos, la implicación de funcionarios y policías, el envenenamiento de los pobres por el “paco”, pintan un cuadro tétrico del país narco.o

 


Para algunos es el lado más inquietante de la degradación de la Argentina. De un tiempo a esta parte una seguidilla de asesinatos y crímenes múltiples, que llevan la marca de la mafia de la droga, ha conmocionado la opinión pública.

El famoso caso de la “efedrina”, en el que se ve a jóvenes empresarios ávidos de dinero fácil, ligado a la venta de medicamentos, apalancados por redes clandestinas en el territorio, muestra un grado de descomposición de las clases acomodadas.

Paralelamente, las sospechas de connivencia de funcionarios y policías en el negocio del narcotráfico, agregan un cóctel explosivo. Un símbolo de esto fue el hallazgo de 8 kilos de cocaína escondidos dentro de una camioneta de la Secretaría para la Prevención de la Drogadicción (Sedronar).

Lo más llamativo son los ajustes de cuentas de sicarios mexicanos y colombianos, pertenecientes a grandes carteles de la droga, en territorio argentino. La presencia de organizaciones criminales foráneas muestran un país jaqueado por el narcotráfico.

En semejante cuadro, se escuchan voces de alarma ante iniciativas oficiales como el blanqueo de capitales, caldo de cultivo para la entrada de dinero sucio de la droga. O que llaman la atención sobre el financiamiento espúreo de campañas políticas. 

A todo esto, días atrás se conoció un documento firmado por 80 magistrados del país cuyo contenido causa escalofríos. Allí se habla que el nivel de tráfico “no registra antecedentes” en la Argentina.

La declaración de jueces y magistrados nacionales, provinciales y federales de todos los fueros ocurre en momentos en que a nivel oficial se impulsa una ley para que no se castigue al consumidor de drogas, una iniciativa liderada por el ministro de Justicia de la Nación, Aníbal Fernández.

El grupo de 80 magistrados ha señalado, a propósito, que al perseguir al consumidor “se ha distraído la atención en contra de los espacios de corrupción política y policial”. 

Ha dicho que de parte del Estado “no hubo la misma dedicación hacia las organizaciones del tráfico ilícito que, en muchos casos, recibieron protección política, administrativa y judicial”. 

Al criticar la actual legislación, los magistrados afirmaron que la política vigente no sólo no ha disminuido el tráfico de narcóticos ni su consumo, “sino que siguen en alza” en un nivel “sin precedente” en el país.

En otra parte del documento, se menciona que de los consumidores más pobres -que “están lejos de una oferta de tratamiento”-, se ocupa la justicia penal. Mientras que de aquellos de las clases medias y altas se ocupa “una oferta tercerizada de abordajes terapéuticos, en muchos casos verdaderos fraudes de etiquetas”.

En tanto, recientemente el juez de Garantías de La Plata, César Melazo, cargó contra la indiferencia que, según él, cultivan los funcionarios frente al problema. “Se hacen los salames todos (…) Se está muriendo una generación con el ‘paco’  mientras a muchos funcionarios les parece simpático fumarse un pucho de marihuana en algún recital”.

Melazo fue más polémico aún al señalar que “varios funcionarios tienen que pedir una nariz prestada para pasar una rinoscopía”, algo que motivó que el ministro Aníbal Fernández, preocupado por las críticas a su gestión, desafiara el juez a hacerse esa prueba juntos. Mientras tanto, la Argentina muestra todos los síntomas de un país narco.

No hay margen para seguir peleándose

En un contexto mundial de hundimiento económico sin precedentes, Argentina necesita paz consigo misma para enfrentar las tormentas que se avecinan. ¿Es posible un giro del clima ético político del país?o


En este sentido, uno quisiera creer que los acuerdos parciales firmados por el gobierno y la mesa de enlace del campo, están animados por un espíritu de reconciliación.

Porque, a decir verdad, ya no se puede seguir tirando de la cuerda de la discordia. El país no toleraría otro enfrentamiento como el del año pasado –cuando los productores tomaron las rutas- sin riesgo de disolución nacional.

No hay margen para la guerra facciosa en la Argentina. No hay más margen para la vendetta política, para la arrogancia del poder, para las estrategias amigo-enemigo, para querer sacar rédito político del encono social.

¿Hay que entender el proceso de acercamiento gobierno-campo como una toma de conciencia, sobre todo de quien lleva las riendas del poder, de que es inviable seguir dividiendo a los argentinos?

¿Marca el episodio el fin de una cultura política que exalta la construcción de hegemonía de poder, que ve en el otro diferente y que piensa distinto alguien a quien someter o eliminar?

¿Estamos en los prolegómenos de un giro copernicano en el ejercicio de la autoridad en la Argentina? ¿Vamos hacia un liderazgo de la nación asentado sobre bases éticas, dispuesto a recrear la confianza de los gobernados?

¿Se desembaraza la política del resentimiento como combustible básico –cual energía destructiva de la sociedad-, y es ganada por el ánimo de magnanimidad, por la generosidad y nobleza de espíritu?

¿Abandona su maniqueísmo de fondo, que ve al mundo y a las personas en blanco y negro, para dar lugar a la prudencia, esa rara virtud del gobernante que acepta la irremediable mezcla en los asuntos humanos?

Quisiéramos creer, en realidad, que la cultura del poder está en proceso de metamorfosis en la Argentina. Y que un signo de esa metanoia –o conversión- es el incipiente acuerdo entre el gobierno y un sector socioeconómico clave de la vida nacional.

Hay consenso entre los analistas, al respecto, que hubo un giro en el gobierno nacional frente al conflicto agrario. Eduardo Van Der Kooy, del diario Clarín, especula que esto se debió a un “susto presidencial”, ante la dinámica que están adquiriendo los acontecimientos mundiales.

“La intervención que llegó justo antes del abismo”, tituló por su lado Joaquín Morales Solá, del diario La Nación, al hablar del papel que jugó la presidente Cristina Kirchner en la reunión con la mesa de enlace.

La mandataria “decidió jugar su figura y su palabra antes que las cosas perdieran todo el control”, señaló.

Como se ve, el poder político parece haber tomado conciencia que en este asunto el país camina sobre la cornisa. ¿Se habrá comprendido que lo que se juega detrás del conflicto agrario es la paz social? 

La cosa no está superada ni mucho menos, aunque hay que persistir en el espíritu de arreglo. Todo indica que hay que hacer esfuerzos mayores para recomponer la situación, para lo cual los dirigentes agrarios también deben colaborar.

Nuestro deseo, insistimos, es que estos acuerdos se inscriban dentro de una transformación de la cultura política del país, y no sean un puro repliegue táctico de una estrategia que sigue creyendo en la guerra.
Acaso la crisis internacional –que asusta a nuestros dirigentes- sea una ocasión dorada para un acuerdo nacional que privilegie a la Argentina, su conservación, por encima de los egoísmos de grupo.

El valor de la vida tras tocar los límites

En una cultura que exalta la ética trivial hacia el éxito, o que cree que la vida se reduce a gozar, el testimonio del doctor Jorge Rodríguez Kissner, que virtualmente regreso de la muerte, conmueve en más de un sentido.o


Al obstetra de 47 años le tocó estar cara a cara con la muerte. Fue una experiencia límite conmocionante, cargada de dolor, de la cual, según ha dicho, ha salido con otro concepto de la vida.

Es la historia de un hombre joven que experimenta un giro drástico en sus días. Un mimado de la vida, poseedor de una existencia perfecta desde el punto de vista familiar y profesional, de repente ve derrumbarse su mundo.

La causa: una miocarditis viral fulminante le destruyó literalmente el corazón. Inmediatamente, el doctor Kissner pasó a ocupar el primer lugar en la lista de urgencias del Incucai.

Es decir, su vida empezó a depender de la donación de un corazón, de la decisión de una familia de entregar el órgano de alguien querido ya fallecido. En suma, sólo el transplante de un corazón podía salvar a Kissner.

Sus familiares y un grupo de amigos, desesperados, desataron una campaña solidaria en todo el país. Antes del que el corazón finalmente llegara, el enfermo pasó semanas en coma, sobrevivió a veinte paros cardíacos, un par de shocks cardíacos, dos hemorragias, dos infecciones generalizadas y otras tantas operaciones de pulmón.

“Es obra de Dios que yo esté vivo”, fueron las primeras declaraciones que hizo Kissner, ya recuperado. Más allá de la ciencia médica, de la donación de un corazón y de sus propias ganas de vivir, el médico cree que volvió de la muerte por un milagro.

“A Dios lo tenía abandonado, pero ahora sé que existe. Mis chicos volvieron a jugar por primera vez en meses. He renacido”, dijo.

Es la confesión de alguien que experimentó la precariedad de su propia existencia, y se enfrentó al misterio de la muerte, donde enmudecen todas las arrogancias y vanidades humanas.

“Yo era una persona absolutamente sana hasta que, de un día para el otro, me dijeron que si no recibía un corazón me moriría en cuestión de días”, relata el médico, al explicar el giro dramático que tuvo su vida.

“Yo quería vivir”, confesó al explicar su determinación por ganar la batalla a la enfermedad. La donación para él era un tema asumido –había donado sus órganos cuando tenía 25 años- aunque nunca se imaginó que él la necesitaría algún día.

El médico ahora entiende que la vida es un don y, tras lo sucedido, es una ocasión para algo. “Si a uno le pasa lo que me pasó a mí y vuelve es porque tiene una misión. Mi lucha es divulgar el tema del transplante y la donación de órganos para ayudar a las 5.000 personas que hoy esperan uno”, declaró.

El hombre madura en el dolor y crece con él, es capaz de encontrar un sentido al sufrimiento, y de hallar un significado más profundo a su vida ante la cercanía de la muerte.

Esto parece decirnos Kissner con su testimonio. Una vez más, la experiencia del límite, allí donde todo se derrumba, puede ser una ocasión para modificar nuestro concepto de la vida.

No estamos acostumbrados a ver las posibilidades de valor que encierran los infortunios. Es que nuestra cultura autosuficiente mide lo humano en términos de éxitos y fracasos.

En esta perspectiva, el declive de la salud, al ponernos fuera de la carrera del éxito profesional, o de la búsqueda de poder y prestigio, equivale a un fracaso rotundo.

Pero el sufrimiento puede salvar al hombre de la rigidez del alma, puede sacarlo de la frivolidad de la existencia, y devolverle una dignidad perdida al recordarle su condición mortal.

Entre el látigo y la indulgencia

Pasan el tiempo y los gobiernos y la inseguridad ciudadana en Argentina no deja de crecer. Sobre todo en los grandes conglomerados urbanos, la vida es imposible. Días atrás una diva de televisión, conmovida por el asesinato de un colaborador suyo, pidió la pena de muerte y una legislación más severa.o


El episodio sirvió para que otra vez el tema de la inseguridad saltara al debate público. A juzgar por lo que se lee y se escucha en los medios, en la Argentina, a propósito, parece haber dos partidos.

Unos son los partidarios del látigo, es decir los que creen que con mano dura mágicamente se bajará la tasa de criminalidad, aunque la experiencia mundial al respecto arroja resultados dudosos.

Aquí se está por la “ley del Talión” sin más. La idea es devolverle al que delinque toda la violencia, y más todavía, que ha producido, en algo que se asemeja mucho a la venganza.

Hay una ideología subyacente a esta postura: la sociedad es totalmente inocente de los crímenes cometidos en su seno. El asesino o ladrón, según esta visión, es individualmente un ser inferior, alguien que es absolutamente responsable de sus actos antisociales.

Lo que se busca, por tanto, es extirpar esta maleza que nació en los jardines de la sociedad. Con el argumento de que el delito es una opción libre más en la oferta de la vida. Por tanto, para preservar la seguridad de la sociedad, quienes eligieron esa vida deben pagarlo caro.

Estamos, en realidad, frente a una posición extrema que idolatra el látigo en sí mismo, como corrector del crimen. La debilidad de este pensamiento es su linealidad: en el fondo no ve que en un sentido el delito es manifestación de una ruptura en los lazos sociales.

No mira –o no quiere ver- que los menores que delinquen en la Argentina, por caso, no lo hacen de gusto, sino porque están expuestos a esa vida, casi arrojados, porque son pobres o vienen de familias destruidas.

Sobre la base de esta objeción, en tanto, se ha formado el partido de la indulgencia, que es una reacción en sentido contrario al látigo. En esta perspectiva, todas las faltas tienen una explicación ajena al sujeto que las cometió.

Es decir, una acción delictiva, aunque la realicen los individuos, en realidad es emanada, de última, de los tenebrosos remolinos del subconsciente o de la opresión o corrupción del entorno social.

Con lo cual a los delincuentes, lejos de considerarlos culpables, se les ve, cada vez más como víctimas, sobre todo de la sociedad, considerada como la principal, cuando no como la única, responsable de los delitos cometidos en su seno.

Al elevar los condicionamientos conductuales a la categoría de determinismo absoluto –psicológico, biológico, sociológico, cultural- desaparecen los actos conscientes y libres y por tanto se disuelve la noción de culpabilidad.

Como se ve el debate en la Argentina alrededor de la justicia penal y de la inseguridad oscila entre posiciones ideológicas extremas: o se inmola el individuo a la sociedad por exceso de severidad, o se sacrifica a la sociedad por un exceso de indulgencia.

Acaso una política de justicia que contribuya a la seguridad ciudadana deba tomar una posición equidistante de estos extremos. Por lo pronto, debe evitar enredarse en aprioris ideológicos, y moverse con prudencia en el difícil arte de impartir justicia.
Ello supone hacerse cargo del grado de evolución de la sociedad y de las urgencias concretas de los ciudadanos. Sabiendo siempre que la justicia humana no es infalible.

Comienzo escolar desmoralizador

El inicio del ciclo lectivo en Entre Ríos otra vez se inaugura con una medida de fuerza del gremio docente. Un síntoma de que la decadencia educativa no tiene límites.o


A mediados de enero, por esta columna, expresábamos nuestro vivo deseo por un normal comienzo de las clases. Lo hacíamos pidiendo al gobierno y al gremio que se pusieran de acuerdo.

Exhortábamos a que ambas partes asumieran su responsabilidad. Al gobierno, que extremara los recaudos presupuestarios, para atender el reclamo salarial de los docentes.

A éstos últimos, les pedíamos que fueran coherentes con su compromiso con la escuela pública, a la cual dicen defender. También que consideraran que la gimnasia de la protesta no ayuda al clima pedagógico.

Porque los chicos necesitan de su maestros en el aula para aprender. Cuando no están, se desmotivan, pierden interés por la ciencia. Y empiezan a creer que la educación, de última, no es importante.

Pues bien, la falta de acuerdo entre las autoridades y los representantes docentes sobre incrementos salariales, nos confirma que el planteo de nuestra columna editorial era iluso.

Pero más que eso se trata –otra vez al comienzo del año escolar- de un golpe a la moral de la sociedad entrerriana, que legítimamente aspira a que sus hijos se eduquen.

El paro de 72 horas, decidido por el gremio más importante de la provincia, es un mensaje preocupante. Empeora aún más el cuadro de degradación en que está metida la educación entrerriana.

Hasta el gobernador, incómodo con la medida de fuerza, ha debido reconocerlo: “Más de la mitad de nuestros alumnos de la secundaria rindieron exámenes en marzo. Una calamidad. Y los desempeños en toda la escuela son alarmantemente bajos", dijo Sergio Urribarri.

A confesión de parte relevo de pruebas. Es que casi no hay dudas sobre el fracaso escolar en nuestros colegios y sobre una tendencia declinante de la educación en todos los niveles.

Pero los actores de esta historia suelen abusar de la recurrente obsesión argentina de buscar un culpable afuera. Es la manera en que los argentinos racionalizamos nuestro propio fracaso: la culpa es del otro.

Aunque Urribarri haya reconocido la “calamidad” en los exámenes y los bajos desempeños del sistema, en elíptica alusión a los docentes, esta afirmación lo incrimina. ¿O el gobierno no tiene nada que ver con esos resultados escolares?

Por lo demás, es conocida la retórica auto-exculpatoria de los gremialistas, para quienes el fracaso educativo es pura responsabilidad de los gobiernos. A decir verdad, todo el conflicto docente recorre estos dispositivos discursivos que apelan al chivo emisario.

Mientras el gobierno parece no asumir la responsabilidad de atender la inversión educativa –no puede eludir, en este sentido, que no defiende los recursos federales como debiera- el gremio docente da la impresión que sigue auto-victimizándose sin asumir la obligación social que le cabe.

Vivimos en una cultura que ha inflado los derechos pero que se ha olvidado, paralelamente, de las obligaciones. En verdad, en la Argentina somos rápidos para exigir lo que creemos que nos corresponde.

Pero casi siempre, propensos a huir de situaciones incómodas o buscando la salida fácil, no nos hacemos cargos de aquello que nos compete, no asumimos los sacrificios que emanan de nuestros oficios o posición social.

Esto causa una huida generalizada ante las responsabilidades. Ser responsable es estar unido lo suficientemente a una cosa, al punto de aceptar sus cargas, y de actuar con conciencia moral frente a ella, asumiendo las consecuencias plenas de mis actos.

 

 

A La Tierra ¿ya es muy tarde para salvarla?

 El sombrío pronóstico lo acaba de formular el investigador británico James Lovelock: la humanidad ya no puede hacer nada para evitar la catástrofe ecológica. La autodestrucción planetaria, dice, es un proceso irreversible.o


  “Es un poco como un superpetrolero. No puedes hacerlo parar a no ser que pares los motores”, aseguró Lovelock, un científico y meteorólogo británico que en 1969 se hizo célebre por sus ideas.

  Entonces postuló que el planeta se comporta como si fuese un organismo vivo capaz de autorregularse. A esta hipótesis la llamó Gaia, en honor a la diosa de la tierra como se le conocía en la mitología griega. 

  El autor de la “Venganza de la Tierra”, una de sus famosas obras en la que afirma que “estamos abusando tanto de ésta que puede rebelarse”, ha declarado por estas horas que la crisis ecológica es imparable.

  El cambio climático, asegura, acabará con gran parte de la vida en la Tierra durante el presente siglo y opinó que los intentos humanos por evitar lo peor llegan tarde.

  Ni los programas para reducir las emisiones que producen el efecto invernadero ni las campañas para promover el reciclaje y las fuentes de energía, tendrán el resultado esperado, vaticina.

  Según Lovelock estas medidas son una pérdida de tiempo. En cambio, ante el ineluctable desbarajuste planetario, propone lo que algunas películas de ficción vienen anticipando: construir refugios para salvar la especie humana.

  El investigador inglés, de 89 años, estimó que la población mundial podría caer desde los 7.000 millones a los 1.000 millones de habitantes en el año 2100. ¿La causa? La disputa humana por los escasos recursos humanos.

  “Habrá muerte a gran escala por la hambruna y la falta de agua”, precisó Lovelock, quien pronosticó que para 2040 las temperaturas en las ciudades europeas subirán hasta una media de 43 ºC en verano, la misma que en Bagdad en la actualidad.

  “No es sólo Europa, el mundo entero cambiará”, alertó y recordó los datos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que en su último informe de 2001 indicó que las temperaturas serán “devastadoramente altas”.

  ¿Qué pensar, en suma, de este apocalíptico vaticinio sobre el futuro de la vida en la Tierra? ¿Tienen fundamento o es producto de la exageración humana? ¿Cómo calibrarlo en su sentido exacto?

   La hipótesis de que ya es demasiado tarde, de que la crisis ecológica llegó a un punto de no retorno, de que la suerte del planeta está echada en términos de destrucción, frente a lo cual el hombre nada puede hacer, es por cierto desestabilizante.

  ¿Es tolerable esta perspectiva para el hombre, que hasta aquí ha alardeado, no sin suficiencia, de su habilidad adaptativa, de su ingenio para sobrevivir? La visión tenebrosa de Lovelock plantea varios interrogantes antropológicos.  

  Uno de ellos podría formularse así: el hombre, en su afán de construir poder y riqueza, es inductor del descalabro ecológico. El problema es que éste, en ese afán, ha desatado fuerzas tecno-económicas que ya no controla.

  En tanto criatura salida de sus manos, este complejo “civilizatorio” se ha liberado, sigue su propia lógica, independiente de la voluntad humana, y ahora amenaza con destruirlo.

  La situación recuerda a Frankenstein, la celebre novela de horror escrita en 1816 por Mary Shelley, en la cual se relata la creación de un monstruo que se vuelve contra su autor.

  La moraleja literaria de Shelley hoy interpela a la humanidad en su relación con la Naturaleza: hay límites que el hombre no puede franquear sin exponerse él mismo.

 

 

 

El turismo, clave del desarrollo entrerriano

Si bien Entre Ríos tiene una corta data en materia turística, la “industria sin chimeneas” se hace sentir en el desarrollo de sus pueblos y tiene un promisorio futuro.o


 

 

Según datos oficiales preliminares, durante el verano llegaron a la provincia 260.000 visitantes, generando un movimiento económico de casi 300 millones de pesos.

Gualeguaychú es quizá una de las plazas más activas. Apostó hace tiempo a este rubro, siendo el Carnaval el motor de un desarrollo imparable.

El turista que vino a disfrutar de este espectáculo, al cabo de la temporada veraniega, habrá inyectado cerca de 80 millones de pesos al circuito económico local.

En términos provinciales, se está frente a una actividad de servicios que ha diversificado la base económica de Entre Ríos, que de todos modos sigue dependiendo de lo que produce el campo.

Pero mientras la plusvalía agropecuaria no queda mayormente en la provincia –en virtud de un esquema fiscal que la desvía al poder central- el turismo atrae divisas, dándole viabilidad económica a los pueblos.

Esa viabilidad se asienta, entre otras razones, en la capacidad distributiva de ingresos. En efecto, pocas actividades económicas reparten tantos beneficios entre tanta gente.

No sólo alienta inversiones específicas en el sector turístico (sobre todo en alojamiento y gastronomía) sino que mueve la rueda del consumo del mercado interno, generando un impacto múltiple en otros sectores (como el comercio).

Muchos provincianos han encontrado empleo e ingresos en los emprendimientos asociados al turismo. Y esto en el marco de una oferta que incluye carnavales, termas, pesca deportiva, playas y naturaleza, turismo histórico-cultural y deportivo, parques nacionales y turismo rural.

Lentamente Entre Ríos ha conquistado un sitio dentro de la oferta turística nacional. El despegue comenzó en la década del ’70, cuando empezó a romperse la insularidad.

Los difíciles accesos y la falta de infraestructura eran factores objetivos que obstaculizaba el flujo de corrientes turísticas. Pero las grandes obras de integración, como el túnel subfluvial, el complejo Brazo Largo-Zárate, los puentes internacionales y el puente Rosario-Victoria, dieron un vuelco a la situación.

Quizá no haya otra ciudad en la provincia que comprenda la importancia de las vías de comunicación como Gualeguaychú. Relegada históricamente de los centros de decisión provincial, nuestra comunidad ha debido gestionar su conexión física.

Los gualeguaychuenses tienen clara la importancia geoestratégica de su ciudad. Por eso hoy aguardan que la terminación de la autopista Ceibas-Gualeguaychú, contribuya a potenciar su desarrollo local.

A decir verdad, toda Entre Ríos tiene una posición geográfica envidiable para el desarrollo turístico. Su cercanía con los principales centros urbanos del país, es un hecho.

Ni hablar de su oferta en términos naturales y paisajísticos, que muy bien sintetiza su eslogan “Todos los Verdes”. O su rica historia, que empalma con el protagonismo entrerriano en tiempos de caudillos y de la organización nacional.

Lo mismo sus tradiciones, en las que se mezclan lo criollo con la cultura de la inmigración. A eso hay que sumarle las festividades propias de cada pueblo, como los carnavales o la fiesta de la artesanía.

Últimamente se han sumado los parques termales, dentro de lo que se conoce como el turismo de salud. La variedad y calidad de sus atractivos, en suma, hacen de Entre Ríos una plaza turística de buen presente y excelente futuro.

 

El lado oscuro del fútbol argentino

Traído a estas tierras por los residentes ingleses, en 1867, el fútbol entre nosotros se ha convertido en algo más que en un atrapante juego. Hoy es un complejo fenómeno cultural que habla mucho de los argentinos.o


Basta ver la presencia mediática que tienen los programas de fútbol, para darse cuenta de la importancia de este deporte en la vida social. La Argentina, se dice, es un “país futbolero”.

Como hecho sociológico viene despertando desde hace tiempo el interés de los cientistas sociales, quienes ponen la lupa sobre las conductas de hinchas, jugadores, políticos, empresarios y periodistas.

Se ha dicho más de una vez, por ejemplo, que el fútbol le permite sobre todo a los miembros de las clases populares sentirse alguien. Es decir, la pertenencia a unos colores o a un club otorga identidad a mucha gente, que busca recuperar así un orgullo perdido.

Desaparecidos los mecanismos tradicionales de identificación (la religión, la política, el trabajo, la educación, el sindicalismo) el fútbol emerge como el gran dador de identidad.

Paralelamente, el fútbol revela lo peor de nosotros mismos como sociedad. “El opio moderno de los pueblos”, al decir del sociólogo Juan José Sebrelli, parafraseando a Carlos Marx, aparece en principio como un mundo especialmente violento.

En el país han muerto más de 200 personas por incidentes vinculados con la violencia en el fútbol, mientras que ya son parte del paisaje periodístico los desmanes de las llamadas “barras bravas”.

  De hecho, se percibe que detrás de la pelota se esconde un negocio turbio, cuyas ramificaciones comprometen a la dirigencia de los clubes y a la dirigencia política. Es común ver, por ejemplo, a los ‘barras’ del fútbol animando actos partidarios o movidas sindicales.

En tanto, una de las últimas noticias de este mundo da cuenta que el INADI hizo una denuncia ante la AFA por la agresión de Rolando Schiavi, jugador de Newell”s, contra el jugador Ricardo Gómez de Gimnasia de Jujuy.

La agresión ocurrió en el partido del pasado viernes. Según la crónica, Schiavi no se dio cuenta de que una cámara de televisión seguía sus pasos y atacó al tucumano Gómez, diciéndole: “La c… de tu madre, negro de m…”.

Todo el mundo coincide en afirmar que estos episodios suelen darse en la cancha entre los jugadores. Pero en realidad son una constante entre las hinchadas, que han hecho de la beligerancia una cultura.

Esto se echa de ver en los cantos que se corean en las tribunas –donde la violencia verbal es la nota distintiva- o en la actitud del hincha hacia los simpatizantes de los otros clubes.

“No existís”, suele ser la expresión con la que unos literalmente eliminan a los otros. “Los hinchas son xenófobos, racistas y discriminadores”, asegura el sociólogo Pablo Alabarces, quien ha escrito libros sobre el tema.

Doctor en filosofía en Inglaterra y secretario de posgrado en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Alabarces está convencido que el mundo del fútbol entre nosotros es un resumidero de lo peor de la cultura del país.

Según él, aquí anida “el último bastión de la resistencia masculina”, en el cual la violencia es motivo de orgullo. Este mundo, dice, está dominando por la “cultura del aguante”.

Esa cultura es “una ética, una concepción moral del mundo según la cual tener aguante significa ser más macho que otro. Pero los opuestos no son hombre versus mujer, sino hombre versus no hombre. El aguante tiene que ser demostrado continuamente, con la lógica de los hinchas, en el combate. Si no hay combate no hay aguante”.       

 

Vivir por encima de las posibilidades

Las naciones también sucumben a la pasión malsana de los individuos por el derroche o por querer vivir por encima de sus medios. Hay consenso, al respecto, de que aquí está la clave antropológica de la debacle de Estados Unidos.o


Se suele acusar a los hombres de dinero por su espíritu de economía. Por la estrechez y dureza que conlleva el cuidado del patrimonio. Es común la imputación de avaricia en este caso.

Las generaciones más recientes, que no debieron trabajar duro para hacer fortuna, han sido proclives ha calumniar a sus padres y abuelos, por su actitud conservadora ante el dinero.

De hecho el ahorro, que antes era considerado una virtud, fue visto como algo vergonzoso, una práctica egoísta. En realidad, detrás de toda esta crítica se esconde en muchos casos el deseo de malgastar lo más posible.

Se esconde la actitud de aquel que, regalado económicamente, sin necesidad de tener que hacerse patrimonialmente, se cree con derecho de gozar de la herencia recibida.

Es el caso del que dice despreciar al dinero porque lo tiene, y lo puede gastar con liberalidad. Porque desconoce la disciplina y la responsabilidad que va unida a su adquisición y conservación. 

Alguien ha dicho por ahí, con buen tino, que “hay menos materialismo en el avaro que ‘prevé’ que en el pródigo que se come su fortuna antes de tiempo”. Es decir, vale más la exagerada actitud de apego al patrimonio que el derroche insensato.

Pues bien, parece que los norteamericanos han olvidado la cultura previsora de sus mayores y han caído en el delirio del consumo que ha hecho que se apilen las deudas a un nivel insostenible.

En el fondo, han querido vivir por encima de sus posibilidades. Esta es la raíz antropológica de la debacle de la primera potencia del mundo (también la de otros países centrales), cuyos efectos impactan en todo el mundo.

Lo ha reconocido horas atrás el flamante presidente Barack Obama, en mensaje al país: “Si somos honestos con nosotros mismos, admitiremos que por muchos tiempo no hemos actuado responsablemente”.

   “Nuestra economía no cayó de la noche a la mañana”, dijo el mandatario tras declarar que “nos hemos hundido en una deuda enorme que cada año se iba apilando”.

   Los norteamericanos han gastado más de lo que necesitaban o de lo que se podían permitir. Los individuos, las familias y el propio Estado han vivido de prestado durante décadas, para mantener un elevadísimo estilo de vida.

  El ciudadano medio, para financiar sus compras, se ha endeudado con los bancos, cuyo negocio es vender dinero. Estas instituciones financieras han fomentado entre los estadounidenses la cultura del crédito para un consumo ilimitado.

  La sociedad norteamericana no veía –o no quería ver- el desmadre de su economía, a causa del derroche imparable: endeudamiento galopante, enorme déficit de cuenta corriente y persistente déficit fiscal.

  Antes de que estallase la burbuja, o se derrumbase la prosperidad ficticia de las últimas décadas, Estados Unidos mostraba el síndrome típico de algún país periférico y subdesarrollado.

   Pero nadie quería ver estos desequilibrios abismales. Nadie quería ver que la potencia económica más grande del mundo venía chupando permanentemente del ahorro del resto del mundo a fin de sostener su gasto excesivo.

   La debacle norteamericana debiera dejar una lección global al resto de los países. Esa lección consiste en que se no se puede vivir por encima de las posibilidades.

   Probablemente el mundo rico ajuste, tras la hecatombe, su estilo de vida. ¿Pasará por aquí, por la cultura, los cambios a la economía mundial que se avecinan?

 

 

Política despolitizada

En la Argentina del furioso "que se vayan todos" puja una política que castiga al poder y la representación tradicional, aunque al precio de instalar una cultura más o menos anárquica.o


 

 

El trasfondo es el hastío ciudadano, un fenómeno de causas múltiples, asociado a inconductas propias de los dirigentes políticos y a distintas crisis socioeconómicas.

El argentino medio es un sujeto altamente despolitizado, en el sentido de que ve al poder y todo lo que lo rodea con máxima desconfianza. Por eso entre nosotros los políticos han pasado a convertirse en personajes sospechados.

Lo llamativo es que la gestión de la cosa pública, lo que tiene que ver con la autoridad y la conducción, ha querido ser reemplazada por movimientos sociales alternativos, cuyo atractivo reside en que despotrican contra la política.

Paralelamente, muchos han descubierto en las ONG’s un formidable ariete para terminar con el sistema de partidos. Estas movidas se aprovechan de la apatía generalizada de la población hacia el sistema político.

Muchos sociólogos de izquierda han festejado, en este sentido, la aparición del "asambleísmo", donde se predica una horizontalidad (es decir, participación igualitaria de los adherentes) que evoca a la "democracia directa" ateniense.

Hay personas que han encontrado en estas formas la manera de canalizar su vocación altruista. O su deseo de hacer el bien al próximo, comprometiéndose en causas nobles.

Sin embargo, hay quienes las perciben como alquimias que vienen a redimir la sociedad. Los decepcionados de la vida partidaria, sobre todo, se han refugiado en estos movimientos no sin cierta esperanza mesiánica.

Es decir, buscan atajos por fuera de la política, aunque con la idea de sustituirla. O más bien con la utópica creencia de que se puede licuar la autoridad. Es el viejo sueño anarquista de construir una sociedad que prescinda de la política, que es una de las esencias organizativas de la vida social.

La periodista María Seoane, en el diario Clarín de ayer, habla del dilema que plantea la despolitización de la sociedad argentina, cuyo síntoma es la crisis de los partidos políticos.

Llama la atención, a propósito, sobre el hecho de que sólo el 30% de un padrón de más de 27 millones de electores está afiliado a partidos políticos.

Y añade: "Muchos analistas opinan que el 70% restante propicia una cultura de la protesta y el escrache callejero, en la medida que la gran mayoría no parece dispuesto ni a intervenir en la cosa pública más que para elegir, obligado, a sus representantes".

Frente a esto, Seoane aboga por producir cambios urgentes al régimen de partidos políticos y al Código Electoral, con el objeto de recuperar la política en la democracia.

"Si no se reforma el sistema político, la tan criticada política de cortes callejeros y escraches hará que nuestra democracia sea más parecida a una asamblea en la selva que la que necesita la Argentina a las puertas de su Bicentenario", concluye.

En tanto, no hace mucho el académico argentino Adalberto Zelmar Barbosa advertía, por el diario La Nación, sobre el hecho de que "la aversión a los políticos ha avanzado sobre el campo total de la política", generando la falsa ilusión de que se puede prescindir de ese oficio destinado a dirimir el conflicto humano.

"Procuran el asalto del poder predicando la muerte del poder y la necesaria desaparición de los políticos", refiere Barbosa al salirle al cruce a los nuevos formatos con que se agazapa el viejo anarquismo.

Pero cuando declina la política –refiere- la sociedad sucumbe a las peores recetas totalitarias.

 

El extranjero y la amenaza del Otro

El rebrote de la xenofobia en Europa, como daño colateral de la crisis económica, pone en entredicho uno de los principios sociales de la globalización: la armonía entre las nacionalidades.o


Es un tópico universal creer que, gracias a las inauditas facilidades de comunicación y de intercambio, el modelo de las comunidades cerradas en sí mismas, caldo de cultivo de hostilidad hacia otros grupos humanos, desapareció progresivamente.

En su lugar, la sociedad humana habría entrado a una era de comprensión mutua, en la cual las etnias y nacionalidades, en un giro inédito de la historia, habrían optado por la coexistencia pacífica.

La llamada "aldea global", así, se ha presentado como la síntesis de la fraternidad e igualdad largamente anhelada por la humanidad. El nuevo orden mundial habría logrado desterrar la casi instintiva desconfianza hacia el extranjero, y por esta vía obturado el conflicto humano.

Muchos ideólogos de este orden diagnosticaron que despotenciado el apego al grupo o a la patria, decaerían esas reacciones de defensa y de agresividad que separaban y oponían a las colectividades humanas.

De hecho ha habido una declinación de los nacionalismos en las últimas décadas, a partir de la proliferación de cierta conciencia planetaria, excitada por la interconexión mediática.

El Viejo Mundo, especialmente, se lanzó al vasto experimento histórico de subordinar los particularismos a una idea universal: el europeísmo. Es que ese continente ha sido escenario en el pasado de verdaderas carnicerías humanas, a causa justamente de aventuras políticas nacionalistas.

Pero desde allí llegan noticias inquietantes acerca de un rebrote xenófobo, disparado por el hundimiento de la economía global. Es como si el desbarajuste de uno de los pilares de la globalización –la estructura económica- hiciese crujir el orden social y político de la Unión Europea.

Xenofobia significa odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros. Y suele ir de la mano con el racismo, cuando el grupo rechazado pertenece a una raza distinta. Pues bien, estos dos factores juntos están estallando en el corazón de Europa con la población inmigrante.

En todos estos años de globalización económica, Europa (junto a otro grupo de países catalogado de "centrales") ha creado una subclase social al incorporar ingente mano de obra barata de antiguas colonias, del Tercer Mundo o de la ex Unión Soviética.

Ahora, como la economía está cayendo en picada, los europeos insinúan que los inmigrantes tienen la culpa de la crisis. Algunos discursos políticos sostienen que hay desempleo porque hay mucha inmigración.

De hecho, en este momento proliferan las protestas y las huelgas, como las que hubo en el Reino Unido para rechazar la contratación de trabajadores de otros países de la Unión Europea.

También se verifican enfrentamientos sociales contra los trabajadores extracomunitarios, a los que se les pide que vuelvan a sus países después de haber requerido su fuerza de trabajo durante décadas. 

Es decir, la xenofobia está carcomiendo las bases sociales del proyecto de la aldea global. Parece que la humanidad, pese a los discursos de progreso y evolución, sigue aferrada a los viejos instintos de desconfianza y agresividad hacia el Otro.

Este fenómeno de rechazo es antiquísimo. En la ciudad antigua (de griegos y romanos) llamaban "bárbaros" a los extranjeros. Era un término peyorativo (implicaba inferioridad) con el que se marcaba al enemigo. 

 

 

 

Datos oscuros de la mancha blanca y otros contaminantes

Todo indica que el gobierno ha elegido al campo como enemigo para la pelea electoral de octubre, aunque en realidad el clima de beligerancia está instalado desde hace tiempo.o


Es un enfrentamiento duro y sin cuartel que las parodias de diálogo no pueden disimular. Para el kirchnerismo el campo resume todo lo que no es él, es el enemigo sin más.

En su concepción maniquea de la sociedad, el agro es el Eje del Mal, alrededor del cual gira la "oposición" al modelo K. En este esquema, por tanto, las elecciones de octubre, así, son la "continuación de la guerra por otros medios".

El senador Carlos Reutemann, al distanciarse del gobierno esta semana, ha percibido esto. "No veo al gobierno en posición de querer solucionar el problema (con el campo)", ha dicho, al detectar la ausencia de ánimo de acordar en el oficialismo.

¿Interesa el derrumbe de la producción agropecuaria? ¿Es un problema estrictamente económico? Reutemann sabe que la cuestión no pasa por allí.

En el fondo lo que hay, entrevé, es una disputa por el poder y la supremacía en la sociedad. Las retenciones, en este esquema, importan más como instrumento político que como variable económica.

Porque en los impuestos a las exportaciones se expresa la "voluntad de poder" del Príncipe. Mediante ellos el gobierno hace sentir su dominio o poderío frente a un actor social que lo desafía.

Ese actor, en el imaginario clasista del oficialismo, representa a la "oligarquía", a los ricos, a la clase dominante, a la derecha salvaje, al partido golpista, a los amigos de los militares, etc., etc.

Cristina K lo ha venido marcando en sus últimos discursos. "Hay sectores pequeños pero muy poderosos que no quieren renunciar a los privilegios", señaló en alusión a los productores agropecuarios.

Pero ha sido el profesor Luis D’Elía, otra vez, quien ha expresado claramente el pensamiento íntimo del matrimonio presidencial, sobre el último paro y movilización del campo.

   Ha dicho que esa movida esconde intereses electorales y destituyentes. "Lock-out patronal y campaña electoral son dos caras de la misma moneda", dijo. Los "panzudos patrones" (en alusión a los miembros de la Mesa de Enlace) "han lanzado el ejercito destituyente a la calle", alertó D’Elía.

   Además, la medida de la Mesa de Enlace es "lock-out patronal", porque "paro sólo hacen los que viven de su trabajo". Es una estrategia, dijo, que no busca otra cosa que recrear el viejo golpismo.

   "Ya no hay soldados, ni ametralladoras, ni tanques, ni marchas militares, ni fusiles. Hoy sí hay cámaras de televisión, grabadores, engaños, mentiras, tergiversaciones, demonios, políticos del establishment, y estos dirigentes de la mesa que han logrado enlazar tras de sí a las élites dominantes y a la clase media tilinga, que se niegan terminantemente a construir una patria para todos", disparó D’Elía.

   Este discurso desnuda el abecé del pensamiento maniqueo, que postula que la guerra es un principio inmanente al proceso histórico. Es propio del hegelianismo marxista, para quien no hay reconciliación posible entre el proletariado (el bien), y los ricos (el mal).

   Ahí está servida la dialéctica amigo-enemigo. O el odio social entre las clases. Como la historia es sólo una puja entre dominadores y dominados, en eterno antagonismo, no hay por principio armonía ni acuerdo social. Y la batalla se da en todos los planos.

   Ya lo decía el ideólogo del comunismo italiano, Antonio Gramsci: "La lucha económica no puede separarse de la lucha política, y ni la una ni la otra pueden ser separadas de la lucha ideológica".

   En suma, la guerra sin fin.

 

 

 

 

Notas culturales que gratifican

En medio del estrés social por el conflicto del gobierno con el campo, la rivalidad política, el hundimiento de la economía, y la crisis laboral en la comuna, emergen las buenas noticias culturales de Gualeguaychú.o


Aparte del exitoso desarrollo del Carnaval –el espectáculo a cielo abierto más importante del país en esta época- la actividad cultural de la ciudad no para, generando un clima de optimismo que contagia.

   Muestras plásticas, teatro, eventos en plazas y calles, y la alegría de los tradicionales corsos populares muestran el dinamismo local de siempre. Son un sello inconfundible de una comunidad que no renuncia a la gratificación cultural.

  En tanto, el acontecimiento del verano, en este rubro, es sin duda el evento "Suma Cine", que ha convertido a Gualeguaychú en el epicentro de los amantes del séptimo arte.

   Allí compiten realizadores independientes del país y el extranjero. Es el segundo año que en la ciudad se realiza un emprendimiento de este tipo, dirigido a promover el cine en Gualeguaychú.

   El festival en pleno desarrollo mostrará poco más de 50 películas, entre cortos, medios y largometrajes. La magnitud de la competencia está dada en que los organizadores debieron hacer la selección entre más de 400 realizaciones, llegadas de distintos países de Europa, Asia y Latinoamérica.

   Otras noticias relacionadas con la cultura local tienen que ver con la restauración de patrimonios culturales de la ciudad. En este sentido, sigue viento en popa la refacción del Teatro Gualeguaychú.

   Los trabajos de remodelación de ese enclave, símbolo del espíritu cultural de esta comunidad, continúan dentro de lo previsto, en el marco de un plan de obras comprometidos por el gobierno nacional.

   Si todo marcha normalmente, Gualeguaychú podrá exhibir antes de fin de año una sala totalmente aggiornada, modernizada, sobre la base del respeto y conservación de la línea arquitectónica original.

  Paralelamente, se conoció estos días el anuncio de que la casa de Fray Mocho será restaurada, en el marco de obras del plan de Reparación Histórica para Entre Ríos, firmado entre los gobiernos nacional y provincial.

  Se trata de la asignación de 900 mil pesos para poner en valor el viejo edificio en el que vivió el periodista y escritor José S. Álvarez, más conocido como Fray Mocho, creador de la mítica revista Caras y Caretas.

   Esa casa de estilo post-colonial fue construida en 1850, está asentada en barro, y cuenta con una sala principal, tres habitaciones, una galería, un patio y un sector de servicio.

   El predio estuvo a la venta en el año 2000, pero una movida local logró que en junio de 2003 el senado entrerriano la declarar de "utilidad pública y sujeta a expropiación".

   Más tarde, el Estado provincial compró el inmueble y en 2005 lo cedió en custodia a la municipalidad de Gualeguaychú. Trascartón, la derruida Casa de Fray Mocho fue declarada monumento histórico nacional y provincial.

   A partir de ahí la casa entró dentro de los edificios históricos a rescatar, con el propósito de darle un uso cultural múltiple, como ser: biblioteca, hemeroteca, sala de conferencia, salas de exposiciones permanentes e itinerantes, y pequeña sala de proyección de películas.

   Los trabajos previstos para este rescate incluyen, entre otros, reparaciones profundas en la mampostería y techo, reinstalación de los sistema eléctrico y de agua, refacción de revoques, aberturas y pisos.

   En suma, las noticias culturales se suceden y son buenas. Y no debieran quedar empalidecidas o relegadas por la coyuntura histórica adversa.

   

 

Los dilemas de la disputa por el poder

Cuando el país necesita recrear un marco de acuerdo y paz, para enfrentar la durísima realidad económica, se asiste a la lucha entre facciones políticas por la conquista del poder.o


 

Esta disociación entre las necesidades ciudadanas y la clase política es cada vez más patente. El hombre de la calle está angustiado –y con razón- por la pérdida de ingresos y de empleo.

Siente que la economía se hunde y en este contexto teme por su suerte y la de su familia. Es natural que desee que sus dirigentes, solidarios con esta angustia, estén a la altura de la circunstancia.

Preferiría que la llamada "clase política" –tanto el gobierno como la oposición- sea un factor clave que contribuya a sacar al país adelante, en medio del tembladeral económico.

Dicha empresa dirigencial –suponiendo que se encare- tendría como condición necesaria un acuerdo político histórico, dirigido a crear un clima de unidad y concordia nacional.

Ese pacto tendría la virtud de mostrar un dirigencia abroquelada tras el único objetivo de enfrentar el marasmo que se cierne sobre la Argentina. De suerte que los ciudadanos perciban que los políticos -como colectivo social- asuman el liderazgo de la crisis.

Pero no. El escenario político argentino es hoy un torbellino de reyertas, disputas y agresiones, porque el calendario establece que en octubre hay elecciones. Lo que marca la hora es la lucha política.

Sabemos lo que ocurre en estos casos: la rivalidad entre los partidos en la puja por la conquista del poder suele alcanzar niveles de enardecimiento y apasionamiento extremos.

La crispación que emana de esta competencia da la tónica general, marca el clima de los asuntos públicos, tiñe todos los actos. Al tiempo que el espíritu de división se instala en todo el país.

¿Es esto, justamente, lo que hoy necesita la Argentina? ¿No conspira la disputa facciosa y el cultivo de la aversión a los demás partidos contra el acuerdo y la concordia nacional que pide la coyuntura histórica?

La agitación constante y el desencadenamiento de todo tipo de revanchismos, propios de la lucha por el poder, será el clima que vivirá la Argentina de aquí hasta octubre, con picos de recrudecimiento a medida que se acerque el acto eleccionario.

Pero este juego de poder puede resultar peligroso para el destino del país y sus habitantes. Ya incluso hay un uso electoral de la crisis –colmo del maquiavelismo criollo- al especularse sobre el rédito político que pueda dar a una u otra facción.

A un político en campaña, por estas horas, se le escapó: "El problema es tan grave, que cuando me hablan de octubre, si esto sigue así no sé si hay octubre…". Es decir, la situación económica es tan delicada que el juego electoral suena disonante.

¿Cómo hará la política para conducir la Argentina en los próximos meses? ¿Gobierno y opositores seguirán jugando al cálculo electoral, impunemente, abdicando de su responsabilidad de conducir la crisis?.

Se nos dirá que esperar un acuerdo histórico de la dirigencia –que suponga renunciar a sus apetencias de poder para liderar al país en medio de la debacle- es caer en el lirismo.

¿Pero se puede seguir jugando al poder a bordo del Titanic? ¿Es razonable que aquellos que ocupan puestos de conducción, o aspiran a él, se enfrasquen en la disputa electoral, mientras el país se hunde?.

¿Es demasiado pedir que la clase dirigente cumpla su función de, justamente, dirigir?. El poder suele enceguecer a sus adoradores, que en el frenesí de la lucha por mantenerlo o alcanzarlo, caen en una suerte de enajenación o pérdida de la noción de realidad.

 

El municipio, ante otra crisis laboral

Frente al estallido de otro conflicto laboral al interior del municipio, es válido recordar que la huelga siempre es un recurso extremo y su empleo debe ser moderado en lo posible.o


  La demanda salarial ha conducido a la inactividad en el Estado, más allá de que una conciliación obligatoria, dictada por la justicia del Trabajo, ha abierto un paréntesis.

   Pero el conflicto subsiste y se aguarda que el gobierno local y los gremios municipales (dos operan en el ámbito de la representación sindical) arriben a un acuerdo en los próximos días.

   Después de un año de cierta paz laboral, la administración Bahillo empieza a encontrar fuertes escollos gremiales. Pero bien mirado, no se trata de las peripecias de una gestión.

   El conflicto impacta de lleno en la comunidad, que sufre en carne propia la privación de servicios estatales básico, como es la higiene de la ciudad, la provisión de agua o el arreglo de calles.

   Como ocurre con toda huelga estatal, la repercusión social es inevitable. El abandono del trabajo en el Estado, podrá ser un medio de presión para el gobierno, pero desde el vamos trae zozobra a la comunidad.

   Ante esto, sin menoscabar el derecho al reclamo propio de cualquier trabajador, quienes protagonizan esta medida de fuerza a veces pierden de vista que con ella se lesionan otros derechos y se suele dar pie a grandes perjuicios.

   Por eso la suspensión de actividades siempre debe ser un recurso extremo. Debe aplicarse después de agotados todos los otros medios pacíficos. Si se quiere, debe revestir el carácter de algo excepcional.

   Su empleo, por tanto, debe ser moderado en lo posible, definiendo su carácter, alcance y duración, en un marco de responsabilidad social. Esto para no causar mayores males que los acarreados por la injusticia que la provoca.

   Al respecto, a nadie escapa la pérdida de poder adquisitivo del salario, a causa de la inflación. Pero esto es un problema que aqueja a todos los trabajadores del país.

   Además esto se da en un marco de una profunda crisis de la economía, en la cual la preocupación más grave está en la posible pérdida del empleo. En este sentido, los empleados del Estado corren con ventaja porque gozan de "estabilidad" laboral.

   Sin mencionar el cuadro de estrechez presupuestaria que aqueja al municipio local, como al resto de los Estados del interior, los cuales destinan el grueso de sus recursos al pago de sueldos.

   La demanda salarial, por lógica, debe contemplar todo el contexto, para evitar pedir lo que objetivamente no se puede dar, presupuestariamente hablando.

   Además no es razonable que una huelga municipal deje de golpe sin servicios básicos a una ciudad. Los dirigentes gremiales deben comprender, en este sentido, la necesidad de preservar la prestación mínima de los servicios aún en medio de la protesta.

   Esto para minimizar los perjuicios que la medida de fuerza acarrea objetivamente a la comunidad. Por otro lado, ¿es razonable dejar sin más de limpiar las calles o de recoger la basura en un momento en que Gualeguaychú recibe la visita de miles de turistas?.

   Además, vale recordar que el Estado expresa al conjunto de los vecinos, quienes con su tributo mantienen la organización municipal, de la cual el intendente es apenas un administrador.

   De lo dicho, se desprende la responsabilidad social que debe primar ante las medidas extremas de carácter laboral en el Estado. La clave es conciliar los intereses de los trabajadores municipales con los de la comunidad en su conjunto.

 

 

 

Hacer las paces con la naturaleza

¿Es impensable imaginar que la Argentina, atravesada por la crisis ecológica, pueda celebrar un pacto entre la economía y la naturaleza, que sea modelo en la región?.o


   La desgracia de Tartagal y la sequía del campo debieran servir, sobre todo a la clase política, para pensar ese binomio bajo una nueva perspectiva, capaz de superar su aparente antagonismo.

   Porque el trastorno medio ambiental hace tiempo ha dejado de ser producto de un capricho de la Naturaleza para convertirse en un acontecimiento inducido por el hombre.

   Varias voces autorizadas preanuncian un aumento de la frecuencia de esos desastres. Se vienen épocas, dicen, de sequías e inundaciones extremas que impactarán la geografía nacional.

   Estos cambios tienen un origen "antrópico", es decir son causados por la actividad humana. Eso cree Osvaldo Canzini, doctor en Meteorología que en 2007 fue galardonado con el premio Nóbel de la Paz, como miembro del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU.

   Parece que no se entiende que a la larga nadie se salva del desbarajuste ecológico. El maltrato a los ecosistemas tiene un efecto boomerang incluso para la propia economía.

   Ejemplo: los daños causados por la sequía. En efecto, especialistas afirman que el campo, entre cultivos y ganado ovino y bovino, perdería unos 43.000 millones de pesos este año.

   Y encima los pronósticos no son alentadores. Desde el INTA aseguran que el otoño próximo será el más seco de los últimos 100 años, con el agravante que empezará sin carga de agua en el suelo.

  ¿Y qué decir del aluvión de barro en Tartagal, donde hubo cientos de damnificados? La deforestación imparable, producto de la expansión de la frontera agrícola, fue la causa del fenómeno.

  Muy simple: ante lluvias intensas, ya no había vegetación, prevista por el ecosistema, para la retención de agua, lo que aceleró el escurrimiento superficial.

  Con poca retención y excesivo escurrimiento, las crecidas no se regulan. Con grandes inundaciones, no hay puentes ni caminos que resistan. Los gobiernos, después que dejaron destruir los bosques nativos, pretenden paliar este desastre con costosas obras sustitutivas, que encima nunca llegan.

   Está claro que se debe evitar la tala de bosques nativos y controlar la cantidad de hectáreas utilizadas para cultivos de soja. El afán productivista, así, tiene una cara tétrica, cual es la destrucción de la biodiversidad.

  Argentina ha aniquilado ya su riquísima reserva forestal. La tasa de deforestación es cinco veces mayor que la mundial. Se desmontan aproximadamente 280 mil hectáreas por año, a razón de una hectárea cada dos minutos.

  La agenda ambiental no acaba aquí: involucra múltiples actividades humanas que, con lógica económica, ensanchan el ecocidio nacional. Gualeguaychú, por caso, resiste el modelo pastero, altamente contaminante, para defender un ecosistema frágil como el del río Uruguay.

 Otra actividad que tiene carácter depredatorio es la minería, que amenaza incluso con contaminar ese estratégico reservorio de agua que son los glaciares del sur.

  Hay consenso mundial, a raíz del fenómeno del calentamiento global, que la humanidad ha perdido la experiencia cósmica de una síntesis armónica con la naturaleza.

   El paradigma del dominio técnico y económico del planeta, vigente desde hace tiempo, estalla ante la catástrofe ambiental inminente. La Argentina, un país bendecido enormemente por la naturaleza, debiera poder hacer las paces con ella, disciplinando las fuerzas que la amenazan.