Consumo ético: incidir sobre lo que compramos

En sectores críticos al modelo consumista, en el cual se observa que las personas son rehenes del mundo económico, se ha desarrollado el concepto de “consumo ético”, mediante el cual se busca empoderar a los consumidores.

Se parte del supuesto de que la economía se basa en la acumulación y el consumo -ilimitados– de los bienes materiales, proceso en el cual las personas han devenido en meros consumidores.

¿Qué pasa si éstos últimos deciden actuar para consumir de otra manera? ¿Qué ocurre si empiezan a tomar conciencia de su poder, saliendo de su pasividad y mentalidad acrítica?

El consumo ético, justamente, fomenta una forma de incidir sobre lo que compramos y, por tanto, sobre lo que se ofrece. Pretende, así,  influir sobre los procesos de fabricación y transporte de aquello que consumimos.

Lo que se busca es conocer con detalle las implicaciones de todo lo que se adquiere en el mercado, abriendo la posibilidad de votar a través del monedero de los consumidores.

La idea es que éstos últimos se convierten en protagonistas del proceso económico y con capacidad de regular el mercado, desarrollando una conciencia crítica de todo cuanto se adquiere.

Ya en el año 2001 la “Alianza para un Mundo Responsable, Plural y Solidario”, una iniciativa de la Fundación Charles Leopold Mayer, presentó un decálogo de propuestas en este sentido, cuyo contenido es el que sigue:

– Promocionar el modelo de consumo responsable y estimular el debate sobre las consecuencias ecológicas y humanas de los modelos de consumo.

– Romper la idea social que asocia el consumismo con la realización social.

– Promocionar el control democrático sobre la industria publicitaria y denunciar los mecanismos psicológicos utilizados para modelar deseos y carencias.

– Incrementar la transparencia y la honestidad de la información al consumidor.

– Impulsar, por parte de los poderes públicos, la promoción del consumo ético y sostenible y penalizar el desperdicio, la contaminación o la marginación social.

– Fortalecer el consumo ético en la producción de la infraestructura colectiva.

– Actuar (boicot colectivo, denuncia, etc.) contra los bienes de consumo que promuevan la injusticia y la insostenibilidad, las empresas que exploten a sus trabajadores, a los animales o a la naturaleza, y a los productos de países que fomenten guerras y que no respeten al ser humano o al medio ambiente.

– Difundir los beneficios de los bienes de consumo benéficos, sostenibles y socialmente justos.

– Promocionar las necesidades sociales de consumo a través de la economía solidaria, difundiendo informaciones sobre las actuaciones solidarias para potenciar las opciones éticas.

– Estimular una cultura del consumo ético, sensibilizando a través de la educación y de la información.

La crítica al consumismo como estilo de vida no es nueva. En la década del ‘60, Erich Fromm escribió un libro que se hizo famoso: “¿Tener o ser?”, sugiriendo en ese interrogante la idea de que los individuos estábamos impelidos a optar por una de las dos posibilidades.

La diferencia entre tener y ser es la que existe entre una vida interesada en las cosas, en su acumulación, siguiendo el patrón consumista en boga, y otra cifrada en el despliegue de la propia persona.

El psicólogo insistía en la necesidad de un esfuerzo continuo para “reducir el modo de tener y aumentar el modo de ser”. Al respecto tomaba como referentes a los que él llamaba “maestros de la vida”, como Cristo o Buda.

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