Cuando en política se espera a un redentor

El encumbramiento de Jair Bolsonaro en Brasil y la de Andrés Manuel López Obrador en México, con sus propuestas “antisistema”, plantea dudas sobre un posible regreso del mesianismo político en Latinoamérica.

El trasfondo es conocido y remite al llamado malestar democrático. Los síntomas son: desconfianza en las instituciones, hartazgo frente a la corrupción de los aparatos partidocráticos, impotencia ante la violencia en las calles y crisis económica.

En este contexto de desolación política las sociedades, enojadas e indignadas con sus gobernantes, suelen sucumbir a la tentación del hombre fuerte, a la propuesta antisistema de un redentor que, rodeado de misticismo, promete el paraíso en la tierra.

¿Cabe deducir que el ciclo histórico de la democracia representativa en la región entró en retroceso ante el triunfo electoral de propuestas antisistema como la del izquierdista Lopez Obrador en México y el derechista Jair Bolsonaro en Brasil?

¿Le tocará el turno a un nuevo ciclo de gobiernos autoritarios, de regímenes nacionalistas que encubran jefaturas cuasi religiosas? ¿Se perfile en la región la asunción de un orden compuesto de absolutismos políticos y ortodoxias ideológicas incompatibles con las sociedades abiertas y plurales?

Aunque las diferencias entre el mexicano y el brasileño parecen opuestas –uno es de izquierda y el otro de derecha- ambos se acercan al poder, en contextos de sociedades atribuladas, presentándose como mesías salvadores en lugar de hablar de restaurar la institucionalidad republicana.

Eso dice el politólogo Moises Naím, en una columna de opinión aparecida en el diario El País (Madrid) para quien Bolsonaro y Lopez Obrador han tocado una vieja fibra latinoamericana asociada a la búsqueda del proverbial hombre fuerte que lucha contra la corrupción, los criminales y le de esperanza a sociedades traumatizadas por terribles niveles de corrupción.

Según Naím, ambos deliberadamente se han construido como candidatos “antisistema” que aprovechan la coyuntura de hartazgo de los votantes que piden “que se vayan todos”.

“Ofrecerse como el mesías salvador del país gana más votos que hablar de instituciones que limitan el poder presidencial y protegen al ciudadano, independientemente de quien sea el presidente”, diagnostica Naím, preocupado por lo que ocurre en México y Brasil.

Teme que allí se instauren regímenes que socaven la división de poderes, se persiga a las voces disidentes y se vaya a un esquema de partido único que garantice un pensamiento monocolor.

El mesianismo significa en política la tendencia a creer en líderes de inspiración divina cuyo destino superior es salvar a un país de las fuerzas del mal, para convertirlo en una tierra prometida.

El historiador mexicano Enrique Krauze sostiene que este tipo de experimento suele prosperar en América Latina por la larga tradición de profetismo y de mesianismo que trasmitió en estas latitudes la Iglesia Católica.

“En estos países (fundados y educados por los misioneros franciscanos, dominicos y jesuitas), la ética misionera se transfirió de la esfera religiosa a la laica, de los padres redentores a los redentores civiles y revolucionarios”, describe Krauze.

La matriz teológico-política católica alimentó así un inconsciente colectivo, un imaginario social apto para esperar y encumbrar en el gobierno a un hombre providencial, es decir a un mesías (que en hebreo significa “ungido de Dios”).

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