Cuando la mayoría mira para otro lado

¿Qué tan culpable es el hombre de la calle que, tácitamente, presta aquiescencia a regímenes políticos ominosos? ¿Qué tan responsables es ante el mal entronizado en el poder?

Estas preguntas que le caben a todas las sociedades humanas en cuyo seno se hayan gestado crueles totalitarismos, se está volviendo a formular por estos días la opinión pública en Alemania.

Y esto a propósito de la película  “Ein deutsches Leben” / “A German Life” (“Una vida alemana”), donde se cuenta la historia de Brunhilde Pomsel, que fue secretaria del ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels.

Allí Pomsel, que tiene 105 años, brinda una mirada inquietante sobre la mentalidad de una “ciudadana alemana común” durante la época nazi, alguien que trabajó para uno de los aparatos de poder más siniestros de la historia de la humanidad.

“¿Está mal, es egoísta que la gente que ha estado ubicada en determinados cargos intente hacer algo que la beneficie, incluso si sabe que al hacerlo terminará perjudicando a alguien?”, pregunta Pomsel al comienzo del filme.

Aunque asegura que era “apolítica”, tuvo que afiliarse al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), más conocido como el partido nazi. “¿Por qué no? Todo el mundo lo hacía”, confesó en el documental.

En otro momento se define como “uno de los cobardes”, alguien demasiado “sordo” y “superficial” para comprender qué pasaba a su alrededor, como el exterminio de los judíos en los campos de concentración.

Pomsel se esfuerza por definir su responsabilidad. “No, no me sentía culpable”, dice en un momento del filme. “Salvo que uno terminara culpando a toda la población alemana”, aclara.

Sin embargo admite “un poco de conciencia de culpa” y se queja de “indiferencia y miopía”. Cuestiona su educación, “esta cosa prusiana de obedecer las reglas pero, al mismo tiempo, hacer algo de trampa también, mentir o depositar la culpa en alguien más”.

La anciana, por otro lado, sostuvo que las explicaciones que daba el régimen sonaban totalmente creíbles para el alemán común, como la creencia de que los judíos eran “reeducados” en los campos de concentración.

Según ella, era generalizada en Alemania una ignorancia del estado real de las cosas, en las décadas de 1930 y 1940. “Todo el país parecía estar bajo el influjo de un hechizo”, relata.

“Sé que nadie nos cree, porque la gente se cree que lo sabíamos todo. Pero no sabíamos nada”, confesó Pomsel. Y señaló por último: “No hay justicia, no hay dios. Pero lo que está claro es que el diablo existe”.

“Conocimos a la señora Pomsel por casualidad, mientras investigábamos otra historia”, contaron por su lado Christian Krönes y Florian Weigensamer, dos de los cuatro directores de la cinta, al medio alemán Deutsche Welle.

“No era una ávida nazi. Tan sólo no le importó (lo que el régimen nazi estaba haciendo) y miró para otro lado. En eso descansa su culpa”, le dijo luego Weigensamer al diario estadounidense The New York Times.

El documental, sin embargo, no se centra en la responsabilidad particular de Pomsel. Según sus directores, “en un momento en el que el populismo de derecha está en auge en Europa”, ellos quieren que la cinta sea un recordatorio de la “capacidad de complacencia y de negación del ser humano”.

El testimonio de Pomsel pone sobre el tapete la temática de la complicidad de las sociedades con regímenes odiosos. ¿Cabe hablar de culpabilidad colectiva? ¿Cómo juzgar el consentimiento de muchos al mal?

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