De Macri la única que nos puede salvar es Cristina

Si hay algo que el oficialismo aprendió rápido es a ganar elecciones. Casi podría decirse que lo hace mejor que gobernar, aunque ese sería un debate de largo aliento. Quedó demostrado en cada elección de la Ciudad Autónoma, en la provincia y en las generales del 2015 y 2017. Sabe qué teclas tocar para que la melodía fluya.

 

Jorge Barroetaveña

 

Este año, sin embargo, tiene que vérselas con un escenario francamente desfavorable, algo que nunca había enfrentado.

Macri suele contar con el hándicap que le han dado los que lo ningunean. Le pasó en sus albores cuando Néstor Kirchner tuvo que ponérselo de sombrero a Aníbal Ibarra para no perder la capital y en el 2015 cuando parecía que el aparato kirchnerista se lo comía crudo. Empresario devenido a político. Ingeniero que no entiende los códigos de la política. La falta de calle y zapatos con barro. Y todos los etcéteras que se le quieran ocurrir.

La realidad se dio de bruces con aquellos prejuicios y, aunque por un módico 1,5% Macri se quedó con la presidencia y dejó a Scioli, Berger y sus escandaletes con las manos vacías. Como queda claro entonces que gobernar es un arte muy distinto al de ganar elecciones, Cambiemos ha dejado jirones de aquella épica en estos tres años. Y encara el último de su gobierno en el momento más difícil. Con los peores índices que la economía puede arrojar y la perspectiva de un futuro cercano peliagudo, lejos de aquel vergel que ilusionó a sus votantes.

Pero como la política se nutre de múltiples realidades, las motivaciones a la hora de votar no son tan lineales. Sino habría que preguntarle a Hillary Clinton cómo le pudo ganar un neófito de la política como Trump o como alguna vez un tal Fujimori se quedó con la presidencia de Perú, haciendo romper todos los libros de ciencia política.

En este juego de virtudes propias y falencias ajenas el límite suele ser difuso. ¿Hasta dónde Macri debe su presidencia al hartazgo social con el kirchnerismo? ¿Hasta dónde Macri debe su presidencia a los yerros groseros de Cristina a la hora de elegir a sus candidatos? ¿Hasta dónde Macri llegó por sus propias virtudes y porque la gente valoró su tarea en la Ciudad de Buenos Aires? Son preguntas que pueden tener múltiples respuestas, aunque el límite es la realidad. Ganó y punto.

El tiempo que pasó, igual ha permitido asomarse a las razones de aquella victoria. Buena parte de los argentinos que lo hicieron Presidente no votaron por la economía, lo hicieron motivados por el hastío de un modelo que arrancó con Néstor y desbarrancó con Cristina, en el fondo y sobre todo en las formas. Había un reclamo concreto de institucionalidad y hastío frente a la corrupción no investigada. Macri no ganó porque dijo que la inflación era lo más fácil de solucionar, algo que se le convirtió en un boomerang. Ganó porque tuvo el oportunismo de estar en el momento y en el lugar indicados como instrumento de escarmiento y castigo. A partir de eso se vio obligado a construir un relato propio, mal que le pese, como tuvo el kirchnerismo y han tenido todos los gobiernos.

En búsqueda de ese relato que le permita ganar las elecciones de este año está Cambiemos. A los tumbos, pegando los pedazos que se van perdiendo en el camino y recomponiendo lazos entre los antiguos socios. Nada garantiza la victoria al final del camino, pero la incertidumbre que rodea a la oposición, que también avanza a tientas, deja un final abierto.

A los oídos del ciudadano común escuchar que Macri y Cristina se reparten un tercio del electorado suena raro. Hace ruido, mucho ruido. Hasta que caen en la cuenta lo funcionales que ambos han sido, a sus propias estrategias. El tercio que todavía apoya al gobierno sigue movilizado porque no quiere saber nada con ella. Y todavía siente a Macri como la única herramienta para eso. Con Vidal es probable que pase el mismo fenómeno.

El tercio que apoya a Cristina está más cerca de la fe que de la razón. No creen en nada de lo que investiga la justicia  e idealizan el país que vivíamos hasta el 2015. El paraíso antes, el infierno ahora. No hay término medio. Macri ha sido el encargado de destruir todo lo que ella construyó y encima hipotecar el futuro con una deuda monstruosa. No hay retorno para eso y Cristina es la única que puede salvarnos.

Con está lógica binaria es difícil alumbrar algo en el medio. Los gobernadores van y vienen y todos saben que sin ellos, para opciones como Massa, Urtubey o hasta Lavagna será imposible hacer pie. El tiempo que pasa corre a favor de los extremos y va dejando vacíos a los oponentes.

Hábil, el gobierno busca llevar el debate por otros caminos pedregosos pero más fáciles de defender. La seguridad y la corrupción serán su bandera en los próximos meses. Por eso crecieron las acciones de Patricia Bullrich. Aunque para lo segundo la cosa no será tan sencilla. No por los hechos de corrupción de los que se lo pueda acusar a Macri sino porque sus votantes le reclaman algo groso: que no metió presa a Cristina.

Y Cristina calle, deja el agua correr. No habla ni dice nada. Y le da resultado. Está omnipresente en cada estrategia que elabora la oposición y el gobierno. Allí está su éxito más importante.

 

 

 

 

 

 

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