El arte de la hospitalidad y su significación turística

Diversos estudios empíricos dan cuenta que un porcentaje importante de turistas elige destino en función de la hospitalidad, un concepto que engloba múltiples aspectos de la comunidad que recibe a los visitantes.

La “hospitalidad” es la cualidad de acoger y agasajar con amabilidad y generosidad a los invitados o a los extraños. El origen etimológico de la palabra en griego significa “amor (afecto o bondad) a los extraños”.

El significado principal se centra en la figura del “anfitrión”, que es el que da la bienvenida y responde a las necesidades de los que llegan de afuera.

En la antigüedad, la hospitalidad era una de las virtudes más valoradas. Por eso las personas consideraban que era un deber o una obligación ser amable con los desconocidos, los viajeros o las personas extranjeras.

Cabría postular que el turismo moderno es una “industria de la hospitalidad”. Algunos autores remarcan al respecto que cuando se habla de hospitalidad se incluyen dos criterios: uno que engloba el entorno agradable, la acogida, la seguridad y el transporte; y otro que se enfoca en la confianza, la eficiencia, el espacio confortable y el factor sorpresa, entre otros.

En principio nadie vuelve al sitio donde ha sufrido maltrato e indiferencia. Una verdad de perogrullo de notable significación para una industria como el turismo, cuya base de supervivencia reside en que el cliente retorne.

En cambio el forastero bien podría estar dispuesto a disculpar algunas deficiencias en la oferta de servicios de la ciudad, si en ella encontrase una cálida acogida por parte de sus habitantes, quienes logran así que se sienta “como en casa”.

Por lo tanto, bien vale subrayar que la amabilidad y la hospitalidad de la población residente ante los visitantes, el comportamiento y actitud positiva hacia ellos, configuran un componente básico para que exista motivación de corrientes turísticas.

Se suele decir que hay personas que son “naturalmente” hospitalarias, dando a entender que la amabilidad y la sociabilidad les salen espontáneamente, como si fuesen cualidades innatas.

Pero es un equívoco del lenguaje: en realidad el valor del respeto hacia los demás, el buen trato, la actitud diligente y servicial, son cosas que se aprenden.

Por tanto un buen anfitrión, alguien que practica la hospitalidad, no nace sino que se hace. Valores como la cortesía, que revela delicadeza en la relación con el otro (y por lo mismo es lo contrario de la grosería), se adquieren también culturalmente.

De ahí que algunas ciudades que pretenden ser turísticas, preocupadas por la actitud que desarrolla la comunidad residente hacia los visitantes, desarrollen campañas de sensibilización al respecto.

Algunas se embarcan en proyectos educativos tendientes a inculcar a los niños el valor de la hospitalidad y atención cordial a los turistas.

Detrás existe la intención de que la mentada “conciencia turística” no sea algo reservado para quienes están directamente conectados en el negocio turístico, sino algo operativo en la mente y el modo de ser de los ciudadanos.

Para que eso se logre, para que la comunidad desarrolle conductas y actitudes positivas hacia los visitantes, es importante que ella perciba también los beneficios del turismo, entendido como una industria que reporta beneficios al conjunto.

Una comunidad educada turísticamente no sólo conoce su sitio de residencia, y se muestra celosa en su cuidado (higiene y orden) sino que ofrece buenas prácticas de hospitalidad a los visitantes.

 

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