El cinismo de antes y el de nuevo cuño

La impugnación de la moral externa y convencional ha sido una constante de los movimientos radicales a lo largo de la historia, aunque se atribuye su origen en Occidente a los filósofos cínicos.

 

El cinismo floreció en la edad helenística, es decir tras el hundimiento de la polis griega (la Ciudad-Estado) a partir de la formación del vastísimo imperio de Alejandro Magno, en el siglo IV a de C.

Ese fue un contexto de crisis espiritual de la cultura clásica griega, en la que prosperó esta corriente de subversión de los valores tradicionales, cuyo principal exponente fue Diógenes de Sinope.

Sin trabajo y sin casa, viviendo en los márgenes de la sociedad, Diógenes despreciaba abiertamente los principios que veneraban los griegos, sus compatriotas, y por eso es considerado el maestro de la “contracultura” y el primer hippie de la historia.

El emblema del perro fue adoptado por esta secta. Porque este animal habita junto a los hombres y se queda tumbado, indolente, en la plaza pública viendo pasar a los hombres que caminan atareados, inmersos en sus insignificantes preocupaciones cotidianas, sus intrigas y sus ambiciones.

El perro vive en la sociedad humana, pero se mantiene al margen de ella, sin molestarse en ocultar tras el velo del pudor o la vergüenza sus actos naturales: sexo, heces, orina. Y así obraban los cínicos: sin tapujos.

Los “perros” –como se los llamaba- hicieron de la desvergüenza (anaideia) su consigna para moverse entre los demás hombres, denunciando la moral tradicional e hipócrita mediante actos chocantes, obscenos y escandalosos.

La figura de Diógenes fascina a los historiadores, dado el modo de vida extravagante en el que decidió vivir. Han trascendido las célebres réplicas a Alejando Magno, que ponen de manifiesto la contraposición entre el sabio cínico y el poderoso.

Se cuenta que un día, mientras Diógenes tomaba el sol, se le acercó Alejandro (que era su gran admirador) y le preguntó: “Pídeme lo que quieras y yo te lo daré”. Y Diógenes le respondió con desprecio: “No me hagas sombra, devuélveme el sol”.

El cinismo tuvo gran calado en el mundo antiguo y una repercusión enorme en la cultura occidental. Se cree que Diógenes y los suyos encarnaron valores como la libertad y la independencia frente al poder social.

Ellos representaban una actitud rebelde y ácrata, una crítica despiadada y desafiante a la sociedad, al punto que se podría decir que eran un movimiento asocial.

Ahora bien, su desfachatez (un gesto surrealista y desafiante de Diógenes eran sus masturbaciones en público) le dieron mala fama y de hecho fueron deliberadamente tachados de los manuales de filosofía.

Una leyenda negra se montó contra los cínicos, a los que se denostó por su  desvergüenza y de ahí el significado moderno de cinismo como actitud de descaro, impudicia y deshonestidad.

Sin embargo, una corriente cultural actual reivindica al cinismo antiguo, por su postura contestataria y rebelde, frente al cinismo actual, esta vez encarnado no ya en Diógenes, el marginal, sino en los poderosos y ricos de la tierra.

Esa es la tesis del filósofo alemán Peter Sloterdijk, que en su libro “Crítica de la razón cínica” expone cómo el cinismo pasó de ser una “insolencia plebeya a una prepotencia señorial”, deviniendo en una actitud al servicio del statu quo.

Ahora el desparpajo y la insolencia no provienen de los de abajo, sino de los de arriba, aclara Sloterdijk, que insiste en la ruptura entre el cinismo de Diógenes y el de la actualidad.

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