El fútbol, la violencia, los barras y crónica de una pasión herida

Mirá que hay que ser turro para quitarle la pasión a la gente. Hay que ser de mala entraña para convertir una fiesta en un velorio. Hay que ser muy malo para poner el negocio por encima de todo, sin importar lo que quede en el camino. Es para los que sostienen que el fútbol es un extracto de la sociedad argentina. Que es un tubo de ensayo para la violencia con la que se convive en las calles, en los medios y en cada rincón de la Argentina.

 

Jorge Barroetaveña

 

Pasa también que nadie contribuye a encausar la pasión exacerbada. Ni los propios protagonistas, ni los hinchas ni los medios de comunicación que le dedican horas y horas a la mera posibilidad de un evento que ni siquiera estaba confirmado. Porque del Boca-River se viene hablando hace meses, cuando la Copa recién empezaba y ni miras había que pudieran llegar los dos a una final. El cargador lo conectaron y nunca más lo sacaron.

A esa pasión desbordante y hasta enfermiza, se le monta un negocio que traspasa las fronteras. Un negocio que incluye a los barras, la política y las fuerzas de seguridad. Un negocio que mueve decenas de millones y del que viven unos cuantos parásitos. Es el mismo negocio que, si sigue, va a terminar acabando con el fútbol y la pasión que lo sostiene.

Hubo miles de hinchas que el domingo no quisieron volver a la cancha de River. Miles que llevaron a sus hijos por primera vez, a su mujer o que simplemente querían ser testigos de un evento único en la historia. Muchos sintieron que algo se rompió: ¿vale la pena arriesgar la vida por fútbol? ¿vale la pena exponerse por un negocio de unos pocos, a caballito de la pasión de unos cuantos?

Los extremos de la violencia fueron dos: los ‘hinchas’ tirando piedras y lo que tenían a mano contra el colectivo que llevaba a los jugadores de Boca y esa ‘mamá’ envolviendo las bengalas en el cuerpo de su hijo para entrar a la cancha.

El sistema de identificación facial sirvió para encontrarla. Y ya recibió condena. El mismo sistema aún no ha podido dar con los energúmenos que tiraron de todo. ¿Fueron barras? ¿Infiltrados? ¿Anarquistas? ¿Locos? El objetivo de pudrir la final lo consiguieron ampliamente, tanto como el de manchar para siempre la ilusión con la que millones de hinchas van a la cancha o simplemente lo miran por televisión.

Claro que el negocio no se termina en los barras. Sigue en las fuerzas de seguridad que cometieron ‘errores’ inexplicables y en el ente rector, en este caso la CONMEBOL que, a toda costa, no quería perderse el negocio de la final. Hay una pregunta que aún no tiene respuesta: si River no tuvo responsabilidad alguna en los hechos, ¿por qué lo sancionan? Si los piedrazos fueron a 700 metros de la cancha, porque la sanción implica jugar en Madrid una final de la Copa Libertadores de América?

Hemos asistido a una verdadera subasta de la sede, en forma simultánea casi desde que se conoció el reclamo de Boca el domingo pasado. Un montaje programado para ‘cumplir’ con el reglamento y darle rienda suelta al negoción de vender la final al mejor postor. Jamás jugar en River a puertas cerradas o abiertas fue una alternativa válida. Tampoco otro estadio del país. Asunción, Medellín, Miami, Doha, París, y finalmente Madrid se quedó con el premio final. La Conmebol deja a salvo sus ingresos, los incrementa, y sienta un precedente que podría ser en próximas ediciones. Si el negocio es más grande, ¿porqué no jugar fuera del Continente Americano la final?

El fallo sienta un precedente peligroso. Cualquiera que quiera suspender un partido sin recibir sanción procederá a revolear lo que sea y zafará de castigos importantes: porque el ganador se debe definir en la cancha. Otra mentira que sirve para sostener el negocio y darle una pátina de sentido común, algo que  el fútbol y sus dirigentes perdieron hace mucho tiempo. Estos dirigentes son los mismos que trabajaban con los anteriores que están presos por corruptos. ¿Se podía esperar algo distinto?

El cáncer de las barras llevará tiempo de erradicar en la Argentina. El fenómeno es tal que una parte de la sociedad ha adquirido sus comportamientos. ¿O muchos no parecemos barrrasbravas en la vía pública? ¿No existe hasta cierta ‘admiración’ por esos ‘hinchas’ que alientan y festejan sin parar? Sus relaciones con la política, los gremios y la policía es transversal. Encima en los últimos años apareció el fenómeno de la droga. Y el fútbol con su pasión a cuestas que mueven millones. Reventa de entradas, estacionamiento e infinidad de negocios en las cercanías. La legislación encima es blanda y nuestros barras no son los hooligans ingleses.

Sana, sana, colita de rana. Es probable que cuado pase el tiempo los dolores disminuyan, aunque las heridas se sigan acumulando. Los hinchas seguirán yendo a la cancha, gritarán y cantarán por su equipo. Porque es difícil que la pasión se extinga. Pero está herida, arrastra sus pesares. Y el pronóstico es reservado. Algo se rompió y aunque se pegue, no será lo mismo.

 

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