El olimpismo como una filosofía de vida

La competición de los atletas en los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018 transmite un mensaje asociado a un conjunto de valores vitales propios del deporte.

De hecho ése fue el propósito del barón Pierre de Coubertin, el creador del movimiento olímpico moderno a fines del siglo XIX, para quien la pedagogía del deporte podía sanar a la sociedad.

Imbuido de la ideología de la igualdad social, De Coubertin (que era docente) quería que la actividad deportiva dejara de ser privilegio de las clases adineradas de le época.

Consideró entonces la necesidad de democratizarla en la sociedad, reconociendo sus beneficios en el desarrollo de madurez, nobleza, capacidad, trabajo y bienestar físico que generan el esfuerzo y la sana competencia.

La fascinación por estas competencias atléticas se remonta al mundo helénico, a una celebración que se inicia en el año 776 a.C. en Olimpia, en la península mediterránea de Peloponeso, en honor al dios Zeus.

Hoy se habla del “olimpismo” como un espíritu, como una expresión de un complejo de ideas y de valores. Aquí la palabra espíritu da cuenta de cierta ideología que subyace a una práctica, la búsqueda ulterior de determinado propósito, o una mentalidad que se abre paso como una fuerza mancomunada.

Las marcas de esta ideología ya aparecen en la ceremonia de juramento olímpico. Allí los participantes, los atletas y organizadores del evento, se comprometen a respetar determinados valores y reglas.

En 1990, el Comité Olímpico Internacional (COI) aprobó una importante reforma de la Carta Olímpica, donde se expresan los principios fundamentales del movimiento.

Allí se sostiene que el olimpismo es una “filosofía de vida” que pone el deporte al servicio de la humanidad, cuya esencia es exaltar y combinar un conjunto armónico las cualidades del cuerpo, la voluntad y la mente.

“Asociando deporte con cultura y educación, el Olimpismo se propone crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales”, refiere la Carta.

En dicho documento base se expresa que el objetivo del olimpismo “es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana”.

También se pretende, añade, “contribuir a la construcción de un mundo pacífico y mejor educando a la juventud a través del deporte practicado sin discriminación de ningún tipo y dentro del espíritu olímpico, que exige comprensión mutua con espíritu de amistad, solidaridad y juego limpio”.

El movimiento, por otro lado, sostiene que la práctica del deporte es un derecho humano. “Todo individuo o individua debe tener la posibilidad de practicar deporte de acuerdo con sus necesidades”, se indica.

¿Portan los Juegos Olímpicos la promesa de un cambio de paradigma educativo, cultural y social? El misticismo que encierran esos juegos, con su referencia ineludible a los valores griegos del pasado y su exaltación del atleta, como figura humana modélica, ¿tiene algún mensaje vital para este momento de la historia de la humanidad?

Quienes aman el deporte y estiman el carácter o identidad que forja en las personas, probablemente responderán que los valores del olimpismo son un camino para superar los problemas colectivos que afronta la sociedad global.

 

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