En el medio de la noche, encendemos una luz

Necesitamos luz para vivir. Muchas veces pensamos en el agua y el aire como elementos vitales, y claro que lo son. Pero los seres vivos —animales y vegetales— dependemos también de la luz para nuestro desarrollo. El primer libro de la Biblia comienza diciendo que “al principio la tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1, 2). “Entonces dijo Dios: ‘que exista la luz’, y la luz existió. Dios vio que la luz era buena” (Gn 1, 3-4). En el relato de la creación, la luz es lo primero que Dios creó para separar el día de la noche.

Monseñor Jorge Eduardo Lozano*

Al viajar en la ruta, con la claridad del día percibimos el horizonte y la geografía circundante. Nos reconocemos por el rostro y sabemos quiénes somos, e incluso cómo estamos de ánimo. En la oscuridad todo se nos presenta más difuso e incierto.

En las cartas de San Juan se nos enseña que “el que dice que está en la luz y no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas” (I Jn 2, 11) permanece en la oscuridad, y la luz de Dios no le ilumina. Sin el amor fraterno somos tinieblas.

Nuestra vocación cristiana tiene relación con ser testigos de la luz, de la vida nueva de Jesús resucitado. Una canción que a veces se usa en la misa canta “en el medio de la noche, encendemos una luz, en el nombre de Jesús”. Y una antigua expresión atribuida a Confucio expresa que “es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”.

También solemos decir que hay “gente iluminada”. Son quienes ayudan a poner luz en la vida de los demás. Dar un consejo no es como compartir una receta de cocina, que puede resultar igual para todos. Implica comprometerse e implicarse, tener una sintonía del corazón que nos hace sentirnos contenidos, abrazados, comprendidos en la experiencia de vida y en las angustias que nos aquejan.

Durante muchos años con un grupo de amigos nos gustaba ir de vacaciones y hacer campamento junto a uno de los lagos del sur. Recuerdo que cuando el día declinaba, un momento importante era encender el “sol de noche” o algún farol. En esas condiciones siempre es importante no alejarse, ya que no sabés medir cuánto falta para la barranca. Hay que andar con cuidado, e incluso una cierta cuota de desconfianza, prestando atención a los ruidos o sonidos más insignificantes. A la mañana te despertás en la carpa por la luz y por el canto de los pájaros, y por toda la creación que parece sumarse en alabanzas por el nuevo día. Surge en el corazón y los labios la expresión de San Francisco de Asís: “¡Alabado seas, mi Señor!”.

Ayer, 2 de febrero, celebramos la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Su imagen nos es representada por la Virgen María sosteniendo al Niño Jesús en el brazo izquierdo, y en la mano derecha una vela encendida. Está entrando al Templo para presentar al Niño a 40 días de haber nacido. El anciano Simeón lo reconoce como ‘’luz para iluminar a las naciones’’ (Lc 2, 32).

Jesús es el que nos hace superar el miedo a la noche, Él es la Luz del mundo.

Hoy se celebra en el Santuario de Luján una misa para evocar la figura del Cardenal Eduardo Francisco Pironio, fallecido el 5 de febrero de 1998. Fue realmente un ‘’hombre iluminado’’ que supo predicar de la esperanza en tiempos oscuros de la Patria. Se destacó por su amor a la Cruz, a la Virgen, a La Iglesia, a los jóvenes…

En su testamento espiritual escribió: “Te doy gracias, Padre, por el don de la vida. ¡Qué lindo es vivir! Tú nos hiciste, Señor, para la Vida. La amo, la ofrezco, la espero. Tú eres la Vida, como fuiste siempre mi Verdad y mi Camino”. Podés buscarlo en internet y leerlo completo. Es para un momento de oración.

Con su estilo sencillo y franco pudo expresar el amor de Dios por los sencillos y sufrientes. Sumemos nuestra oración por su pronta beatificación.

 

*Arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

 

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