Francia hace honor a su tradición insurreccional

Desde 1789, Francia mantiene una tradición de movilización colectiva, muchas veces violenta. En 2018, la protesta en la calle de los “chalecos amarillos”, refleja el ADN francés.

 

Las escenas de caos y enfrentamientos, como las que estallaron en estos días en París, son una muestra de que sigue vivo el espíritu insurreccional del país que exportó al mundo la célebre “Revolución Francesa”.

La violenta manifestación de los chalecos amarillos, aquellos franceses que protestan contra la política social y fiscal del presidente Emmanuel Macron, está estrechamente ligada a la historia gala.

El clima de insurrección de hoy conecta en principio con aquella revolución de 1789, donde rodaron cabezas, y que le dio forma a la República, de suerte que se puede decir que la idea está latente.

Y más acá en el tiempo tiene familiaridad con otro momento de agitación callejera como fue el Mayo Francés del ‘68. Curiosamente se cumple este año el 50º aniversario de aquella rebelión estudiantil que influyó en las ideas del mundo occidental.

De hecho está muy presente en la memoria de los franceses esa revuelta que conmocionó a París. Aquellos fueron días de furia y agitación: los jóvenes –y más tarde miles de obreros– ocuparon el centro de la escena, clamando por reformas, hartos de una sociedad que no los conformaba.

Un grito de hastío que se expandió desde el Barrio Latino hacia todo el planeta, y que medio siglo después sigue despertando pasiones, sobre todo en los franceses contemporáneos.

Del Mayo Francés se ha dicho que unos creían que hacían la revolución, en tanto que los otros temían la guerra civil. Probablemente idéntico sentimiento domina hoy en el país galo, dividido entre quienes están descontentos con la globalización capitalista, y quieren por la fuerza destruir el régimen político, y quienes temen la deriva extremista.

El movimiento de los gilets jaunes (chalecos amarillos, en francés) comenzó entre unas pocas personas en la Francia rural de clase media baja, un sector que protestaba contra un nuevo impuesto ecológico sobre el combustible que creían que llevaría sus presupuestos al límite.

Pero ahora refleja el descontento de las clases medias empobrecidas por el proceso globalizador, que son fogoneados desde la izquierda, y en particular por la extrema derecha de Marine Le Pen y su discurso nacionalista.

El telón de fondo es la caída del Estado del Bienestar de la Europa de posguerra, producto del proceso de trasnacionalización del capital, que desde mediados de los años ‘80 hizo que muchas empresas migraran desde el centro desarrollado hacia Asia, constituyendo un nuevo poder mundial alrededor de China.

La insurrección francesa expresa la demanda de esa parte de la sociedad europea que se ha vuelto antiglobalización y despotrica contra el euro y Bruselas (sede de la Unión Europea). En esta franja de la población militan los que perdieron las últimas elecciones.

Se mezclan votantes de Jean-Luc Mélenchon, el ex socialista que lidera el partido francés equivalente al Podemos español, con seguidores de Marine Le Pen y su Reagrupamiento Nacional, heredero del Frente Nacional, viejo partido de la extrema derecha.

A todos ellos los une un sentimiento antisistema, mezclado a veces con un discurso anti-inmigración. En este caso los extremos de izquierda y de derecha se tocan, ya que ambos están interesados en dinamitar la globalización capitalista  que expresa la Unión Europea.

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