Hacia una cultura que rescate la interioridad

Extraviados en el mundo de las cosas, en una civilización que nos empuja a vivir hacia fuera, perdemos de vista que la autorrealización personal está en proporción directa con la capacidad de interiorización.

En el ámbito de la antropología contemporánea hace tiempo se escuchan voces que reclaman y promueven la vuelta del hombre hacia sí mismo. La tendencia negativa de la sociedad moderna, se afirma, es que ahoga la dimensión interior.

El psicólogo Carl Jung decía que “la cultura occidental, basada en la externalización, puede hacer desaparecer muchos males, cuya destrucción parece deseable y muy ventajosa. Pero tal como muestra la experiencia semejante progreso se paga demasiado caro en una pérdida de cultura espiritual”.

El diagnóstico es que vivimos en un mundo, dominado por la tecnología, donde todo conspira para separarnos de nosotros mismos. Pero el hombre es básicamente interioridad, y de hecho eso es lo que lo define respeto de otros seres vivos.

En este sentido, la soledad y el silencio, como precondiciones para el retorno a nuestro yo interior, no debieran ser malas palabras. No se trata de desconocer la dimensión exterior del hombre, regida por el dinamismo y la eficacia.

Pero lo decisivo es su vida interior, ese núcleo sagrado donde residen la mismidad y la libertad, lo que los antiguos llamaban “alma”, piedra de toque de la singularidad de cada quien.

Es aquí donde reside la capacidad contemplativa del ser humano, el lugar donde operan el pensar y el sentir. Amputar por tanto esta dimensión, a favor de los intercambios con el mundo exterior, ¿no supone un empobrecimiento de la existencia?

Como una reacción a tanto ruido, la hiperactividad, el movimiento continuo, propios de la cultura urbana posmoderna, es factible observar un estallido de una religiosidad sui géneris, que refleja un inequívoco giro hacia adentro.

La vuelta al mundo interior, la necesidad de una trascendencia, el afán de obtener respuestas que calmen los interrogantes asociados al sentido de la vida, son síntomas de la necesidad de un viaje hacia nosotros mismos.

Se hace eco de esta necesidad de época toda esta nueva espiritualidad, muy enfocada en la experiencia subjetiva de los estados de conciencia, que suele englobarse dentro del fenómeno de la Nueva Era (New Age), que tiene vínculos con la religiosidad oriental.

A todo esto los antiguos creían que la principal fuente de felicidad era encontrarse a sí mismo. Decían, además, que sólo desde ahí el hombre podía comulgar en armonía con los demás y con el cosmos.

La mayoría de los filósofos han rescatado la figura del hombre interior. El español Ortega y Gasset habla, por ejemplo, del “fondo insobornable” de cada hombre, espacio íntimo donde cada quien busca estructuras invariantes y permanentes que fundamenten el propio punto de vista.

Esta época ha silenciado, con miles de ruidos, objetos y entretenimientos, nuestra condición de seres mortales, en opinión del filósofo Martín Heidegger, para quien la vida “inauténtica” nace de no querer asumir nuestra finitud como realidad básica.

Entonces, dice, es posible la caída del hombre al plano de las cosas del mundo, la caída de la existencia al nivel de la banalidad del afán cotidiano, donde el individuo queda determinado por el afuera, de suerte que hace lo que se dice, lee lo que se lee, opina lo que se opina, y así está inmerso en el mundo de lo anónimo.

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