La dicha de hacer lo que más se ama

Cada persona debería poder descubrir aquellos quehaceres que le reportan alegría, y que según José Ortega y Gasset están en línea con sus inclinaciones innatas.

El filósofo español subdividió las ocupaciones humanas en dos grupos: las “trabajosas”, es decir las que se hacen por necesidad y urgencia, y las “felicitarias”, que son las que se hacen con agrado como medio de sentirse bien y a gusto.

En ese reparto, en ese delicado equilibrio o desequilibrio se encuentra parte del secreto de una buena vida. Aunque para Ortega la dicha empieza cuando hacemos cosas que son de nuestra preferencia.

Dice: “Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación.  Metido en ellas, no echa de menos nada, íntegro le llena el presente, libre de afán y nostalgia (…) por eso deseamos que no concluyan nunca. Quisiéramos perennizarlas, eternizarlas. Y en verdad que absortos en una ocupación feliz, sentimos un regusto, como estelar, de eternidad”.

El filósofo se refiere a aquellas actividades “felicitarias” que incrementan la alegría de vivir y que difieren en cada persona, ya que todos somos distintos.

De ahí que mientras unos pueden encontrar dicha practicando algún arte (dibujo, cerámica, escultura) otros gozan en su oficio (carpintería, mecánica), en tanto están los que les gusta pescar, leer, practicar deportes, conversar, o tocar un instrumento.

De acuerdo al concepto orteguiano, hay más posibilidades de atisbar los rayos misteriosos y pasajeros de la felicidad cuando hacemos cosas que nos atrapan, que están en sintonía con nuestras preferencias, sean prácticas diarias de trabajo, ocio o relaciones.

Está claro que habrá personas que podrán, debido a sus circunstancias personales, dedicar más tiempo a las ocupaciones satisfactorias y felicitarias que a las trabajosas u obligacionales, y este es el lado azaroso de la existencia.

Pero Ortega parece decirnos que los mortales tendremos que ingeniárnosla para en lo posible satisfacer en modo justo esa parte vocacional que desde el interior nos impele a la dicha porque, como el filósofo dice, “hay una vocación general y común a todos los hombre. Todo hombre, en efecto, se siente llamado a ser feliz”.

Siguiendo esta lógica, acaso la mejor utopía política sería construir un sistema social en el que el hombre pueda elegir, sin coacción alguna, el oficio que le gusta, haciendo que el trabajo dejara de ser una penalidad, un castigo, para pasar a ser una realización personal dichosa.

Algo parecido pensaba el fundador de Apple, Steve Jobs, para quien la clave de la vida pasa por hacer lo que más nos gusta, con arreglo a la vocación personal.

En el discurso que brindó en la Universidad de Stanford (Estados Unidos), en 2005, Jobs exhortó a los jóvenes a ser consecuentes con ese llamado interior.

“A veces la vida te golpea con un ladrillo. No pierdas la fe. Estoy convencido de que la única cosa que me ha mantenido en pie ha sido amar lo que hago. Tienen que encontrar lo que aman. Vuestro trabajo es una parte muy importante de la vida, y la única forma de quedar satisfechos es creer que están haciendo algo grande. Amen lo que hagan”, dijo.

El fundador de Apple aseguraba, así, que hay que permitirse descubrir las actividades que más nos gustan. De esta manera uno puede aprovechar al máximo su talento. Pero a la vez, al hacer aquello que se ama, también se beneficia a los demás, porque reciben de nosotros lo mejor que podemos ofrecer.

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