La inevitable tensión entre las dos morales

El devenir de las cosas humanas, no importa el tiempo histórico, ha estado dominado siempre por la dialéctica entre la moral individual, por un lado, y la moral social por otro.

El hombre es un animal social, una evidencia indiscutible confirmada por la experiencia de todos los hombres a través de los siglos.

Esto significa que necesita esencialmente, para realizarse, la ayuda de sus semejantes. ¿Qué sería de un individuo a quien sus semejantes no hubieran enseñado a hablar, a leer, a ejercer un oficio, a practicar la moral?

El punto es lograr que la sociedad desarrolle al individuo pero sin absorberlo, es decir sin sofocarlo. Que la “socialización” inevitable, en suma, no termine achatando, oprimiendo y devorando a las personas.

En teoría se trataría de un delicado equilibrio entre las dos esferas oscilantes. Pero cuyos desequilibrios son históricamente recurrentes, explicando dos derivas conocidas: la colectivista (dominio de lo social) por un lado, y la anarquista (rebelión individual) por otro.

Se diría que hay una ambigüedad en toda trabazón social: por una parte, al frenar los apetitos del “yo individual”, limita los destrozos del egoísmo, como dicen los sociólogos.

Pero al traspasar el “yo” en el “nosotros” (espíritu de cuerpo, de casta, de clase, nacionalismo exclusivo y agresivo, fanatismo racial o religioso, etc.), reproduce, dilata y justifica la idolatría social.

Cuando el polo de lo social se torna tiránico –experiencia que se conoce como colectivismo o totalitarismo- la sociedad extiende sus manos de hierro por todas partes y se apodera de la esfera individual (derecho a la propiedad, libertad de pensamiento, por ejemplo).

Cuando esta situación de opresión se verifica, más tarde o más temprano estalla el polo opuesto de lo individual, haciendo que una reacción en sentido contrario se expanda desde abajo, algo que puede expresarse en forma de resistencia pacífica o en violenta revolución.

El filósofo francés Henri Bergson, trazó una distinción entre la moral cerrada y la abierta. La primera, dijo, es la expresión de la coerción que el “yo social” ejerce, a través de los deberes y obligaciones de origen comunitario, en tanto que la segunda se centra en los derechos del “yo individual” o de la moral personal.

Por definición esas dos morales no deberían ser incompatibles, porque ambas reflejan la doble condición del hombre como ser individual y social a la vez.

En teoría el conjunto de leyes positivas, preceptos, normas, usos, costumbres, convenciones y sanciones que nos gobiernan (y que pueden oprimirnos) son realizaciones sociales en las que la moral personal encuentra su cauce (base del proceso de socialización).

Para buscar una metáfora arbórea, dicha moral social hace las veces de la corteza respecto de la savia (moral individual). El problema surge cuando la corteza tiende a hipertrofiarse y a secar la savia. Entonces se desata un conflicto trágico entre la moral viva y la moral convencional.

Cuando la moral social y cerrada, en lugar de tener una relación armónica y viva con el polo individual (de la cual procede de última) se congela en normas absolutas, hasta devenir en tiranía, se desata el conflicto entre la conciencia personal y la ley externa.

La historia humana ha ilustrado ese conflicto innumerables veces, en sucesos casi siempre cruentos y dolorosos, produciendo muchas veces revoluciones pacíficas o violentas, o simples cambios de paradigmas.

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