La moneda acuñada en Potosí que dominó en el pasado local

Desde los albores de la villa hispánica hasta fines del siglo XIX, la economía de la localidad fue dependiente de la “plata boliviana”, expresión monetaria del imperio español.

 

Marcelo Lorenzo

 

Los relatos de la patria chica dan cuenta de la hegemonía de la moneda de plata española llamada “Real”, confeccionada con el metal que se extraía del Cerro Rico de Potosí (Bolivia), cuya influencia trascendió largamente la época colonial.

Este signo monetario está presente, por ejemplo, en los recuerdos lugareños de Alejandro Álvaro Denegri (1906-1987), sobre las vivencias sub-urbanas de Gualeguaychú  a fines del siglo XIX.

Este autor, que escribió bajo el seudónimo Jano del Oeste, cuenta que su abuelo genovés Juan Denegri adquirió en “cuatro reales bolivianos”, allá por 1866, el predio donde luego montaría el primer comercio del Barrio del Cementerio Viejo (hoy Hospital Centenario).

En sus historias del Gualeyán, zona conocida antiguamente como la Costa Brava, Jano evoca además cómo los gauchos hacían changas y en las estancias les pagaban unos “reales” por faenas tales como yerras, esquilas, corte de abrojos o destrucción de malezas.

Resulta que la moneda colonial no desapareció tras la derrota de los españoles en el territorio, sino que se siguió usando en el período de la revolución y la  independencia y de la organización nacional.

Incluso cuando Potosí no estuvo bajo el control español, el gobierno patrio hizo acuñar allí monedas de plata donde la efigie del rey se sustituyó por “el augusto emblema de la Libertad”, sin alterar el peso, la ley y el valor de cada pieza.

Lo cierto es que la “plata boliviana” fue corriente en Entre Ríos y en buena parte de las ex provincias del viejo Virreinato del Río de la Plata. Y esto hasta 1881, fecha en que el presidente Julio A. Roca decidió unificar el sistema monetario, creando el “peso argentino”.

Incluso la vigencia de la plata boliviana perduró pese a los intentos de los distintos gobiernos criollos por desplazarla del mercado, a través de emisiones regionales de papel moneda.

Trazando un paralelismo, aquello fue algo parecido al intento fallido contemporáneo con que los gobiernos argentinos vienen queriendo suplantar al dólar estadounidense de la preferencia ciudadana.

El imperio español acostumbró a sus súbditos al metálico (al oro y la plata), cuyo valor se asentaba en sus cualidades físicas y su relativa rareza. Frente al metálico, el papel moneda o billete tiene sin embargo un valor fiduciario, es decir se asienta en la confianza que despierta su emisor (gobierno o banco).

En una época donde el valor de la moneda estuvo determinado por su contenido intrínseco de plata u oro, el billete aparecía entonces como una alternativa de menor categoría, cuando no un sucedáneo espurio.

Eso significa que el Real o plata boliviana (de mayor circulación en la colonia española que el Escudo -de oro-) reunía todas las cualidades que se espera de una moneda: medida de valor, medio de transacción y sobre todo de atesoramiento.

El papel moneda que los gobiernos y los bancos inyectaron al mercado, para superar la escasez de liquidez, produjo que el público despreciara los billetes mientras acaparaba el metálico (así como hoy los argentinos prefieren el dólar al peso).

Se diría que desde la Revolución de Mayo y hasta 1881, las provincias del antiguo virreinato se enfrentaron al problema monetario planteado por la conocida Ley de Gresham, según la cual las personas atesoran la buena moneda mientras se desprenden de la mala moneda (el billete en este caso).

Por otra parte la moneda de plata de 1 Peso o “Real de a 8” (1 Peso equivalía a 8 reales) que acuñó el imperio español fue la primera moneda de reserva que durante tres siglos fue referencia obligada en el comercio mundial.

Tenía un peso de 27,468 gramos y una pureza de 0,93055%, por lo que contenía 25,560 gramos de plata pura. Además del Real de a 8, se acuñaron monedas de 4, 2,1, medio real y un cuarto de real (cuartillo).

Así como hoy el dólar expresa a nivel global la hegemonía norteamericana, el real fue la primera divisa de uso mundial que reflejó el poder internacional de España, siendo su principal producto de exportación.

Los historiadores refieren que la moneda de plata española apalancó el capitalismo mundial, favoreciendo la introducción del mercantilismo en el siglo XVI, tanto en Europa como en Oriente.

Estas piezas se acuñaban en América y se transportaban a granel a España, siendo este transporte un objetivo tentador para piratas y corsarios.

Las trece colonias británicas en América del Norte llegaron a utilizar el real, al punto que la moneda española fue la de curso legal en los Estados Unidos hasta que en 1857 fue prohibido su uso.

 

CRISIS MONETARIA EN EL PAGO CHICO

El profesor Alejando Guimera, en su estudio sobre la economía de Gualeguaychú durante la segunda mitad del siglo XIX, describe los trastornos que generaba a nivel local la escasez de metálico, que impedía el desarrollo comercial e industrial.

“La economía se había desarrollado en el espacio local por dos circuitos básicos: el circulante en patrón plata y el trueque; con las limitaciones que presentaban al saturar el mercado. El ‘metálico’ siempre fue escaso: por un lado, se disponía y por otro, fue acumulado por algunos sectores pudientes de la población que especulaban para obtener mejores precios”, explica.

Guimera señala que a esta circunstancia se sumaba la práctica de la adulteración de las monedas mediante la reducción de la cantidad de plata que contenían. “Cuando circulaban monedas que ‘no valían por su peso’ corrompían el mercado local”, refiere.

Que existiera la primitiva práctica del trueque revela los problemas reales por falta de circulante en Gualeguaychú, que desde 1851 había sido elevada a la condición de ciudad y a través del puerto viraba hacia la modernidad.

Hay que pensar que esta forma de intercambio pre-monetario, que básicamente consiste en cambiar una cosa por otra, sólo funciona cuando cada individuo posee algo que le interesa al otro.

En Entre Ríos, al igual que en otras provincias, se hicieron intentos por reducir o sustituir la circulación de la plata boliviana, la moneda hegemónica, a través de distintas emisiones de papel moneda, aunque estas experiencias no fueron muy afortunadas.

El fracaso del plan económico de la Confederación Argentina, liderada por Justo José de Urquiza, se debió justamente al repudio que sufrieron los billetes emitidos por el malogrado Banco Nacional de la Confederación, por parte sobre todo de los comerciantes de la provincia, que sólo atesoraban metálico (ley de Gresham) .

Privado de los recursos de la aduana de Buenos Aires (que se había separado de la Confederación), Urquiza se vio obligado a la emisión monetaria sin garantía en metálico.

“A falta de respaldo en oro y plata las emisiones se realizaron con la promesa de respaldarlas con las rentas aduaneras, que no eran precisamente las de la aduana de Buenos Aires, sino las de las raquíticas oficinas del interior”, diagnostica el historiador entrerriano Rubén Bourlot.

El plan se fue al tacho en pocos meses porque nadie quería tener los depreciados papeles del Banco Nacional. Por lo tanto se cerró la institución y se rescataron los billetes en circulación.

Para salir del atolladero monetario, Urquiza convocó a inversionistas particulares, a través de la creación de la banca privada, que empezó a emitir billetes de diferentes valores tomando como denominación y patrón de referencia la “plata boliviana”.

Existió, por caso, un emprendimiento mixto (estatal-privado) como el Banco Entre-Riano, con sede en Concepción del Uruguay, y sucursales en Concordia y Victoria.

En tanto, a fines de la década de 1860 surgieron las primeras entidades bancarias en Gualeguaychú, con autorización para emitir billetes. El objetivo declarado era dar impulso a la economía, monetizando las transacciones.

Eso refiere “La actividad bancaria en Gualeguaychú hasta 1891”, el trabajo de investigación realizado por el profesor Oscar Blanc, en el que se echa luz sobre el pasado de la intermediación financiera.

Al describir la primitiva banca doméstica, Blanc atestigua que aquí se instaló un banco del vizconde de Mauá, producto de las alianzas y amistades que Urquiza tejió con el Imperio del Brasil, para derrocar a Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros.

El banco más nombrado por los lugareños fue el de José Benítes o Benítez, quien era un próspero comerciante, saladeril y armador. En la primavera de 1878, doce años después de su apertura, la entidad cerró sus puertas.

Por entonces había un competidor en el rubro: el banco de Domingo Garbino y Juan Oxandaburu, dos prósperos comerciantes de la zona, los cuales abrieron también sucursales en otras localidades entrerrianas.

Por su parte, Guimera cuenta que los billetes emitidos por estas casas circulaban en nominaciones bajas de medio real boliviano, 1, 5 y 20 pesos bolivianos, con la inscripción “pagar al portador y a la vista”. La serie de billetes de “cuatro pesos bolivianos”, del banco Oxandaburu y Garbino, era la que más circulaba en el comercio local.

¿Cuál fue el poder adquisitivo de esos billetes? Al respecto cuenta Guimera: “Un producto muy demandado era el alambre de acero -por rollo- que tenía un valor de $10,5 en el puerto local. El derecho de ancla­je de una embarcación pequeña se había establecido en $3,50 se­gún consta en recibos de pago. Algunos productos básicos de consumo masivo como yerba, azúcar, harina o café se podían conseguir en la ba­rraca ‘Los tres pobres’ a $5 el kilo, o comprarlos por cuartillo”.

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