La pérdida del contacto visual entre las personas

Hay razones para creer que los teléfonos móviles, las computadoras y otras pantallas, que suelen mediatizar las interacciones sociales, contribuyen a deteriorar la rica posibilidad humana de mirarse a los ojos.

 

No hacer contacto visual con la otra persona podría ser uno de los signos de inhumanidad de una época donde reina la indiferencia hacia los otros y los artefactos tecnológicos son los aliados, o la excusa, para este comportamiento aberrante.

El gesto de quitar la mirada de la cara del interlocutor para llevarla hasta la pantalla del teléfono puede resultar grosero. “Es como si abriera una revista frente a tu cara y me pusiera a leerla mientras tú me hablas”, razona el guionista y actor estadounidense Jerry Seinfeld.

En tanto que para el periodista y escritor argentino Cristian Vázquez hay una forma más sutil, y a la vez inquietante, de pérdida de contacto visual: es la que se produce cuando alguien posa, actúa o habla frente a una cámara.

Según Vázquez, en estos castos la gente no mira a la cámara sino a otra pantalla, como ocurre con las selfies, en las que las personas retratadas parecen mirar su propia imagen, como si miraran a un espejo.

“En muchas selfies, por cierto, lo que se fotografía es un espejo, pero la persona no se mira al espejo: mira el teléfono. Es el teléfono quien se autorretrata. La persona se torna un mero adorno, un complemento”, sostiene el escritor.

El mismo efecto de miradas “desviadas” ocurre también en las videoconferencias. “Hablás con alguien que desde una pantalla te habla pero no te mira. O sí: mira tu imagen, pero tu imagen está en su pantalla y no en su cámara. De ahí que no lo veas mirarte: mira para otro lado, un poco para arriba, o para el costado. Es casi como si te mirara, pero no”,  dice Vázquez.

Pasa algo parecido con los youtubers, que tampoco “miran” a la otra persona, aunque pretendan generar esa ilusión. Si antes, al menos, detrás de los anteojos siempre había una persona, en estos casos no se miran caras sino “inhumanos puntos negros”.

Mirarse a los ojos es transformador, sostienen algunos especialistas. En la década de 1980, el psicólogo estadounidense Arthur Aron enfatizó que “cuatro minutos de contacto visual acerca a las personas más que cualquier otra cosa”.

Sin embargo, durante una conversación en una cita o en una entrevista de trabajo, por ejemplo, a muchas personas les cuesta mantener la vista en alto y en contacto con la mirada de su interlocutor.

Una de las explicaciones de esta conducta es que nuestros ojos nos delatan y ponen nuestras emociones en el tapete. Nuestra mirada, en suma, nos traiciona, impide esconder el aburrimiento, la rabia, el dolor o la desesperanza cuando miramos directo a los ojos de alguien (“los ojos son el espejo del alma”, dice un conocido refrán).

Científicos japoneses descubrieron otro motivo: el cerebro obtiene tanta información de la cara de la otra persona que, si al mismo tiempo debe procesar y emitir mensajes verbales, el esfuerzo le resulta abrumador. Ergo: evitar el contacto visual sería una forma de conservar los recursos cognitivos.

Como sea, los expertos en comunicación no verbal destacan el enorme poder que representan las miradas y afirman que el contacto ojo a ojo enriquece las relaciones entre las personas.

Bajar la mirada, no estar dispuesto al contacto visual con los demás, utilizando muchas veces la tecnología como artilugio, no sólo puede estar revelando falta de personalidad, sino también ausencia de humanidad.

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