La única especie que inventa historias

Entre todos los seres vivientes el hombre es el único que tiene la compulsión por contar historias. Se diría que es un inventor y narrador nato y al mismo tiempo alguien que necesita de relatos para vivir.

En su afán por la búsqueda de sentido, los seres humanos echan mano del lenguaje para darse una interpretación de sí mismos y del mundo. Arman, entonces, una narrativa para saciar su curiosidad.

Eso hacen los niños pequeños cuando, con cierto dominio del lenguaje, lanzan la pregunta “por qué”, esperando que alguien le diga cómo son las cosas, que les cuente algo que los saque de la perplejidad.

Según los psicólogos, nuestra identidad es producto de un relato que hacemos de nosotros mismos. Si nos preguntan quiénes somos, contamos una historia, un relato que nos posiciona delante de los otros “yo” y del mundo.

Es una cosa que hacemos todo el tiempo, sin darnos cuenta que nos inventamos un relato de nosotros mismos para seguir viviendo, algo en lo cual creemos vivamente, aunque eso no signifique que sea verdad.

De hecho, ese relato no sólo puede no puede coincidir con la realidad (lo que somos realmente) sino con el relato que los otros se hacen de nosotros.

En los albores de la humanidad, el hombre se ha visto compelido a darle un sentido a su situación en el mundo. De esta manera se ha convertido en un formidable creador de mitos, término que proviene del griego y significa “relato”.

Los antropólogos distinguen varias clases de mitos: los que intentan explicar la creación del mundo (cosmogónicos), los que relatan el origen de los dioses (teogónicos), los que narran la aparición del ser humana (antropológicos).

También están los mitos que explican el origen de los seres, las cosas, las técnicas y las instituciones (etiológicos), los que explican la existencia del bien y del mal (morales),  los que cuentan cómo se fundaron las ciudades (fundacionales), y los que anuncian el fin del mundo (escatológicos).

¿Son nuestros antepasados los únicos que vivieron en un mundo mítico? A diferencia de ellos, sostenemos que nosotros, los civilizados, hemos dejado de necesitar mitos pues sabemos cómo son las cosas.

Para remarcar el punto, hablamos, por ejemplo, de nuestras explicaciones científicas. Sin embargo nuestros antepasados también pensaban que sabían cómo eran las cosas. También consideraban sus historias como representaciones verdaderas de la realidad

La pregunta es, nuestras explicaciones científicas, ¿no son también historias? ¿No son acaso narrativas que producimos acerca del mundo, más allá de que han llegado a ser poderosas y convincentes para el hombre de hoy?

Cabría postular que toda sociedad es albergada dentro de algunas estructuras fundamentales compuestas de narrativas. Y en este sentido el discurso histórico de nuestra civilización se llama “científico”.

El hombre narra porque es un ser lingüístico, porque tiene la capacidad de tejer historias con palabras, de representarse el mundo a través de esos signos, que actúan como mediadores entre él y las cosas.

El filósofo Martin Heidegger insistía en que el “lenguaje es la morada del ser”, sugiriendo que no podemos escapar del tejido lingüístico que creamos con nuestras historias.

“El hombre actúa –escribió Heidegger -como si fuese el artífice y el maestro del lenguaje, en circunstancias que es el lenguaje el que ha permanecido como maestro del hombre”.

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