La utopía de una vida sin riesgos ni peligros

A lo largo de la historia la humanidad ha bregado por conservarse en la existencia y protegerse contra el infortunio. Ha tratado, en el fondo, de eliminar el riesgo y los peligros inherentes a la vida, aunque se trata de un ideal nunca alcanzado.

El deseo de estabilidad, la huida del peligro, la búsqueda de un mundo ordenado y previsible son manifestaciones típicas de esta necesidad ancestral por la seguridad.

En todo individuo, y por extensión en los grupos, hay una búsqueda innata por protegerse de todo peligro real o imaginario, físico o abstracto.

Una tradición en el pensamiento político sostiene que el hombre debe precaverse de los de su propia especie. Los seres humanos no tienden naturalmente a amarse ni a compadecerse, sino a temerse y hostigarse.

Así pensaba Thomas Hobbes (1588-1679), considerado el primer gran teórico político moderno, para quien si no hay un poder soberano que imponga orden, se cae en la barbarie y en la guerra de todos contra todos.

Así aparece “Leviatán”, que es el nombre que Hobbes da al Estado, un artificio que la colectividad se pone a sí misma para poder subsistir, un mal menor creado para evitar las luchas dentro de la sociedad, para imponer orden.

Ahora bien, ¿cuál es el precio que está dispuesto a pagar el hombre por sentirse protegido? ¿Es capaz de darle todo el poder a un Estado tirano, que al cabo lo esclavizará?

La legitimidad social que han tenido, a lo largo de la historia, los regímenes totalitarios, la “popularidad” de los fascismos, sugiere que hay sociedades que están dispuestas a anonadarse ante un poder que les promete seguridades.

Al respecto, se atribuye a Benjamín Franklin esta inquietante observación: “Quienes renuncian a la libertad esencial para obtener seguridad temporal, no merecen ni libertad, ni seguridad”.

El filósofo Friedrich Nietzsche, a fines del siglo XIX, mostró siempre su antipatía hacia el nuevo orden burgués que se estaba incubando en Occidente, con su pretensión de eliminar el riesgo que está unido, según él, inexorablemente a la vida y a la acción.

Imbuidos de la “religión del bienestar”, los modernos aspiraban a crear un tipo de sociedad con seres obedientes, cómodos y bonachones. Pero el secreto para cosechar la existencia más fecunda, el más grande placer de la vida, retrucaba Nietzsche, “es vivir peligrosamente”.

Una civilización técnica montada sobre la premisa de hacer la existencia segura y libre de sobresaltos para los humanos –como parece ser la nuestra- ¿acaso ha eliminado el riesgo?

Ésta es una de las paradojas de la época: pese a los adelantos de todo tipo, a la extensión de los servicios del Estado protector y paternalista, a la oferta privada de seguridad, la vida sigue siendo peligrosa.

El teórico cultural y urbanista Paul Virilio, sostiene que el accidente es la cara oculta del progreso. “No hay un progreso total: el progreso siempre es relativo, ya sea en el dominio económico, en el científico o en el técnico. No hay progreso sin su sombra; y el accidente es su sombra”, ha dicho.

El psicólogo Sergio Sinay explica que la inseguridad no es una coyuntura eliminable, sino un ingrediente natural de la vida, viene con ella.

Tras calificar la vida como una “aventura de final incierto”, cuya esencia es el riesgo y lo imprevisto, considera una ilusión insensata pretender aspirar a una seguridad absoluta

“Quien procura prevenirse contra todos los riesgos suele terminar protegiéndose nada menos que de la vida”, reflexiona.

 

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