Las cárceles y el ideal de reinserción

Una persona que ha entrado al sistema carcelario, después de purgar su pena y de haber recuperado su libertad ¿está en condiciones de reinsertarse en la comunidad?

Hay toda una corriente de opinión que sugiere que las prisiones, en lugar de convertirse en centros de rehabilitación de los internos, como lo postula el mandato constitucional, agravan su condición moral.

Los más críticos hacia el sistema sostienen que éste, contra su postulado ideológico, se ha constituido paradójicamente en un centro de capacitación especializado de delincuentes.

Según esta hipótesis, una persona que ha ingresado a la cárcel por haber incurrido en un delito, cuando sale de ese ámbito, lo hace peor a cómo entró con respecto a su vida en sociedad.

Su permanencia en prisión sólo le habría servido para ser humillado, tratado en condiciones infrahumanas, sometido a vejaciones de todo orden. Y esto cerraría cualquier posibilidad de reeducación.

Este proceso por el que ha terminado en prisión, por los errores que ha cometido, por las malas decisiones que ha tomado en su vida, le habrían llevado a un lugar que no lo ha hecho mejor.

De alguna manera, los ciudadanos pretenden que en la cárcel los detenidos sean realmente castigados. Pero a la vez se pretende que cuando salgan de prisión, se reinserten en la sociedad. ¿Estamos, acaso, frente a dos objetivos incompatibles entre sí?

La Constitución Nacional, al justificar la existencia de las cárceles, concibe a éstas como sitios de regeneración humana, no como lugares siniestros donde sólo cabe el castigo hasta el límite de la degradación.

La regeneración choca con algunas limitantes propias de la población carcelaria, como el hecho de que la mayoría de los presos no tiene oficio ni estudio. Una situación que favorece objetivamente la reincidencia.

Una persona es declarada por la Justicia penal como reincidente cuando se la condena por un delito cometido luego de haber sido sentenciado por otro y cumplido pena efectiva de prisión por ese primer hecho, total o parcialmente.

Hay estadísticas que indican que el 40% de quienes están presos en el país son reincidentes, un porcentaje que habla a la claras de las dificultades para la reinserción social de esta población.

Tener un oficio y conseguir trabajo es uno de los principales factores para lograr que quienes salen de la cárcel puedan tener una vida fuera de sus muros. En este sentido, y dado que la mayoría de los proceso no tiene oficio ni estudio, se convierte en una estrategia penitenciaria básica encarar la capacitación laboral de los internos.

Hay estudios que revelan que entre los presos que pasaron por algún centro universitario, la reincidencia baja al 15%. Y esto porque la capacitación en la cárcel les dio herramientas y la formación necesaria para ganarse la vida en libertad.

Los especialistas coinciden, además, en que ocupar la mente de los detenidos con capacitaciones también ayuda a pacificar la convivencia. Señalan que un preso que estudia tiene la mente ocupada, puede escapar de la depresión al aumentar sus expectativas a futuro, mejora el vínculo con su familia y está menos predispuesto a ser violento.

Pese a estos beneficios, sólo el 21% de los detenidos en las cárceles argentinas (alrededor de 76.000 internos) recibe capacitación laboral, según datos del Sistema Nacional de Estadística sobre Ejecución de la Pena.

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