A los niños les debemos el presente
En una fecha tan querida por todos como esta, conmueve escuchar mensajes y ver los esfuerzos de muchos por darle a tantos niños un día diferente, donde puedan sentir lo importante que son como personitas.
Por el Prof. Guillermo Régoli
Opinión
Miles de anécdotas y recuerdos pueden hacerse presente en este día y hasta un oculto deseo, por momentos, de volver a ser un poco niños y poder recibir en un regalo un gesto de amor que se transforme en una caricia al alma.¿Qué son para nuestra sociedad los niños? Para algunos el futuro, para otros la dura realidad de un presente sin esperanza, para aquellos, la etapa donde más se ve la carencia de derechos humanos, para estos un problema que molesta, que incomoda.Hemos tomado conciencia, tal vez más que nunca, del valor de los derechos humanos: hay derechos de los ancianos, de los enfermos, de los adolescentes, también de los niños y sin embargo sigue habiendo niños a los que esta buena noticia nos les ha llegado.Hace tiempo que me pregunto si basta solo con hablar de los derechos humanos. Me pregunto si la sola conciencia de tener derechos no nos termina encerrando en nosotros mismos. Los derechos humanos siempre hacen alusión a mí: tengo a derecho a... En esta mirada los otros aparecen como el límite hasta donde puedo llegar para no violar sus derechos. El valor que tengo como persona fundamenta mis derechos ¿quién vale más en nuestra sociedad? ¿Los ancianos, los enfermos, los pobres, los niños? ¿Y quién es responsable de que estos derechos se cumplan sin entrar en conflicto.Podríamos hacer la pregunta de otra manera. ¿Qué deber tenemos para con los demás? ¿Qué les debemos a nuestros niños como padres, como docentes, como gobernantes, como adultos?El deber, a diferencia de los derechos, me comunica con los otros, me exige salir de mí mismo, me invita inclusive al amor, a la capacidad de renuncia, al heroísmo, porque descubro en el otro un valor incalculable.Para con los niños tenemos muchos deberes, pero hoy sobre todo uno un presente distinto. No les podemos hablar del futuro porque para muchos de ellos está muy lejano, y porque si no mejoramos el presente mal podemos pensar un futuro mejor.Hoy muchos chicos perdieron su mundo de niños. Parecieran pequeños adultos en un mundo de adultos que teme al paso del tiempo: añora la juventud, se viste como joven, vive el momento, reclama derechos, teme a los límites, descree de aquello que aprendió. Dónde comienza y termina el mundo de los niños y de los adultos.Los adultos también tenemos derechos: a disfrutar del tiempo, a rehacer nuestras vidas, a realizarnos profesionalmente, a forjarnos un futuro mejor por eso entre el tiempo que le dedicamos a la peña, al trabajo, al gimnasio, y en muchos casos a la nueva familia que formamos, nos queda poco tiempo para los niños, en ocasiones nuestros hijos. Y como los niños ya son pequeños adultos decimos que ellos nos entienden o que vale más la calidad de tiempo que la cantidad que compartimos con ellos.Somos una sociedad que añora mantenerse joven pero que cuida poco a los niños y jóvenes, que reclama derechos pero que ha perdido la dimensión del deber que tenemos para con el otro.Un primer signo de que en una sociedad se vive la justicia social es que se da a cada uno lo que le corresponde por el valor que tiene como persona. Otro signo es que es una sociedad capaz de mirar con predilección a aquellos más vulnerables. Si hablamos solo de derechos todos queremos reclamar, si pensamos en deberes somos capaces de privilegiar en el cuidado a aquellos que más nos necesitan.Hay muchas personas que ejercen día a día este sentido del deber para con el otro desde hace tiempo. Pero esto no alcanza. Es cierto que al estado le corresponde ser garante de los derechos pero no solo a él.Durante mi infancia los garantes de mis derechos fueron mi familia y los adultos que me formaron. Pude sentirme y saberme niño porque había adultos: en mi mundo de niño no había conflictos, ni muertes, ni robos, ni violencia, ni violaciones, porque aunque se que existían eran cosas del mundo de los adultos. Ellos tenían el deber de protegernos. Y pude ser un niño pensando en el futuro. Me podían preguntar qué sería cuando fuera grande y yo responder sabiendo que faltaba mucho todavía. Puedo a la distancia señalar errores de aquel mundo pero no les puedo reprochar que hayan olvidado que a ellos les correspondía marcarme un camino. ¿No tendremos que recuperar como sociedad ese límite: los niños a la escuela, al juego, a la inocencia, al amor, al futuro posible, a una vida digna, y nosotros, los adultos como garante de esos derechos?A los niños les debemos, sobre todo un presente mejor, para pensar un futuro distinto. No vaya a ser que se nos vuelva en contra. En el futuro muchos de nosotros seremos los abuelos del mañana. ¿Cómo nos mirarán los que hoy son niños?
Por el Prof. Guillermo Régoli
Opinión
Miles de anécdotas y recuerdos pueden hacerse presente en este día y hasta un oculto deseo, por momentos, de volver a ser un poco niños y poder recibir en un regalo un gesto de amor que se transforme en una caricia al alma.¿Qué son para nuestra sociedad los niños? Para algunos el futuro, para otros la dura realidad de un presente sin esperanza, para aquellos, la etapa donde más se ve la carencia de derechos humanos, para estos un problema que molesta, que incomoda.Hemos tomado conciencia, tal vez más que nunca, del valor de los derechos humanos: hay derechos de los ancianos, de los enfermos, de los adolescentes, también de los niños y sin embargo sigue habiendo niños a los que esta buena noticia nos les ha llegado.Hace tiempo que me pregunto si basta solo con hablar de los derechos humanos. Me pregunto si la sola conciencia de tener derechos no nos termina encerrando en nosotros mismos. Los derechos humanos siempre hacen alusión a mí: tengo a derecho a... En esta mirada los otros aparecen como el límite hasta donde puedo llegar para no violar sus derechos. El valor que tengo como persona fundamenta mis derechos ¿quién vale más en nuestra sociedad? ¿Los ancianos, los enfermos, los pobres, los niños? ¿Y quién es responsable de que estos derechos se cumplan sin entrar en conflicto.Podríamos hacer la pregunta de otra manera. ¿Qué deber tenemos para con los demás? ¿Qué les debemos a nuestros niños como padres, como docentes, como gobernantes, como adultos?El deber, a diferencia de los derechos, me comunica con los otros, me exige salir de mí mismo, me invita inclusive al amor, a la capacidad de renuncia, al heroísmo, porque descubro en el otro un valor incalculable.Para con los niños tenemos muchos deberes, pero hoy sobre todo uno un presente distinto. No les podemos hablar del futuro porque para muchos de ellos está muy lejano, y porque si no mejoramos el presente mal podemos pensar un futuro mejor.Hoy muchos chicos perdieron su mundo de niños. Parecieran pequeños adultos en un mundo de adultos que teme al paso del tiempo: añora la juventud, se viste como joven, vive el momento, reclama derechos, teme a los límites, descree de aquello que aprendió. Dónde comienza y termina el mundo de los niños y de los adultos.Los adultos también tenemos derechos: a disfrutar del tiempo, a rehacer nuestras vidas, a realizarnos profesionalmente, a forjarnos un futuro mejor por eso entre el tiempo que le dedicamos a la peña, al trabajo, al gimnasio, y en muchos casos a la nueva familia que formamos, nos queda poco tiempo para los niños, en ocasiones nuestros hijos. Y como los niños ya son pequeños adultos decimos que ellos nos entienden o que vale más la calidad de tiempo que la cantidad que compartimos con ellos.Somos una sociedad que añora mantenerse joven pero que cuida poco a los niños y jóvenes, que reclama derechos pero que ha perdido la dimensión del deber que tenemos para con el otro.Un primer signo de que en una sociedad se vive la justicia social es que se da a cada uno lo que le corresponde por el valor que tiene como persona. Otro signo es que es una sociedad capaz de mirar con predilección a aquellos más vulnerables. Si hablamos solo de derechos todos queremos reclamar, si pensamos en deberes somos capaces de privilegiar en el cuidado a aquellos que más nos necesitan.Hay muchas personas que ejercen día a día este sentido del deber para con el otro desde hace tiempo. Pero esto no alcanza. Es cierto que al estado le corresponde ser garante de los derechos pero no solo a él.Durante mi infancia los garantes de mis derechos fueron mi familia y los adultos que me formaron. Pude sentirme y saberme niño porque había adultos: en mi mundo de niño no había conflictos, ni muertes, ni robos, ni violencia, ni violaciones, porque aunque se que existían eran cosas del mundo de los adultos. Ellos tenían el deber de protegernos. Y pude ser un niño pensando en el futuro. Me podían preguntar qué sería cuando fuera grande y yo responder sabiendo que faltaba mucho todavía. Puedo a la distancia señalar errores de aquel mundo pero no les puedo reprochar que hayan olvidado que a ellos les correspondía marcarme un camino. ¿No tendremos que recuperar como sociedad ese límite: los niños a la escuela, al juego, a la inocencia, al amor, al futuro posible, a una vida digna, y nosotros, los adultos como garante de esos derechos?A los niños les debemos, sobre todo un presente mejor, para pensar un futuro distinto. No vaya a ser que se nos vuelva en contra. En el futuro muchos de nosotros seremos los abuelos del mañana. ¿Cómo nos mirarán los que hoy son niños?
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