¿A quién votaré?
Por Soledad Bruzzoni*
Opinión
Esto que les paso, lo encontré los otros días y me pareció muy didáctico como para compartirlo con todos Uds. Un abrazo grande y traten de no mandarse cagadas, que las cagadas individuales las terminamos pagando todos.
Podría decirse que en estas elecciones se confrontan dos ideas. Sin embargo, esa dicotomía no logra penetrar el vallado mediático pues se ha decidido imponer la discusión chiquita como dinámica del debate público. ¿Pero cuáles son esas dos ideas?
Habitualmente, el oficialismo se refiere al conjunto de políticas públicas ejecutadas hasta la fecha bajo la denominación de modelo de acumulación económica con inclusión social. En la vereda de enfrente, hay dos variantes de un mismo tenor que se expresan a través de conceptos genéricos como república o institucionalidad, auguran que “se va a acabar la cara de culo”, denuncian que “esto es tremendo y nadie hace nada” y hacen otras apelaciones al niño constitucionalista que todos los argentinos llevamos dentro.
Sin embargo, ninguna de las dos corrientes de pensamiento expresa acabadamente su contenido. Una, tal vez, porque entre las ráfagas de metralla mediática gasta mucho tiempo en la trinchera asomando la capocha para ver quién tira; la otra, quizás, porque esconde motivaciones inconfesables.
En un asado reciente, un grupo de individuos de diversas orientaciones políticas debatía, entre vaso y vaso de tinto, sobre las próximas elecciones, sin saber que en realidad discutían sobre estas dos corrientes en pugna. La charla era absolutamente caótica. Entre los comensales, había varios sujetos pertenecientes a ese conglomerado que los medios denominan “gente”, es decir, personas que suelen decir frases como “a mí la política no me interesa”, pero que no paran de hablar de ella. Ellos exigían a “los políticos” que les expliquen la disyuntiva de manera que se entienda.
Frente a este panorama, un tímido muchacho que había pasado todo el rato junto a la parrilla expuso lo siguiente:
En nuestro país siempre existió esta pugna entre dos países. Una Argentina -que yo creo está fielmente representada por el gobierno- se funda en una idea muy simple: para asegurar un porvenir feliz a los ciudadanos hay que generar un fuerte mercado interno. Para que haya un fuerte mercado interno, hay que redistribuir la riqueza. Para redistribuir la riqueza, hay que subir los salarios. Para subir los salarios, hay que generar industrias y actividades económicas que sean sustentables en el tiempo. Para que haya industrias y actividades económicas sustentables en el tiempo, hay que generar un fuerte mercado interno”.
El joven agregó entonces que ese círculo virtuoso es el círculo de la estabilidad, de la previsibilidad, de la justicia, de la inclusión y del desarrollo. Sostuvo que, en los países del tercer mundo, esto no se puede lograr sin una fuerte intervención económica del Estado. Aclaró que dentro de ese marco hay matices, más de izquierda, más de derecha, pero matices al fin. Advirtió que esas ideas no son nada raras, que han sido consagradas científicamente a lo largo del siglo XX y probadas en todos los países que hoy son del primer mundo. Un nacionalismo sano, diría Scalabrini Ortíz.
Y siguió:
Por el otro lado, tenés la otra Argentina. Un país que se dedica a aprovechar el momento económico internacional, apostando a determinadas actividades que generan una grandísima rentabilidad. Acá, esa actividad es básicamente la agropecuaria. Entonces, lo que se pretende es que de esa rentabilidad se derrame el capital hacia los otros sectores de la economía para desarrollar el resto del país. El mercado sería el encargado de producir ese derrame, sin ninguna dirección de la economía por parte del Estado. Lo que termina sucediendo es que la rentabilidad se la termina quedando muy poca gente; el dinero se va del país; luego, en algún momento se acaba la coyuntura internacional favorable a la actividad económica y como no hay otras actividades rentables, el país colapsa; la presión social es tan grande que hay represión; se destruye la clase media; hay algún cambio de gobierno para maquillar el descontento y ahí arranca todo de nuevo”.
Agregó entonces que ese círculo vicioso es el círculo de la inestabilidad, de la imprevisibilidad, de la injusticia, de la exclusión y del atraso. Sostuvo que en los países del tercer mundo esto no se puede lograr sin una fuerte represión social por parte del Estado. Aclaró que dentro de ese marco hay matices, más de izquierda, más de derecha, pero matices al fin. Advirtió que esas ideas no son nada raras, que han sido consagradas científicamente a lo largo del siglo XX y probadas en todos los países que hoy son del tercer mundo. “Ese es el meollo, el resto es verso”, concluyó y volvió a la parrilla. Así resumió este pibe la gran disyuntiva histórica de nuestro país. Por supuesto, hubo disensos, pero la charla se encauzó de otra manera. Ojalá ese debate se diera en todos los asados, en todos los diarios y en todos los canales.
* Licenciada en Ciencias Política. Docente Universitaria -UBA - Lomas de Zamora
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