Acuerdo con apuro
Cada vez que los argentinos estamos en dificultades, a algún iluminado se le ocurre hacer un gran acuerdo.o
Como si acordar, fuera fácil entre nosotros. Por lo general, la idea concita voluntades de inmediato pero se pincha con igual velocidad. Aunque en ocasiones se llega a plasmar y las firmas se estampan con más pompa que convencimiento. Suelen durar tanto como las crisis que los originan y terminan en fracaso.
Esta iniciativa se gestó en el viaje presidencial a España, donde la comitiva tomó contacto con el Consejo Económico y Social. Tanto fue el entusiasmo de los nuestros, que no se aguantaron y ya en el vuelo de regreso, se traían el acuerdo semi armado.
Como suele suceder, surgen con espontaneidad las comparaciones y con ello, algunos desenfoques. En casi todos estos arrebatos acuerdistas, se ha acudido al ejemplo de los Pactos de La Moncloa y es justo ahí donde radica una diferencia sustancial.
QUÉ SE PLASMÓ EN LA MONCLOA
Aquellos 4 pactos de 1977 (económico, social, político y jurídico) se firmaron en el palacio-residencia del Presidente del Gobierno español- del que tomaron su nombre. Fueron suscritos por todos los partidos políticos con representación parlamentaria, más las organizaciones empresariales y obreras, e inmediatamente se volcaron en leyes que nunca más se discutieron. Aunque no estaba previsto, también surgió de esos acuerdos, una reforma a su carta magna (1978) que sentó las bases de la monarquía constitucional. Así España pudo empezar a salir de una profunda crisis.
El Consejo Económico y Social español es posterior, se sustenta en una ley de 1991; es un órgano consultivo compuesto de 60 miembros, ninguno perteneciente al gobierno. Veinte de ellos provienen de las organizaciones empresariales; otros veinte, de las centrales sindicales y entre los restantes, hay delegados de la producción rural ¡de los consumidores! y técnicos de distintas áreas.
La ley que regula su funcionamiento, se debatió en las Cortes. Acá se habla de instaurarlo ¡oh casualidad! por decreto.
Sin embargo, no es la mayor diferencia. La principal radica en que allá todo el mecanismo nació y se desarrolló en el marco de los anteriores acuerdos de la Moncloa.
Acá en cambio, no sólo carecemos de un acuerdo previo equivalente, sino que ni siquiera se ha demostrado hasta el presente, una real voluntad de diálogo p. ej., con el campo. Desde otro ángulo, algunos sindicalistas han expresado sus temores de que el consejo sea usado para apretarlos con posibles techos a los incrementos salariales.
Pero aparte del necesario clima dialoguista: ¿por qué consideramos imprescindible la preexistencia de un acuerdo de fondo como el de la Moncloa?
Porque las posibilidades de éxito y durabilidad de sus consensos, requieren una base institucional que transparente su funcionamiento. Pero el mismo gobierno que se dispone a hacer una invitación amplia para integrar ese consejo, es el que ha negado enfáticamente a los partidos de la oposición, la simple posibilidad de utilizar la boleta única en las elecciones de Octubre.
En otras palabras: sin ese sustento institucional que actúe como preventivo, lo más probable es que el consejo a crearse, derive en otro de los muchos armados corporativos. Con referencia a ello, no está demás recordar que los pactos de la Moncloa, por el contrario, se firmaron para que España pudiera salir del corporativismo franquista. No poner el caballo detrás del carro.
OPOSICION DISTRAÍDA
Porque los efectos económicos de las crisis en Argentina –país naturalmente rico- son sólo una consecuencia de esas falencias de fondo.
Entonces, antes de sentarse para repartir el ingreso (generalmente a costillas de quienes no se sientan) lo mejor sería reunirse todos para ver cómo se logra recuperar nuestras instituciones fundamentales. Dado que lo ideal es enemigo de lo posible y no podemos pedirle peras al olmo, debemos considerar al gobierno de los Kirchner, como excluyente de esta posibilidad.
Sin embargo, notamos que la oposición está desperdiciando una excelente ocasión para avanzar en la dirección que desde lo profundo, reclama la mayor parte de la ciudadanía. Así es: la vuelta a la República y al Federalismo, no son de derecha ni de izquierda. Por lo tanto: ¿qué inconveniente habría en que toda la oposición, ante la próxima elección legislativa, se aglutinara bajo el compromiso común de propiciar en el Congreso un conjunto de leyes en esa dirección? No se les pide que se unan en un solo partido, ni siquiera una alianza. Pueden ir en forma independiente pero anudando una convergencia programática hacia ese objetivo: sancionar algunas leyes, derogar otras, para desmontar esta deformación cuasi monárquica que ahoga nuestra Democracia y entierra al Federalismo. Devolverle al Congreso su genuino papel representativo, a la Justicia su independencia y las Provincias sus recursos. No hay otro modo.
En lugar de ello, la oposición se distrae en cuestiones de candidaturas
y límites éticos. Es ahora el momento de defina una propuesta común legislativa que elimine los superpoderes, evite la proliferación de dictaduras administrativas, restaure los órganos de control y haga realidad la responsabilidad de los funcionarios. En 2011 puede ser tarde: el nuevo gobierno se resistiría a autolimitarse.
En cambio, los partidos opositores parecen agotarse en eternas denuncias o cacareando acciones “anti K” mientras no dan una clara señal al electorado, de que son capaces de actuar juntos en positivo acordando un programa común. Que después deberán cumplir, para que en 2011 no reaparezca el fantasma de la alianza, haciendo que muchos votantes prefieran quedarse con lo malo conocido y terminen favoreciendo
lo que se quiere superar.
Tienen por lo demás, la oportunidad de enterrar un triste antecedente: desde la recuperación de la Democracia, el único pacto concretado en el país por dos grandes partidos no fue inspirado en el mejoramiento de las instituciones, sino en el apetito electoral de los firmantes. Es hora de mostrar otra cara.
Hasta el domingo. Si Dios quiere.
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