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Alberto, entre la deuda y la pandemia, sin tiempo para otra cosa

Sólo ellos lo saben, pero fueron casi tres horas que estuvieron reunidos. De a poco el Presidente cae en la cuenta que si no atiende la economía todo se puede salir de madre. Los epidemiólogos le dieron luz verde y se viene una flexibilización de la cuarentena, hasta en el lugar más peligroso que es el AMBA. En el interior, los gobernadores hicieron punta. En un par de semanas sabremos los resultados.

Por Jorge Barroetaveña

A la incertidumbre de hacerse cargo de un país complicado, el bueno de Alberto tuvo que bancarse el Coronavirus. Y que le aparecieran números estrambóticos que sólo tienen referencia en el 2001. Pensar que algunos hurgaban en las cifras del 2019, pensando que así le levantaban las acciones al Presidente. Se quedaron cortos: el Ministro Kulfas acaba de admitir que abril será el peor mes de la historia de la industria argentina.

Ese túnel oscuro, que todavía no muestra ni una rendija del final, se hace cada vez más largo. La eyección de Vanoli de ANSES fue apenas una gota en el desierto. Los problemas en la velocidad de respuesta, siguieron a la orden del día. El Presidente se debe estar dando cuenta que las falencias abarcan a otros sectores de su gabinete, y Vanoli bien pudo ser la punta del iceberg.

La eyección de Vanoli de ANSES fue apenas una gota en el desierto

En esta semana, clave para la supervivencia de muchas empresas, redoblaron la apuesta y anunciaron una ampliación de la ayuda a la actividad privada y la reducción de las condiciones para acceder a ella. Es que una encuesta da cuenta que 8 de cada 10 empresas están en dificultades para afrontar el pago de sueldos y un porcentaje, dolorosamente alto, sostiene que no los va a poder pagar. Por eso la olla a presión que implica la cuarentena, va aflojando de a poco los tornillos.

Los sanitaristas admitieron el miércoles ante el Presidente que, si el ánimo de la población sigue en baja, los niveles de cumplimiento de la cuarentena y el acatamiento de las medidas de prevención, también irán en baja. “Hay que aflojar el torniquete para que el paciente no se nos muera”, graficaron, conscientes de la situación que se vive. Larreta y Kicillof son los más duros. Temen que abrir demasiado la cuarentena precipite un desastre en el AMBA, que se escape de control y los deje al borde del colapso. Los casos multiplicados en las villas son una señal de alerta, tanto como los geriátricos, otro punto álgido de transmisión del coronavirus.

Temen que abrir demasiado la cuarentena precipite un desastre en el AMBA

Cierta molestia ganó al Presidente en los últimos días con sus laderos de circunstancia, Larreta y Kicillof. Pensó que serían más abiertos a la hora de resolver y lo sorprendió su postura. Nadie quiere estar en el pellejo de los dos responsables de los distritos más grandes del país. Están sentados sobre un barril de pólvora que si explota, a los primeros que se lleva puestos es a ellos mismos.

El Presidente debe además cuidar el flanco externo. La negociación con los bonistas entró en su punto culminante y se vendrán días y semanas de definiciones. Sabe que el respaldo de la foto de empresarios y sindicalistas y de economistas “amigos”, cuenta poco a la hora de las efectividades conducentes. A los tenedores de bonos no les importa nada, ellos sólo quieren cobrar porque hicieron un negocio. Si la oferta del gobierno argentino les conviene y la ven viable, aceptarán. De poco sirven las apelaciones al corazón, como inmortalizó Juan Carlos Pugliese con una frase que quedó en la historia: “les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”.

A los tenedores de bonos no les importa nada, ellos sólo quieren cobrar porque hicieron un negocio.

La Argentina está cada vez más cerca del default, aunque desde economía siguen sosteniendo la voluntad de pago. “Esto es lo que podemos pagar”, afirman endureciendo la postura argentina en la negociación. Cuentan que en Olivos, en las tres horas de charla, Cristina apoyó las gestiones y se mostró partidaria de endurecer aún más la postura. Será por algunas voces críticas que empezaron a levantarse contra Guzmán, en medio del proceso. El propio Presidente abortó cualquier cuestionamiento, dando señales inequívocas de apoyo. En este momento, no conviene gastar energías en peleas estúpidas y menos cambiar de caballo a mitad de río. Guzmán será el que nos salve o nos hunda definitivamente.

Esa lógica quizás es la que guíe por ahora la relación con Cristina. El Presidente ha optado por no confrontar y, si no tuvo más remedio, por poner paños fríos. Pasó con ANSES, y la elección de Raverta, una camporista de paladar exquisito que contó con la venia de Cristina. Otras urgencias parecen guiar por ahora los pasos presidenciales, entre la pandemia, la crisis económica de correlato y el frente externo aún sin resolver.

La duda que persiste es si, cuando decida girar su mirada para posarla en cuestiones más territoriales, no será demasiado tarde. Es como los asadores que dejan la parrilla porque confían en exceso en sus habilidades. Puede que se les queme el asado. O aparezca el perro, pegue un salto, y se haga un festín. En cualquiera de los dos casos, el mandado será de otro. Y no habrá tiempo para lamentos.

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